Prometeo

Es difícil escribir en este breve espacio sobre las reflexiones que me inspira la más reciente película del director británico Ridley Scott y parto de la idea de que necesito verla de nuevo, pero hay algunos comentarios que puedo compartir con ustedes hoy. En la ...

Es difícil escribir en este breve espacio sobre las reflexiones que me inspira la más reciente película del director británico Ridley Scott y parto de la idea de que necesito verla de nuevo, pero hay algunos comentarios que puedo compartir con ustedes hoy.

En la mitología griega Prometeo es un titán amigo y benefactor de los seres humanos que robó el fuego a los dioses para llevarlo a los hombres con lo cual provocó la ira de Zeus que lo castigó brutalmente.

Este mito de alguna manera representa la respuesta furiosa de las deidades cuando los seres humanos invaden su coto de poder, cuando les desobedecen, quieren igualarse a ellos o les pierden el respeto. Dentro de la tradición judeo-cristiana otra representación de esto son Adán y Eva arrojados del Paraíso o los constructores de la Torre de Babel dispersos por el mundo y perdidos en la confusión de lenguas.

A lo largo de los siglos la sabiduría de los mitos representa ese recurso del género humano para encontrar explicaciones sobre aquellos que nos crearon e igualmente pueden destruirnos; la doctrina del miedo en cierta forma. Pero las preguntas prevalecen: ¿de dónde venimos?, ¿de dónde viene el soplo de vida?, ¿qué hacemos aquí?, ¿hacia dónde vamos?, ¿cómo empezó todo?, ¿cuál es el misterio de los sueños?, ¿qué hay más allá de la muerte?

Ridley Scott parte de esta premisa para su más reciente película Prometeo (Prometheus, Estados Unidos, 2012) junto a sus guionistas Damon Lindelof y Jon Spaihts en torno a la que se polemizó tanto en cuanto a si es una precuela, secuela, segunda versión, narración paralela o nada de Alien, su gran película de 1979. Según publicó El País después de cinco secuelas y una serie de productos derivados de las películas, Scott no está de acuerdo con identificar a Prometeo como una pura y estricta precuela de Alien, el octavo pasajero (un relato que presenta antecedentes del que ya conocemos ubicado en un tiempo previo) y de verdad que lo asiste la razón. Prometeo es mucho más.

En el año 2089 una pareja de científicos, ella la doctora Elizabeth Shaw interpretada en el rol protagónico por la sueca Noomi Rapace que quedara bien fogueada después de su trabajo como Lisbeth Salander en la saga Millenium de Stieg Larsson, han encontrado un hilo conductor en diversas manifestaciones y pinturas rupestres de culturas alrededor del mundo que ellos interpretan como una invitación a buscar a esos extraños seres, conocerlos y descubrir el misterio del origen de la vida, de todo.

Una poderosa compañía financia la expedición a otro planeta para encontrar las respuestas en una nave que tiene el simbólico nombre de Prometeo. Varios tripulantes la ocupan, algunos con deficiencias en su construcción dramática, pero destacan tres: Elizabeth Shaw llena de preguntas, entusiasmo, energía, enamorada, con una maternidad frustrada y a la vez representante de la fe y del concepto de Dios que se va perdiendo en nuestros días; en efecto Noomi Rapace no es la Ellen Ripley de Sigourney Weaver en Alien pero se adueña del personaje y de la película. Los otros dos miembros interesantes del grupo son Meredith Vickers,una mujer fría y resentida que le sale bien a Charlize Theron y David, un robot que sabe más de lo que parece, que quiere lucir como Peter O’Toole en Lawrence de Arabia y que obviamente está al tanto de las intenciones ocultas de este viaje. Michael Fassbender borda a David, uno no sabe si quererlo o temerle, reírse con sus bromas o despreciarlo.

A 33 años de Alien y 30 de Blade Runner Scott encontró una propuesta intrigante para regresar a la ciencia ficción en la que —como acostumbra— es particularmente escrupuloso con la belleza plástica de las imágenes. Desde luego Prometeo está poblada de elementos estéticos de Alien pero su contenido es rico en esas grandes preguntas que han contrapuesto a la religión y a la ciencia, en la inquietud sobre la existencia de formas de vida diferentes a la nuestra y en el tema ancestral de su probable presencia en la Tierra hace miles o millones de años.

Los primeros minutos en los desolados y bellísimos paisajes de Islandia nos hacen presentir una película alejada de la oscuridad y claustrofobia de Alien aunque sin duda ambas beben del mismo río.

Por otro lado me quedan dudas en ciertas inconsistencias que a todas luces parecen evitables y que por alguna razón que no comprendo aún Ridley Scott y sus guionistas nos dejaron ahí. No voy a desglosarlas para que ustedes las descubran.

Muy recomendable pero por el momento le pongo un 8/10.

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