Ocho años después

Durante más de ocho años no se cansaron de repetir que enfrentar al crimen organizado era un error, que el uso de la fuerza no era necesario, que con la estrategia de “abrazos, no balazos” se detendría al crimen organizado. Esta fallida estrategia lo único que generó fue cederles a los criminales la mayor parte de México, generando una violencia nunca antes vista con el mayor número de homicidios en la historia moderna de nuestro país... El domingo pasado, por primera vez en casi ocho años, el gobierno decidió empezar a cambiar la estrategia y enfrentar a uno de los cárteles más poderosos del mundo.

Max Cortázar

Max Cortázar

Editorial

Durante años, Andrés Manuel López Obrador, junto con sus más cercanos, construyeron un discurso basado en la crítica constante a gobiernos anteriores, en específico la estrategia de seguridad aplicada durante el sexenio de Felipe Calderón; no se cansaron de repetir una y otra vez que se había pateado el avispero.

 

Durante más de ocho años no se cansaron de repetir que enfrentar al crimen organizado era un error, que el uso de la fuerza no era necesario, que con la estrategia de “abrazos, no balazos” se detendría al crimen organizado.

Esta fallida estrategia lo único que generó fue cederles a los criminales la mayor parte de México, generando una violencia nunca antes vista con el mayor número de homicidios en la historia moderna de nuestro país, cobros de piso, distribución de anfetaminas, secuestros, narcotráfico y, lo más grave de todo, la sociedad entre Morena y los cárteles.

El domingo pasado, por primera vez en casi ocho años, el gobierno decidió empezar a cambiar la estrategia y enfrentar a uno de los cárteles más poderosos del mundo de manera frontal, abatiendo a su líder.

Cuánta razón tenía el expresidente Felipe Calderón cuando decía que el crimen organizado buscaba convertirse en un Estado paralelo y que, en ninguna circunstancia, el Estado mexicano debe permitirlo y, si fuese necesario, hasta con piedras se le debe combatir.

En cambio, a López Obrador, como bien lo narra el libro Ni venganza ni perdón, nunca le importó la seguridad de los mexicanos ni salvaguardar al Estado; aunque suene reiterativo, son decenas de denuncias hacia gobernadores, algunos miembros del gabinete federal, legisladores federales o locales, alcaldes y miembros de Morena a quienes se les permitió hacer lo que quisieran de la mano con el crimen organizado, basta con hacernos una serie de preguntas:

¿Desde cuándo sabía el alcalde de Morena en Tapalpa que ahí se encontraba el líder del Cártel Jalisco Nueva Generación?, ¿desde cuándo sabía López Obrador sobre las ligas de La Barredora con Adán Augusto López y su jefe de la policía, adscritas a este mismo cártel?, ¿desde cuándo sabía de los vínculos de Américo Villarreal y Rubén Rocha Moya?, ¿desde cuándo sabía López Obrador del financiamiento ilícito del Rey del Huachicol a las campañas de Morena?

Así podríamos seguir haciendo estas preguntas todos los días.

Al crimen organizado se le enfrenta, como lo ocurrido el fin de semana. Ojalá éste sea el inicio del fin de los abrazos.

Cuánta razón tenía Calderón.

Reconocemos el trabajo del Ejército mexicano, la Fuerza Aérea Mexicana, nuestros sistemas de inteligencia, así como el apoyo del gobierno de Estados Unidos para abatir a uno de los criminales más peligrosos del mundo.

Nuestro más sentido pésame para todos los familiares de los militares que perdieron la vida en el cumplimento de su deber.

 

Un reconocimiento especial al secretario de la Defensa Nacional, el general Ricardo Trevilla Trejo.

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