En el camino con Tacones
La vida se va viniendo encima a manera de recuerdos de niñez.
Bien dicen los padres que todo en la vida es cuestión de etapas; que no hay que correr para pasar de la niñez a la juventud, ni de la juventud a la adultez, y mucho menos de la adultez a la senectud. Que hay que disfrutar cada momento porque no son momentos, son instantes y que los instantes se desvanecen en un abrir y cerrar de ojos, en un cálido parpadeo que se va borrando de la memoria cuando nuevos sucesos la ocupan con los años.
Ayer tuve una epifanía. Gracias a las redes sociales y a lo voyeristas que nos hemos vuelto, me encontré en mi timeline con la novedad de que había crecido, que todas las niñas de mi generación crecieron también, que ahora son esposas dedicadas, profesionales exitosas, madres amorosas; mujeres hechas y derechas. Chicas con las que compartí mi lunch mientras vestíamos un uniforme a cuadros rojos y verdes alimentan a sus criaturas y entre jajaja´s anuncian su cansancio al ser madres primerizas, otras ya cargan a su segunda criatura.
Vi cómo la vida se va viniendo encima a manera de recuerdos de niñez que me embargan la memoria y me transportan a la realidad pesada, pero a la vez emocionante, de encontrarme de la mano ocurrente del paso a la siguiente etapa. Ya no soy una niña, ya no juego a las Barbies como aún lo hacía a los catorce años. Tampoco soy una jovencita que solamente piensa en la siguiente fiesta del viernes más cercano. La adultez tocó la puerta de mis contemporáneas y al escuchar el timbre decidí abrirle los brazos a la mujer en la que hoy me he convertido, sin darme cuenta, poco a poco, quemando las etapas a mis propios tiempos, cada una con su reloj en mano decidiendo qué quiere vivir y en qué momento, pero al fin y al cabo todas en el muy parecido riel de ser mujeres adultas.
Y es que si me preguntan cuál etapa ha sido la más divertida, tendría que detenerme a pensarlo, sin embargo, podría decir que he vivido todas al máximo. Recuerdo cuando muy pequeña mis padres me dijeron que no corriera porque de las carreras no queda sino el cansancio y gracias a esa frase tan verídica como Frase de Mamá me encuentro sentada rebosante de energía al ver mi vida pasar de una etapa a otra, de la mano de un amor a donde pertenezco o pertenecí siempre probablemente, con una carrera más clara y unas metas menos borrosas, con ideas más certeras de la mujer que quiero ser y de la que soy ahora.
Hoy veo con cercanía el paso al que tanto miedo le tuve, el compromiso que un día busqué con bases equivocadas, por terror a quedarme sola en el camino cuando las primeras contemporáneas comenzaban a caminar hacia el altar. Después, cuando la vida me asestó mi primer, y espero único, fracaso emocional grave, me guarecí de la tan femenina necesidad de casarse detrás de la pantalla del anticristo del amor para siempre. Hoy veo la madurez llegar cuando lo menos que me preocupa es adquirir el compromiso al que por varios años huí como cobarde y hoy no me arrepiento. Sí, la incasable, la que no quería hijos, la que no deseaba nada serio más allá de disfrutar el momento que la vida ponía frente a las narices del novio en turno, creció para darse cuenta que ahora es turno de no rehusarse al inevitable camino de sentar cabeza con aquel príncipe que probablemente nunca bajó del corcel blanco en el que se le esperaba, pero que tampoco era un sapo viscoso en espera de una corona que lo metamorfoseara en algo menos viscoso al tacto pero pavoroso al gusto.
Y sí, mis contemporáneas y yo nos encontramos en ese camino rocoso que no sabemos hacia dónde nos lleva, solamente que vamos navegando dentro de la misma canoa de expectativas que nos dibujan con los matices que todas coloreamos en nuestros Tacones.
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