Hace ya más de 100 años, Alberdi nos advirtió: “Acostumbrado a la fábula, nuestro pueblo no quiere cambiarla por la historia… No se sabe a dónde se va, cuando no se sabe de dónde se viene”. ¿Dependemos de nuestra memoria? ¿Somos esa acumulación de eventos procreados por el matrimonio arreglado entre ese poderoso caballero, el instante, y la belleza atemporal de la que sólo goza nuestra hermosa protagonista, la remembranza? Aristóteles decía que superior a la historia es la poesía, pues ésta habla de lo que debiera ser verdad, en vez de lo que es. Hoy en día está de moda redimir o liberar a aquellos personajes que en algún momento han sido disimulados y opacados por algún oportunista en esos libros que nos narran. Esto me lleva a pensar que los hechos no hablan por sí solos, sino que son designados, interpretados y convenientemente acomodados por algunos con el fin de entendernos y contextualizarnos ante nuestro pasado. Muchos ya lo han dicho antes ,“La especie humana es perfectible”, y es por eso que tiene sentido conocer cómo han ido transcurriendo y evolucionando las diversas corrientes de pensamiento dentro del tiempo y el espacio ante ciertas situaciones. Junto a este archivo donde se almacenan ideas y tradiciones está otro, que para la raza humana es fundamental, en el que se guardan los sueños, las emociones, las glorias y los fracasos. Es en las biografías de los grandes hombres y en su deseo por ennoblecer al mundo, donde se instituyen las referencias donde habrá de alojarse nuestra pertenencia. En estos registros se guardan a modo de lección por orden alfabético nuestros intereses. En la A se encuentra la colección de análisis objetivos, en la B se ubican los bandos, así como en la C las comparaciones y conveniencias. A Darwin lo encontramos obviamente en ese cajón que antecede la letra D y es en la E de evolución, donde seguramente se amontonarán las estadísticas. De todo un poco hallaremos en los estantes que les corresponden a la F de filósofo, a la G de guerra y al historiador que no existe sin la H de humanidad, mas si aquello que te hace suspirar son los intereses e influencias, indaga en lo más profundo de esa gaveta que tiene marcada una línea recta y sobre ella una cabeza de alfiler. Con la J principian muchos nombres, no sólo el mío. Entre la K y la M, bien escondida, nos toparemos con alguna lección, y aquello que hasta la misma historia niega, si lo buscas, habrás de desenterrarlo bajo el montón acumulado detrás de la N de no. A la derecha de la O, cerca de las respuestas y el saber, junto a la Q, están las perspectivas, y detrás de la T de todo lo demás, tropezarás con la U de unicornio, justo donde se recopilan las cosas que tienen que ver con mitología. Casi al final del pasillo te toparás con una caja enorme que tiene en el frente y a colores tatuado el vocablo V de vida y por último, seguido de la letra con la que inicia la palabra Waterloo, y la X y la Y que científicamente representan nuestro sexo, encontraremos a Zapata, líder mexicano que estuvo al mando del ejército libertador del sur en tiempos de nuestra revolución.
Eso es la historia, no sólo datos y nombres que debemos aprendernos, sino esas circunstancias donde se explaya, independientemente de épocas, idiomas y costumbres, de manera espontánea y libre, esa naturaleza humana en la que cada uno nos identificamos. Cada persona es única, mas el adjetivo humano cuenta con características universales. En hombres y mujeres existe algo invariable, esencial y común; ésa es la razón por la cual existe una ética generalizada que se aplica por todos los rincones de este mundo voluble y complicado.
Es tema de un debate largo el precisar si somos nosotros mismos los que nos definimos a nuestro antojo o si, como todas las demás especies, estamos hechos bajo un mismo molde, que aunque cuente con propio albedrío, instintivamente se mueve dentro de parámetros establecidos. Según José Ortega y Gasset el hombre no tiene naturaleza, sino historia. Lo que me hace instantáneamente abrir un nuevo signo de interrogación:
¿No será la historia misma ese archivo, donde se ha ido depositando a través del tiempo nuestra esencia? Es innegable que seguimos pareciéndonos en todos los niveles a nuestros antepasados, poseemos un código genético determinado que probablemente venga ya de fábrica equipado con la capacidad de amar, de crear, de aprender, de discernir entre lo bueno y lo malo, de elegir y, por desgracia, también nos han suministrado con la capacidad de destruir. Somos individuos y, como el historiador, cada uno intentamos ordenar el universo. Hoy sé que no he venido a salvar al mundo, me basta con acomodarme en él, y para esto habré de poner en orden y por prioridades mis cajones.
