La fuerza pública
Siempre me ha llamado la atención el fenómeno del comportamiento de cualquier mexicano en EU. Es como si nos cambiasen de chip al cruzar la frontera. El fenómeno provoca que un individuo de nacionalidad mexicana caminando en Tijuana hacia la garita fronteriza se ...
Siempre me ha llamado la atención el fenómeno del comportamiento de cualquier mexicano en EU. Es como si nos cambiasen de chip al cruzar la frontera. El fenómeno provoca que un individuo de nacionalidad mexicana caminando en Tijuana hacia la garita fronteriza se estacione en doble fila, tire la colilla y el chicle a la calle, se meta en la fila del trámite, se enoje y reclame airadamente a la autoridad migratoria mexicana; después, cruce la frontera se forme en la fila civilizadamente, no fume, no encienda su celular en la zona de migración, responda educada y pacientemente a las groseras preguntas de un prepotente agente de Homeland Security, agradezca y salga a la calle, saque un chicle y tire la envoltura en el basurero más cercano. Todo lo anterior en diez minutos.
Que yo sepa, no existe una teoría evolutiva que tenga que ver con una línea fronteriza o con alguna latitud geográfica. Tampoco creo que en el transcurso de esos diez minutos, el individuo en cuestión haya recibido un curso exprés de civismo y comportamiento que no supiese antes de iniciar su viaje.
Algo pasa cuando se cruza la frontera del norte que genera esa percepción de orden y disciplina que contagia. Salir del aeropuerto y ver las banquetas cuidadas, la jardinería arreglada, las paredes sin grafiti (esa “expresión artística de los jóvenes”, que tanto gusta promover en nuestras autoridades progresistas) y los camiones del servicio público de transporte perfectamente limpios, son apenas el contexto de la situación. En NY durante los años de Giuliani, cuando un vagón del metro llegaba pintado con grafiti, se limpiaba y repintaba durante la noche para que al otro día circularan vagones limpios.
La gran diferencia es que cuando los mexicanos cruzamos la frontera, sabemos que hay reglas y que se cumplen, y si no se cumplen hay consecuencias. Es una cuestión de certidumbre. Los americanos son expertos en dar mensajes sociales mediante la contundencia de las consecuencias. Nada se lo toman a broma, si el letrero dice que te pares atrás de la línea amarilla, es atrás y no encima; habrá siempre alguien que te lo recuerde. Y es así, en las pequeñas acciones, donde se cultiva la cultura cívica y el orden social.
En el caso mexicano es todo lo contrario, los individuos actuamos sin civilidad por muchas razones (todas injustificables), por interés propio, por no pensar en la colectividad, por la cultura del gandayismo; pero existe una que es común denominador de todas las acciones individuales contra el orden y es que la autoridad es incapaz de imponer consecuencias a quien no sigue las reglas.
Lo peor del caso es que en las pocas ocasiones, donde la autoridad actúa de manera legítima para imponer el orden, la colectividad, es decir, el conjunto de individuos que no cumple las reglas, ataca, critica y reprueba el acto de autoridad y, por ende, a la autoridad misma, generando una motivación perversa para que suceda lo contrario (síndrome Tlatelolco). Pero en un acto de contradicción gigante que se convierte en sarcasmo de la realidad, esos mismos individuos aplaudimos el acto de autoridad que impone el orden en EU (¡¿?!).
Todo esto viene al caso de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, en la que la policía debería entrar y desalojar, si es preciso mediante el uso legítimo de la fuerza pública. Y, a quienes hayan cometido delitos aunque sean estudiantes, que los metan a la cárcel. Así de sencillo.
*Abogado y opinante
Twitter: @LlozanoO
