Tacones colonizados
Una relación seria me provocaba respuestas físicas reprobatorias de mi cuerpo.
Los Cirilos siempre se quejan de que las mujeres somos expertas en colonizar sus departamentos cuando estamos en una relación. Dicen que primero llega el cepillo de dientes y, cuando menos se dan cuenta, ya los despojamos de dos que tres gavetas de su armario. Eso sí, asumen que a nosotras nos hace feliz el hecho de que sean ellos quienes nos invadan con bóxers y calcetines percudidos, sin mencionar que no hacen ni poquito el esfuerzo de mantener la tapa del baño en su lugar. En una ocasión, un Cirilo osó responderme, al pedirle que bajara la tapa en MÍ casa, que ¿por qué no la podía bajar yo?, al final era el mismo esfuerzo. ¡Porque es mi casa, zopenco!
Cuando recién me estrenaba como soltera independiente salí con un Cirilo que me ayudaba con el amargo trago del despecho. No era el mejor momento de mi vida, por lo que una relación seria me provocaba respuestas físicas reprobatorias de mi cuerpo, que se manifestaba en contra de compartir el vasito del cepillo de dientes con otro cepillo. Era una relación, digamos, transitoria.
Una mañana cualquiera me desperté para descubrir que, una vez más, Cirilo amaneció conmigo. Por quinta noche consecutiva durmió en mi cama y no tuvo el más leve intento por regresar a su casa. Mi paciencia se agotaba, toda mi rutina diaria se desmoronaba, lo cual me generaba escozor pues tengo un extraño apego a mis rutinas mañeras. El primer café del día ya no era en silencio, sentada en las escaleras de la entrada, recibiendo el sol de la mañana y descifrando el por qué de la supuesta inmortalidad de los cangrejos. Era más bien una lucha entre decidir el desayuno y recoger la ropa del día anterior que Cirilo dejaba por el suelo.
Saqué a mi perro por segunda vez con la excusa de que la primera no había sido muy productiva. Respiré profundo y recordé lo miserable que me sentía en pleno despecho emocional y sin Cirilo, que por lo menos me mantenía distraída ejercitando mi tolerancia. Regresé a mi casa y decidí tomar un baño. Cirilo escuchaba música a decibeles no permitidos por mi reglamento personal de aquel entonces, que más parecía una dictadura de soltera remilgosa. Me encerré en el baño y abrí la ducha de agua fría: me sentía sofocada, necesitaba respirar.
Observé que descansaba una rasuradora rodeada de pelitos que me provocaban asco, levanté mi vista y me encontré con una crema para rasurar abierta y derramada, en el suelo un shampú que no era el mío… ¿Y mi jabón de la cara? ¡Dónde está mi barrita casi extinta de jabón! (también tengo una extraña manía de no tirar las cosas hasta que no se acaben por completo).
Me asomé por la puerta y, a grito pelado, le pregunté por el jabón. Obviamente no me escuchó por el escándalo de trompetas de jazz que invitaban a mi perro a huir despavorido. Volví a gritar sin éxito. Grité una vez más poniendo en peligro la salud de mis cuerdas vocales. Entonces no pude más. Exploté como una fiera que defiende su territorio. Me enredé en una toalla y salí del baño directo a desconectar las bocinas del iPod. Cirilo me miró sin entender muy bien lo que pasaba. Lo acusé del barro que me saldría en la frente por falta de jabón, del intento de huida de mi perro, de dos que tres mañanas inservibles y de invadir mi baño con espumas de afeitar. Lo acusé de mi desastre emocional y le pedí que se fuera con toda su colonización a otro lado, en donde viviera una Cirila que pudiera lidiar con pelos pegados en la pared.
Nunca lo volví a ver. Al siguiente domingo deseé haber sido un poquito más tolerante.
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