¿Reconstruir gobernación o reconstruir la política?
La inminente desaparición de la Secretaría de Seguridad Pública es algo que aplaudo desde antes de su nacimiento, hace 12 años. Siempre me opuse a su creación. Lo hice en el seno de mi partido político. Lo escribí en muchos artículos, aquí en Excélsior. Lo voté ...
La inminente desaparición de la Secretaría de Seguridad Pública es algo que aplaudo desde antes de su nacimiento, hace 12 años. Siempre me opuse a su creación. Lo hice en el seno de mi partido político. Lo escribí en muchos artículos, aquí en Excélsior. Lo voté en contra en la Cámara de Diputados, aun en disidencia con mi bancada congresional. En los asuntos políticos, al final de cuentas, todos tenemos la razón. La diferencia es que unos la tuvimos a tiempo y otros, cuando ya no hay remedio.
Mis razones provenían de lo dicho por Luis Marín en el sentido de que, a diferencia de los sajones, los latinos tenemos una gran dificultad para conciliar el orden con la libertad y, por ello, casi siempre hemos vivido con mucho orden y poca libertad o con mucha libertad, y poco orden. De ahí que muchas veces solicitamos acciones drásticas, las cuales inmediatamente nos atemorizan.
La fórmula de llevar a la policía al gabinete presidencial implica regenerar un Estado-policía, de cuyos intentos todavía no termina de arrepentirse la historia, sobre todo cuando se recuerda aquella cartera de policía que la Revolución Francesa depositó en José Fouché o la que el Tercer Reich confió a Heinrich Himmler. Desde luego, por mera fortuna no tuvimos malos secretarios, pero pudimos haberlos tenido. Reconozco mi amistad y respeto por Alejandro Gertz Manero, Ramón Martín Huerta, Eduardo Medina Mora y Genaro García Luna. Todos ellos muy alejados de las ideas de represión y de los propósitos de dictadura.
Pero, volviendo al tiempo actual y al futuro, no entiendo por qué se ve en una medida administrativa burocrática la reconstrucción de un sistema de poder. Porque una cosa es reconstruir la Secretaría de Gobernación y otra, muy distinta, es reconstruir el sistema político mexicano. Un ministerio es un continente. Una política es un contenido. A nadie sensato se le ocurriría pensar que el sistema financiero, fiscal, presupuestario y monetario se reconstruye por reconstruir la Secretaría de Hacienda. Ya tuvimos a dos presidentes que así lo creyeron y uno separó sus funciones en dos secretarías, y otro las reunió pensando, ambos, que eso era toda una reforma.
Lo que está deteriorado en México es el sistema de la gobernanza, dice David Cantú, no la oficina de la gobernación. Esta relación entre poder y justicia la sintetizo en el siguiente ejemplo, en materia de seguridad.
Hay quienes dicen que el gobernante ejerce un poder que proviene de las atribuciones que le confiere la ley. Es decir, que el poder político proviene de la potestad jurídica. Que Cratos, ineludiblemente, es hijo de Themis.
Por el contrario, hay quienes afirman que la fuerza efectiva de una ley proviene de la voluntad aplicativa que le imprime el gobernante. Es decir, que la vigencia jurídica proviene de la regencia política. Que Themis es, inevitablemente, hija de Cratos.
Pero yo agrego que nada impide la posibilidad de que la relación entre ambos personajes mitológicos no sea filial o paternal sino fraternal o conyugal. Que ninguno haya gestado ni generado al otro, sino que sean pares y colaboradores. Que el poder requiere de la ley para ser aceptado y la ley requiere del poder para ser aplicada.
Si esto es cierto, hoy los mexicanos estamos como el gato que perseguía a su cola. Porque lo menos que puede exigírsele a un Estado, hoy en día, es que tenga un mínimo de gobernabilidad política como para lograr el cumplimiento de la ley.
Quizá no se pueda exigir ni culpar a un Estado por no remitir la pobreza que él no instaló, por no ganar la guerra que él no provocó o por no superar el atraso que él no indujo. Pero es innegable que, de perdida, está obligado a aplicar la ley que el propio Estado expidió por considerarla la idónea, la ideal o, por lo menos, la posible.
Es muy duro decirlo pero el gobernante que no puede ni siquiera poner en vigencia sus propias leyes ya está perdido.
Quizá por eso, siguiendo un poco a Seymour Lipset, debemos considerar a la conjunción de la legitimidad, la efectividad y la legalidad como el síndrome infalible e insuperable del estado puro de craticidad o estado perfecto de poder. Por el contrario, la ausencia de esos factores da por resultado el estado perfecto de impotencia política.
Para resolver su destino, las sociedades tienen el deber de instalar sus instrumentos de medición. Como si se tratare de un avión, gran parte de la seguridad del vuelo depende del tablero de indicadores. Hay un indicador sonoro que advierte a los pilotos la palabra latina minimum. Con esto les indica que ha llegado el último momento para proseguir o para rectificar la ruta de aterrizaje. Después de este instante ya no habrá otra posibilidad de cambio ni de remedio.
Los gobernantes, también, están obligados a saber cuando han llegado a esa última línea divisoria entre lo que, para ellos, será el éxito o el fracaso y, para sus pueblos, entre lo que será el éxtasis o el desastre.
*Político y abogado. Presidente de la Academia Nacional, A. C.
Twitter: @jeromeroapis
