El Japón y la vulnerabilidad
Su simbiosis de tradición y modernidad me parece ejemplar. Pese a su supuesta occidentalización, el sello oriental se percibe en cada pliegue de su ser. El alejamiento de la mentalidad de líneas rectas, la exquisitez de su arte, el refinamiento de su cortesía, todo refleja una sutileza en la sensibilidad y la abstracción capaz de distinguir todo tipo de matices.
Las estremecedoras imágenes del tsunami japonés me han traído a la memoria mi viaje al Lejano Oriente. Sólo he tenido oportunidad de visitar el Japón una vez, hace ya casi 20 años. La impresión que me traje fue enormemente positiva y, lo reconozco, casi idílica. Su simbiosis de tradición y modernidad me parece ejemplar. Pese a su supuesta occidentalización, el sello oriental se percibe en cada pliegue de su ser. El alejamiento de la mentalidad de líneas rectas, la exquisitez de su arte, el refinamiento de su cortesía, todo refleja una sutileza en la sensibilidad y la abstracción capaz de distinguir todo tipo de matices. Un pueblo, una casa, un jardín —especialmente un jardín— muestran la íntima vinculación del japonés con la naturaleza y su concepción del orden vital. La relación dialéctica occidental, la tesis del conflicto como motor del progreso, cede allá su lugar a la de la armonía, la prolongación. En lugar de la escuela “conflictista” de las ciencias sociales y la postergación judeocristiana de la armonización del alma a la otra vida, hay una sociedad inclinada al consenso y un sincretismo budista-shintoísta que asume la paz interior como origen y no como destino.
No estuve en Japón más que unos cuantos días, pero no encontré por ningún lado los dilemas de Occidente. Ni continuidad o ruptura, ni imitación u originalidad, ni derecha o izquierda. Percibí entreverados pasado y futuro, reproducción e innovación, individualidad y colectivismo. Vi la suave belleza de sus lagos, colinas y valles. Me hospedé en un ryokan provinciano, que es la mejor manera de constatar la sucesión acompasada de todo, habitaciones, comida, ríos, piedras, plantas. Por eso, porque no es ésa una nación de sobresaltos, me cuesta trabajo imaginar el sacudimiento que sufrió la semana pasada. Mi evocación de su entorno es tranquilizante. Su paisaje no es de los que sacuden o estremecen sino de los que sosiegan y relajan, y sus costumbres suelen serenar al visitante más estresado. ¿Quién se puede sentir hostigado en un país en el que abundan las caravanas y las sonrisas y no existen las propinas?
Con su cultura de esencia visual, su ritualismo y su sentido del honor, Japón destila delicadeza y solidez. Ya no es la segunda sino la tercera economía del mundo, pero sigue siendo la primera sociedad en disciplina y honorabilidad. Están en medio de una catástrofe, hay comunidades enteras a la intemperie, pero no se ha reportado un caso de pillaje o saqueo. Carajo. En su mente, le decía Aurelio Asiain a León Krauze en su noticiero, sólo hay una idea: ayudar a los demás. Admirable, particularmente cuando se toma en cuenta que ésa solidaridad se da antes, durante y después de la emergencia. Es una constante en su comportamiento social.
Hace tiempo escribí en este espacio que las hecatombes nos recuerdan nuestra fragilidad. No sólo eso; también nos obligan a reordenar nuestras prioridades y a diluir nuestras querellas. Presenciar la furia de la naturaleza, en especial, nos sitúa en la realidad de nuestra contingencia y finitud. Los seres humanos somos radicalmente vulnerables. Ayer fue un huracán que destruyó toda una ciudad de la superpotencia, hoy son un terremoto y un maremoto que postran a una potencia mundial. A los productos del progreso científico y tecnológico del primermundismo más poderoso se los ha llevado el agua como barquitos de papel. Y todavía falta lidiar con los reactores de las plantas de energía nuclear y sus inefables radiaciones. En un santiamén, este planeta al que tanto hacemos enojar se sacude y nos manda a volar. No somos nada, de veras, si acaso polvo. A ver si así levantamos la vista al cielo.
Los japoneses necesitan ayuda. A los mexicanos nos parecen extraños, lejanos. Acerquémonos. Tenemos mucho que aprenderles, mucho en qué inspirarnos para lograr aquella maravillosa síntesis entre Occidente y Oriente que soñó Alejandro Magno. Y es que más que una nación, Asia es una cosmovisión. La mente oriental gira, se religa a lo supranatural y, como en espiral, vuelve sobre sí misma. Su tiempo no es rectilíneo ni su causalidad unilineal. Por eso el misticismo, la filosofía aparentemente rebuscada y asistemática y, en general, la proclividad a codificar una ética práctica en consejos abstractos. Si la Grecia clásica inauguró la obsesión por distinguir y clasificar, Japón emprendió la de fundir e imbricar. Si algún día nos decidimos a acabar con las dicotomías excluyentes, con la incomprensión que parte en dos a México, habremos de descifrar y cifrar a este Imperio del Sol Naciente. Quite usted mis excesos líricos, ponga las atrocidades que cometió en su guerra con China y todas las lacras que guste y mande y le quedará un modelo a valorar y no pocas cosas a asimilar. Yo, al menos, como creyente que soy de las bondades del mestizaje en su más profunda y amplia expresión, no puedo dejar de admirar a los japoneses. Porque estoy convencido de que su policromía y su compendio de mixturas nos pueden enriquecer a todos.
*Director de Posgrado de la Universidad Iberoamericana
Twitter: abasave
