Testimonio
Gobernadores y jefes de gobierno, así como sus funcionarios encargados de la educación, han pasado por mi rasero y los he examinado con ojo severo, aunque también les he justificado algunas de sus omisiones porque son autoridades sin poder decisivo sobre la educación.
Desde marzo de 2006, cuando comenzó la nueva época de Excélsior, he ejercido la crítica al poder público por sus pifias en la educación, he denunciado abusos y efectuado interpretaciones sobre la política educativa, donde el gobierno queda mal parado. En varias ocasiones los presidentes Fox y Calderón fueron el foco de mis reproches, más este último, porque al gobierno del anterior le quedaban meses de vida cuando comencé mis colaboraciones semanales en este diario.
También, cuando consideré que se lo merecían, vapuleé a los secretarios y a la secretaria de Educación Pública con mis artículos, así como a otros altos funcionarios, en particular a Fernando González Sánchez, ex subsecretario de Educación Básica y yerno de Elba Esther Gordillo, presidenta del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación.
Gobernadores y jefes de gobierno, así como sus funcionarios encargados de la educación, también han pasado por mi rasero y los he examinado con ojo severo, aunque también les he justificado algunas de sus omisiones porque son autoridades sin poder decisivo sobre la educación. Vivimos un centralismo burocrático con disfraz federalista.
Los legisladores de ambas cámaras federales no han escapado a mis comentarios ácidos, por sus veleidades, malas leyes que han elaborado o por sus negligencias.
En resumen, he ejercido la libertad de escribir y de manifestar mis ideas, soy un crítico de los poderosos y rara vez freno mis impulsos de juzgar lo que pienso que está mal. Y, como establece el artículo sexto de la Constitución, no he sido objeto de ninguna inquisición judicial o administrativa.
Por mi labor periodística tuve conversaciones con Reyes Tamez Guerra, Josefina Vázquez Mota y Alonso Lujambio, cuando ocuparon la silla de José Vasconcelos. Ninguno trató de seducirme o insinuar siquiera que variara en mi línea editorial. Tampoco los secretarios de Educación de los estados con los que he platicado. Alonso Lujambio me obsequió dos libros de su autoría, mas no pienso que haya sido con el ánimo de comprar mi voluntad; él quería que los leyera y que conociera su labor intelectual. Cuando solicité información la recibí con puntualidad. No tuve que recurrir al IFAI.
Lo mismo, he manifestado mis ideas en contra de la camarilla hegemónica del SNTE y de las camarillas regionales, disidentes o institucionales. En muchas ocasiones he juzgado el hacer de la señora Gordillo y sus vicarios por el gran daño que hacen a la educación nacional.
Las pendencias me llegaron por otro lado. En mi buzón del correo electrónico recibí algunas injurias, nunca amenazas, de algunos disidentes de la CNTE o de otras corrientes, cuando hacía críticas a sus haberes o porque fustigaba a los estudiantes de las normales rurales por los desmanes que hacen, en especial en Guerrero y Michoacán. También recibí insultos de simpatizantes de la APPO o de la Sección 22 del SNTE en los días candentes de 2006.
En octubre de 2010 fui objeto de una agresión pública por parte de un grupo de maestros, en un coloquio en la UNAM. El asunto no pasó a mayores por la solidaridad del auditorio, compuesto por universitarios que repelieron la embestida. El Comité Ejecutivo Nacional del SNTE se deslindó de esa provocación y tal vez hasta le hayan llamado la atención a quien la orquestó, alguien de la Sección 36. De ahí en más, nada. Al contrario, he mantenido debates con dirigentes seccionales del sindicato, donde el respeto mutuo ha sido la regla.
Con quien he sido más duro en mi crítica es con el presidente Calderón. Me parece imperdonable que haya firmado la Alianza por la Calidad de la Educación, que en los hechos significó otorgarle a la camarilla de la señora Gordillo la gerencia de la educación básica. Y nunca recibí una reconvención por parte de la Presidencia de la República o algún otro órgano del Poder Ejecutivo. Nadie censuró mis artículos o trató de coartar mi opinión.
Escribo este testimonio el 19 de noviembre de 2012, a unos cuantos días de que Felipe Calderón entregue la banda presidencial a Enrique Peña Nieto. Hoy que le llueven críticas por todas partes, en especial por la lucha contra el crimen organizado. Justo es, pienso, reconocer que Felipe Calderón no ejerció la censura ni usó el poder del Presidente para silenciar mis juicios.
*Académico de la Universidad Autónoma Metropolitana
