La Universidad Nacional Autónoma de México logró superar el gran reto que significó la primera aplicación en línea de su examen de ingreso a la licenciatura. Debió tomar decisiones contundentes para corregir un episodio que tuvo una génesis más difícil de lo que públicamente se conoce.
Una historia que incluyó el secuestro de la Facultad de Contaduría y Administración por parte de un grupo que se negó a presentar el primer examen de control el 18 de junio.
La historia comenzó el 4 de junio, cuando los resultados del examen en línea alertaron a los especialistas universitarios y éstos avisaron a las autoridades de la Secretaría General de la UNAM. Había una alteración extraordinaria de la curva de respuestas y los exámenes con alto número de aciertos modificaban sustancialmente el ingreso a la licenciatura.
La alerta, sin embargo, no fue sopesada con la importancia que tenía. La orden de la entonces secretaria general, Patricia Dávila, fue no extrapolar los resultados. Hacer una revisión y detectar razones de la alteración significativa de los resultados. La respuesta se tuvo pronto: hubo trampa por parte de aspirantes.
De acuerdo con el relato de autoridades de la UNAM, Patricia Dávila ordenó que se citara a los aspirantes que tenían los resultados sospechosos. Se decidió que fuera en la Facultad de Contaduría y Administración, de Ciudad Universitaria, por supuesto.
Llegaron los aspirantes. Algunos acompañados por sus padres y otros acompañados por adultos que dijeron ser sus padres, pero cuyo comportamiento fue sospechoso desde el primer momento para los funcionarios de la UNAM que recibieron a los aspirantes y los trasladaron a diversos salones, donde fueron informados de que en ese momento les iban a aplicar un examen de control, porque había sospecha de sus resultados.
Por supuesto que los jóvenes se alertaron. Algunas lloraron. Otros se salieron de los salones y comunicaron a sus padres y/o a los adultos que los acompañaban que les iban a aplicar el examen de control.
De manera insólita para el comportamiento de un padre de familia, un grupo decidió comenzar a protestar y a amenazar a los trabajadores universitarios. Incrédulos, los trabajadores de la UNAM vieron a ese grupo de adultos tomar las instalaciones de la Facultad y secuestrarlos hasta que las autoridades de la Secretaría General se comprometieran a respetar los lugares y, si iban a aplicar un examen de control, se hiciera después, para darle tiempo a los jóvenes a prepararse.
Lograron su objetivo. La Secretaría General ordenó suspender ese examen y fijar fecha para dos semanas después, en la sede de Tlatelolco.
Patricia Dávila informó al rector, Leonardo Lomelí, que el problema estaba superado, que se había detectado un centro de “aplicación” del examen en Ciudad Nezahualcóyotl desde el cual salieron las respuestas, en tiempo real, hacia centros de concentración de aplicación del examen en Oaxaca y Jalisco; que se presentaron denuncias.
La funcionaria informó que el problema fue solucionado. Pero aun cuando las advertencias siguieron, porque en carreras como Medicina se mantenía esa tendencia anómala a exámenes perfectos, ella ordenó la publicación de los resultados y a quienes insistían en el error les contestó que el examen no se iba a repetir.
Pero el problema estalló. El rector ordenó la suspensión del proceso de inscripción y la integración de una Comisión Técnica que le ayudara a dimensionar el problema y tomar decisiones.
La mañana del 31 de julio, el rector se reunió con Patricia Dávila y le pidió su renuncia. Su permanencia era insostenible. Mientras la Comisión le entregaba al rector la conclusión de su trabajo: la UNAM debe aplicar un examen de control, Dávila debía dejar en el escritorio del rector su renuncia, pero no lo hizo. Fueron horas de incertidumbre hasta que la noticia del despido de Dávila se conoció en redes sociales.
A un mes de distancia, la UNAM venció el reto, para bien de una nación que necesita de más educación de calidad.
