Las mujeres incompletas

Juana Ramírez

Juana Ramírez

El Arco de Juana

La maternidad es una de las identidades más profundamente asociadas a lo femenino, la confirmación biológica y social de su existencia. Sin embargo, esa narrativa urge reescribirse para millones de mujeres: aquellas que desean serlo y no han podido o bien, para las que decidimos no ser madres. Porque, hoy, muchas viven bajo el mismo juicio social: la sospecha de estar “incompletas”. 

En América Latina la tasa global de fecundidad de la región cayó a 1.8 hijos por mujer en 2024, por debajo del nivel de reemplazo poblacional. Hace apenas seis décadas, las mujeres latinoamericanas tenían, en promedio, cerca de seis hijos. En México, la tendencia es similar: los nacimientos registrados han disminuido de manera sostenida y la tasa de natalidad cayó a 47.7 nacimientos por cada mil mujeres en edad fértil en 2024.  

Por un lado están las mujeres que eligieron no maternar priorizando otros proyectos: su carrera, su libertad, su desarrollo personal, su salud mental o simplemente el derecho legítimo de no querer hijos. Ellas siguen enfrentando preguntas invasivas, miradas incómodas y frases cargadas de violencia disfrazada de costumbre: “¿Por qué no quieres hijos?”, “se te va a pasar el tiempo”, “te vas a arrepentir”, “los hijos son la base del matrimonio” o “¿y quién te va a cuidar cuando seas vieja?”. Como si la maternidad fuera una obligación moral y no una elección íntima.

Lo más revelador es que muchas de estas mujeres no rechazan la infancia ni el amor; rechazan la idea de que su valor dependa de reproducirse. Y eso incomoda profundamente a sociedades que todavía educan a las niñas para cuidar, ceder y postergarse.

La realidad de las mujeres que sí quieren ser madres y no pueden serlo es aún menos visible y aún más dolorosa: la Organización Mundial de la Salud estima que una de cada seis personas en el mundo enfrenta infertilidad. Para muchas de ellas, los tratamientos hormonales, inseminación intrauterina, fertilización in vitro, congelación de óvulos, entre otros, es inaccesible. Incluso para las que sí pueden pagarlo el camino es complejo: consultas médicas interminables, tratamientos física y emocionalmente demandantes, pérdidas gestacionales dolorosas, endeudamiento económico, parejas rotas y un duelo que pocas veces recibe legitimidad social, porque la infertilidad suele vivirse en secreto.

Además, mientras una mujer atraviesa procesos de reproducción asistida, muchas veces debe seguir sonriendo en reuniones familiares donde alguien le pregunta “¿para cuándo el bebé?”, escuchar anuncios de embarazo mientras procesa su propia frustración o, peor aún, soportar consejos simplistas sobre “relajarse” o “dejar de pensar en eso”, como si la biología obedeciera a frases motivacionales y si trabajan suelen recibir comentarios de amigos, familiares y médicos sobre la necesidad de abandonar su carrera profesional como un factor pseudocientífico de infertilidad.

Paradójicamente, como lo comenté en el Arco de la semana pasada, vivimos en una región donde millones de adolescentes siguen convirtiéndose en madres sin haberlo decidido, mientras miles de mujeres adultas no logran embarazarse aunque lo desean profundamente. El contraste es brutal: maternidades forzadas coexistiendo con maternidades imposibles. Quizá el verdadero problema sea la sociedad sigue intentando controlar las decisiones reproductivas femeninas.

Una mujer no vale más por ser madre y tampoco vale menos por no serlo. Hay mujeres que encuentran plenitud criando hijos y esta sociedad las necesita decidiendo concientemente lo que eso implica. Otras son plenas construyendo empresas, escribiendo libros, viajando, investigando, enseñando, cuidando a otros, amando distinto o simplemente viviendo la vida que eligieron. Algunas logran ser un poco de ambos mundos y algunas habrían querido maternar con toda el alma, pero su historia tomó otro rumbo. Todas merecen respeto.

Por lo pronto, dejemos de preguntarle a las mujeres por qué no tienen hijos. No sabemos si detrás de esa respuesta hay una decisión profundamente consciente o un dolor imposible de nombrar. En todo caso, es un asunto estrictamente privado porque nadie debería tener que justificarse por lo que hace —o no puede hacer— con su propio cuerpo.