Sincrética mirada al imperio azteca

La recuperación de antiguas historias de poder a través de la mirada de Shakespeare, ha sido inspiración para obras notables. Luego de Trono de sangre, de Akira Kurosawa, no resulta extraordinario imaginar contadas a través del tamiz del genial isabelino, las guerras ...

La recuperación de antiguas historias de poder a través de la mirada de Shakespeare, ha sido inspiración para obras notables. Luego de Trono de sangre, de Akira Kurosawa, no resulta extraordinario imaginar contadas a través del tamiz del genial isabelino, las guerras que antecedieron el surgimiento del imperio azteca. Pero una cosa es pensarlo y otra concretar la hazaña. La cosmovisión y la dignidad de esos pueblos fueron sepultadas con la Conquista. Los ciudadanos asentados en las urbes miramos con lejanía los restos arqueológicos y la existencia viva de las antiguas culturas. Las más de 50 etnias indígenas, constituyen un diez por ciento de la población mexicana actual y están condenadas a la marginalidad. La antigua historia de los acolhuas, tepanecas y mexicas subsiste en imprecisas crónicas y códices, con descripciones de las abundantes guerras y sin profundidad en el abordaje de los personajes. En esos materiales se basó Luis Mario Moncada para construir su trilogía El Códice Tenoch. Una síntesis de dicha trilogía, en la que podemos identificar deliberados ecos del autor de Macbeth, fue la base para la puesta en escena A soldier in every son, en coproducción de la Royal Shakespeare Company y la Compañía Nacional de Teatro, con apoyo del Consejo Británico, el FONCA, El Sistema de Teatros de la Ciudad de México y el Festival Internacional Cervantino. Esta puesta en escena, dirigida por Roxana Silbert, y traducida al inglés por Gary Owen, luego de una temporada en el Swan Theatre de Stratford-on-Avon, llegó al Teatro de la Ciudad Esperanza Iris, el fin de semana pasado y se podrá ver este que sigue en el Festival Internacional Cervantino.

Durante una función de esta obra, al ver cómo se iba poblando el escenario con elementos característicos de los dramas con tema prehispánico, me pareció que estaba ante uno más de los esfuerzos fallidos por traer a la contemporaneidad un mundo imposible de representar bajo los prejuicios que lo imaginan solemne y lo condenan al folfclorismo. Poco a poco me fui adentrando en el conflicto y dejándome seducir por el humor, el desparpajo, la viveza en la mirada hacia esas historias. El conjunto, donde los personajes son muchos y quedan en su mayoría en esbozos, levanta un espejo en el que podemos identificar las tres prevalecientes en el actual ejercicio caprichoso y palaciego del poder, la violencia, la corrupción y la imposibilidad de unirnos para el bien común.

La escenografía de Jorge Ballina, un juego de plataformas de pergamino, que parecen flotar sobre agua y combinadas con breves pantallas, también de pergamino, articulan un discurso de imágenes proyectadas y en vivo, de elocuente calidad, con la complicidad de Chahine Yavroyan en la iluminación, el elaborado vestuario de Eloise Kazan, que otorga una clara identidad a cada dinastía, el movimiento escénico de Ann Yee, el diseño de los combates de Terry King y el manejo del sonido y la música en vivo, por el que se da crédito a Dave Price. El texto y la puesta en escena están por completo desprovistos de afanes antropológicos, sociológicos, didácticos y mucho menos museísticos. Y no me pareció que fuera su intención competir con las dimensiones poéticas y la profundidad de los personajes de Shakespeare.

Participa un elenco anglo-mexicano de actores que no se arroja en busca de un renovado lenguaje actoral, pero trabajan con entrega, pasión, energía. Destacan Brian Ferguson, John Stahl, Alex Waldmann y Neil Barry. En la participación mexicana, sobresalen Mariana Giménez, Andrés Weiss, Diego Jáuregui, Marco Antonio García y Héctor Holten. Esta aventura fue un desafío a los críticos y espectadores ingleses, entre los que encontré comentarios en internet que los exhiben cerrados a tratar siquiera de entender de qué iba la trama, con el argumento de que palabras como Ixtlixóchitl, Ecatepec, Chalco, Maxtla les resultan tan impronunciables como los fármacos. La puesta en escena es una provocación a pensar en las implicaciones de pertenecer a una cultura central o a una periférica y una valiosa apertura de la RSC a aproximarse al gran isabelino desde otras miradas. Este experimento es más que un espectáculo, ha significado un proceso de diálogo entre comunidades, cosmovisiones y la confrontación de públicos. La función que presencié me resultó disfrutable.

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