Sin maquillaje/ arlamont@msn.com/ 19 de enero de 2026

Alfredo La Mont III

Alfredo La Mont III

Sin maquillaje

ESPONJA O CEPILLO

¿Qué es mejor para la cocina, el cepillo o la esponja?

R. La esponja, por ejemplo, tiene una reputación entrañable. Es flexible, obediente, se adapta a cualquier curva del sartén y absorbe lo que encuentra sin quejarse. Pero esa misma docilidad la convierte en un hotel de paso para bacterias agradecidas. Los microbiólogos lo explican con una franqueza que incomoda: una esponja húmeda es un ecosistema exuberante, un pequeño bosque tropical que prospera a la sombra del jabón.

El cepillo, en cambio, es más austero. No absorbe, no retiene, no se encariña con nada. Sus cerdas se secan rápido y esa simple capacidad de secarse —tan poco poética, tan eficiente— lo vuelve un aliado más higiénico. Además, tiene carácter: enfrenta ollas y sartenes sin sentimentalismos, y llega al fondo de los vasos altos donde la esponja sólo puede soñar con entrar. ¿Significa esto que debemos desterrar la esponja como si fuera una mala costumbre heredada? No. La esponja tiene su lugar: limpiar superficies delicadas, absorber derrames, resolver esos rincones donde el cepillo no cabe. Pero exige disciplina. No puede vivir eternamente junto al grifo, empapada y resignada. Hay que cambiarla seguido, como quien renueva una promesa de orden.

Si uno busca una respuesta honesta, el cepillo gana por higiene, durabilidad y eficacia. La esponja puede quedarse, sí, pero como actriz de reparto, no como protagonista. Al final, la cocina nos recuerda una verdad sencilla: a veces lo más limpio no es lo que más brilla, sino lo que se seca a tiempo.

TANTAS FORMAS

¿Por qué las narices humanas vienen en tantas formas y tamaños? En mi familia hay de todo, pero me interesa en particular por qué alguien puede tener nariz aguileña.

R: La enorme variedad de narices humanas no es casualidad: es un archivo viviente de nuestra historia evolutiva. Durante miles de años, los seres humanos se adaptaron a climas muy distintos, y la nariz —que es la puerta de entrada del aire al cuerpo— tuvo que ajustarse para cumplir mejor su función. En regiones frías y secas, como el norte de Europa o partes de Asia Central, las narices tendieron a hacerse más estrechas y alargadas. Esa forma ayuda a calentar y humedecer el aire antes de que llegue a los pulmones, una ventaja crucial para sobrevivir en ambientes extremos. En cambio, en zonas cálidas y húmedas, como África ecuatorial o el sudeste asiático, las narices evolucionaron hacia formas más anchas y abiertas, que permiten un flujo de aire más libre y facilitan la disipación del calor.

A esa adaptación climática se suma la genética. Cada familia hereda combinaciones únicas de hueso y cartílago que moldean el puente, la punta y las fosas nasales. Y, como las poblaciones humanas han migrado y mezclado durante siglos, esas variaciones se han combinado de maneras infinitas. Por eso, cuando miramos una nariz, no vemos sólo un rasgo físico: vemos un mapa de clima, herencia y migraciones humanas.

La llamada “nariz aguileña”suele ser un rasgo hereditario muy fuerte. Su forma depende de la arquitectura del hueso nasal y del cartílago, dos estructuras que se transmiten de generación en generación, igual que el color de ojos, la estatura o la forma de la mandíbula. Pero la historia no termina ahí. La nariz aguileña también tiene raíces profundas en ciertos linajes culturales y geográficos. Es más frecuente en poblaciones del Mediterráneo, de Oriente Medio y de algunas regiones andinas, donde la proyección del puente pudo haber ofrecido ventajas funcionales o simplemente se consolidó por patrones de parentesco y migración. Con el paso de los siglos, ese rasgo se convirtió en un sello familiar, un pequeño emblema anatómico que viaja de generación en generación. Así que cuando una familia entera comparte una nariz aguileña no es casualidad: es una huella genética y cultural que cuenta una historia larga, silenciosa y coherente.

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