El hilo conductor de la corrupción

¿No le irrita saber que su información personalísima y la de su familia o los movimientos de sus cuentas bancarias pueden ser comprados por criminales, o que sus impuestos se desvían para desembocar en el drenaje profundo de la deshonestidad? ¿No le parece razón suficiente para que nuestra sociedad emprenda una ofensiva contra el culto a la corruptela?

En el tema de la corrupción los mexicanos estamos curados de espanto. Es una lástima, porque eso significa que hemos perdido capacidad de indignación ante la enfermedad que más daño nos ha hecho, el verdadero cáncer de nuestra nación. En los últimos meses hemos presenciado varios escándalos en torno al destape de cloacas: la venta de bases de datos personales al mejor postor, el arreglo de una licitación de medicinas con soborno de por medio, el enésimo enriquecimiento de funcionarios públicos. ¿No le irrita saber que su información personalísima y la de su familia o los movimientos de sus cuentas bancarias pueden ser comprados por criminales, o que sus impuestos se desvían para desembocar en el drenaje profundo de la deshonestidad? ¿No le parece razón suficiente para que nuestra sociedad emprenda una ofensiva contra el culto a la corruptela?

Y es que el problema no se limita al gobierno. Hay fenómenos de corrupción que no pasan por instancias gubernamentales, que se dan sólo entre particulares. Cuando alguien le vende a usted un coche usado ocultándole un desperfecto grave, o cuando el mesero le dice que en el restaurante o en el centro de espectáculos no hay ya buenas mesas y con una propina aparece mágicamente una de las mejores, o cuando alguien viola el reglamento de tránsito para ganarle el paso mientras usted lo está cumpliendo, se está dando el mismo fenómeno sin la intervención de la autoridad. En esos casos son ciudadanos comunes y corrientes los que practican aquello de que el que no transa no avanza y de que el gandaya no batalla.

¿Y qué me dice de la corrupción-revancha, esa suerte de acción afirmativa de la pillería? Así como unos cuantos se enriquecen robando al erario o explotando a sus clientes, así como esas minorías pudientes se benefician económicamente abusando de quienes tienen menos, algunos dirigentes sindicales y líderes de grupos sociales hacen lo propio. Chantajean y ordeñan al gobierno o esquilman a pequeños y medianos empresarios a cambio de parar sus protestas o conjurar una huelga. Siguen la antigua conseja: contra los ricos hasta emparejarnos. Es, en cierto modo, un mecanismo de redistribución de la riqueza. Unos se corrompen para concentrarla y otros para repartirla (y si se puede, para reconcentrarla otra vez). En México, hasta la lucha de clases pasa por la báscula de la fullería.

Hay otras corruptelas que no dan dinero. Se trata de ilicitudes cuyo propósito es la venganza, la experimentación de poder, la obtención de otro tipo de satisfacciones. Hay quienes hacen desmanes en la vía pública, dañan un monumento o depredan una zona ecológica por el puro placer de fastidiar. O transgreden la ley porque a ellos los han transgredido muchas veces. Hay movimientos que se sienten con el derecho y a menudo con el deber de apropiarse de espacios públicos y de violar normas porque asumen que su condición popular los exime de cumplirlas. Total, el derecho y la derecha son lo mismo. Cuidado. El corrupto de arriba hace más daño y tiene una mayor responsabilidad, pero el de abajo no debe justificarse. Sin ley y honradez no puede haber justicia ni desarrollo.

Conste que no me refiero a la delincuencia. Hablo de un país saqueado por arriba y desfondado por abajo, de una pirámide social con un vértice dedicado a la expoliación y una base tentada por la anarquía. Nada más y nada menos. La sensación generalizada es que se merece lo que se obtiene, sea explotando o luchando al margen de la ley. Y mientras exista la desigualdad, que empodera a unos y excusa a los otros, ni quien se meta. ¿El gobierno? No, hombre, usted sabe que medra con la aquiescencia de los dos, que le permiten que siga birlando a todos.

La corrupción en México es sumamente grave porque se ha convertido en el hilo conductor que une a un país dividido, en el aceite que impide el resquebrajamiento del engranaje social. En la praxis es una fuente de simplificación y flexibilización de un orden jurídico rebuscado y rígido, es un medio para contrarrestar los excesos de la burocracia y de expeditar los negocios, es un mecanismo que lo mismo sirve al enriquecimiento de una élite voraz que a una forma de resistencia de los oprimidos. Es, en suma, un fenómeno que permea la esfera política, el sector privado y el ámbito sindical, y que los enlaza en una enmarañada red de complicidades. Y lo más preocupante: es un problema tanto de incentivos perversos como de comportamiento inercial. Es terrible: para el mexicano, corromperse tiene sentido racional y culturalmente.

Por supuesto que hay mexicanos ajenos a esa cultura de la corrupción. No muchos, pero existen políticos, empresarios, sindicalistas y luchadores sociales honestos que deberían ser premiados y admirados hasta el cansancio, porque en este país la honestidad equivale a un apostolado. Y también hay ciudadanía de base que se comporta de manera ejemplar. Nuestra redención llegará cuando ella se decida a sacudir conciencias frente a esa metástasis que está matando a México, y cuando salvarlo se convierta en la gran causa común.

        *Director de Posgrado de la Universidad Iberoamericana

            Twitter: @abasave

Temas: