Felipe Calderón y su sexenio

La Presidencia panista que ahora cierra para dar paso al regreso del PRI que durante 70 años rigió al país, alcanzó logros que no serán reconocidos debido a la pobreza de sus estrategias de comunicación pública y al insistente entorpecimiento a sus reformas ...

La Presidencia panista que ahora cierra para dar paso al regreso del PRI que durante 70 años rigió al país, alcanzó logros que no serán reconocidos debido a la pobreza de sus estrategias de comunicación pública y al insistente entorpecimiento a sus reformas legislativas que el PRI y el resto de la oposición operaron a lo largo de la administración de Calderón.

Se entiende que el saldo neto de un sexenio no se aquilata al día siguiente de cumplirse su plazo. Los desempeños de presidentes ya tan remotos para la juventud actual como los de López Mateos, Echeverría, Salinas o Zedillo están todavía en evaluación. Pero los efectos, buenos y malos, de sus decisiones, siguen vivos en términos de nivel y calidad de vida.

Igual sucederá con Felipe Calderón, quien ha de ser juzgado en el contexto de su respuesta a los cientos de problemas, críticos la mayoría, que le fueron heredados, y a los nuevos a los que enfrentó y que exigían atención inmediata, sin dubitaciones: educación,  salud, economía, pensiones, democracia en el marco de una profunda recesión mundial. Encima de todo, epidemias y desastres naturales. Ante todo, drogas y corrupción. 

La acumulación de los miles de muertos, con que se pretende estigmatizar el sexenio, fue producto del crimen organizado, tolerado, exacerbado y envalentonado durante el priato y que Calderón decidió enfrentar. No cabía aceptar que el negocio de los traficantes siguiera sustituyendo al Estado mexicano en amplias regiones del país sembrando terror, arruinando vidas, secuestrando y reclutando al paso de su siniestra actividad.

Los avances de corte estructural de Calderón han de ser evaluados por la historia con una visión más de largo plazo. Muy especialmente lo tienen que ser para el combate ininterrumpido al crimen organizado que desde el principio se emprendió con escasos recursos humanos y contra un escenario de corrupción.

Mientras se libraba esa guerra, se ampliaba la cobertura del seguro popular, se fortaleció el sistema de pensiones, se multiplicó la vivienda popular, se crearon más de 100 universidades, se multiplicó la infraestructura de carreteras y puertos, hasta el área de comunicaciones, de televisión, radio y telefonía, fue ampliada y reglamentada. Todo ello en un escenario de solidez financiera y fiscal mundialmente reconocida.

La otra gran batalla que libró la administración que ahora deja Los Pinos fue contra la corrupción que percude todos los estratos de la nación. La creación de instrumentos como la Secretaría de la Función Pública, que ahora desaparece, era la respuesta a la necesidad de controlar los gastos realizados por los órganos de gobierno a todo nivel.

En el combate contra el crimen organizado y contra la cultura de corrupción arraigada en todos los ámbitos,  la experiencia demostró que la descentralización de la autoridad se transformó en una cerrada barrera para una acción armonizada y concertada desde el centro.

Los gobernadores, apoyados en sus dóciles congresos, nulificaron en innúmeros casos la lucha efectiva  contra las mafias. De igual manera, sus soberanías constitucionales avalaron las más abusivas maniobras financieras y endeudamientos a costa de la federación. 

En los dos temas, corrupción y combate al crimen, la administración de Calderón se encontró con que la descentralización, fórmula en sí democrática, supone su ejercicio ético. 

Nunca ha sido más respetada la libertad de expresión, se han fortalecido los órganos de derechos humanos y de igualdad de género.

El futuro del país, más digno y generoso. Mano Firme, Pasión por México fue su lema de campaña. Nadie podrá decir que no lo cumplió.

                *Consultor

juliofelipefaesler@yahoo.com

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