Adiós, 2011; viva 2012

El rey ha muerto: ¡Viva el rey! Termina un ciclo, comienza otro, por cierto, muy significativo. ¿Razones? México, como cualquier otra nación que aspira a mejorar sus índices de democracia, enfrenta una nueva encrucijada sexenal: se elegirá afortunadamente a un nuevo ...

El rey ha muerto: ¡Viva el rey! Termina un ciclo, comienza otro, por cierto, muy significativo. ¿Razones? México, como cualquier otra nación que aspira a mejorar sus índices de democracia, enfrenta una nueva encrucijada sexenal: se elegirá (afortunadamente) a un nuevo titular del Poder Ejecutivo Federal, a buena parte del Poder Legislativo federal y local y a diversos gobernadores y autoridades de las entidades federativas. El cambio será total y no existe mexicano que no lo desee para bien de nuestro país. ¿Quién no hará votos para brindar por la suerte, la evolución, la paz, el equilibrio y la prosperidad de México? Cada quien desde su perspectiva política decidirá en función de lo que considere más acertado de acuerdo a su visión y convicciones en relación a México. No hay quien no sueñe —tal vez los narcos abriguen otras esperanzas— con un México mejor, más justo, libre de violencia, de sangre, de impunidad y con mejores indicadores económicos, sociales y culturales. ¿Quién al depositar su voto en las urnas estará pensando en dañar a la patria..?

Si la soberanía nacional reside esencial y originalmente en el pueblo; si todo poder público dimana del pueblo y se instituye para beneficio de éste; si el pueblo tiene en todo tiempo el inalienable derecho de alterar o modificar la forma de su gobierno, entonces, si esos supuestos demagógicos contenidos en el artículo 39 de nuestra actual Carta Magna son válidos, entonces, ¿por qué oscuras razones en 2012, no se promulgan las reformas estructurales que el país requiere como un enfermo terminal demanda la mascarilla del oxígeno? ¿Por qué, si “todo poder público dimana del pueblo”, no se ejecuta sin tardanza la reforma del Estado, se conforman mayorías legislativas, se reeligen diputados y senadores, se crea la figura de un Primer Ministro que separe las funciones de presidente como la defensa, política exterior, entre otras grandes decisiones estratégicas propias de las del jefe del Ejecutivo? ¿Por qué no se incorpora el referéndum y el plebiscito para cambios constitucionales, para ratificar acuerdos y tratados internacionales, entre otros objetivos trascendentes? ¿Por qué no se crea una policía nacional única, se concluye con los plurinominales odiados por buena parte de la nación, se reduce el número de senadores y de diputados federales, se recortan sus ostentosos ingresos, un insulto, por lo pronto, a quienes perciben el salario mínimo de 60 pesos diarios? ¿Por qué no se ejecuta una reforma tributaria, o la petrolera, o la eléctrica, o la laboral, o la turística o la judicial o la de seguridad pública, en tanto nuestros legisladores cobran mensualmente dietas grotescas reñidas con el más elemental principio del honor? ¿”Eso” que acontece en la política nacional, debe entenderse como que el poder público dimana del pueblo y se instituye para beneficio de éste..? ¿No es burla cuando la inmensa mayoría de los sindicatos oficiales encabezados por auténticas pandillas de rufianes tienen secuestrado al país, de la misma manera que lo tienen secuestrado los partidos políticos que viven gracias al erario financiado con los impuestos pagados por todos los mexicanos?

Antonio López de Santa Anna tenía razón al sentenciar: “Con este Congreso no esperemos progreso...” De la misma manera en que debemos coincidir con George Bernard Shaw cuando dejó escrito para la historia en letras de oro: “A los políticos y a los pañales hay que cambiarlos seguido y por las mismas razones...”

Mientras la soberanía nacional continúe residiendo esencial y originalmente en una cáfila de políticos voraces que impiden, a toda costa por intereses inconfesables, las candidaturas independientes; si todo poder público dimana, en la realidad, de los partidos políticos y, dentro de ellos, de un grupo de líderes únicamente interesados en su porvenir, y el poder público ya no se instituye para beneficio del pueblo, como aconteció con el intento de golpe al Estado laico ejecutado la semana pasada, sino en beneficio de grupos de poder que asfixian a la nación; si el pueblo tiene, supuestamente, en todo tiempo el inalienable derecho de alterar o modificar la forma de su gobierno y no lo logra ni se respeta este principio constitucional, ¿entonces nuestro proyecto democrático sobre el que descansan nuestros más caros anhelos está empantanado, sepultado en incontables toneladas de detritus, junto con los sueños de grandeza y prosperidad de millones de mexicanos deseosos de ver la luz y que pasado mañana harán votos esperanzados por disfrutar un México mejor, más pleno, justo y vigoroso, sin que alguien le succione sus mejores energías.

Cuando el próximo sábado levantemos nuestras copas o choquemos los jarros de barro o los vasos o los “chatitos” de tequila, no concretemos nuestro brindis a un conjunto de buenos deseos, sino que hagamos votos por dedicarnos a la política y cambiar este ruinoso estado de cosas de modo que efectivamente, en la práctica, alteremos o modifiquemos la forma de nuestro gobierno y el artículo 39 de la Constitución deje de ser letra muerta... A nosotros a los mexicanos, al pueblo, nos corresponde arrebatarles a nuestros secuestradores las bridas del destino patrio. Hagamos la prueba. Apartémonos de la caja registradora, del arado, de los tornos o de los quirófanos: es la hora de México. ¡Salud!

        *Escritor

        fmartinmoreno@yahoo.com

            Twitter: @fmartinmoreno

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