Censo, consenso y disenso

Los mexicanos de hoy somos muchos más y, sobre todo, muy diferentes a los de ayer: hemos cambiado significativamente nuestra fisonomía demográfica, nuestro perfil social, nuestro nivel de vida. Seguimos siendo el país de las desigualdades que vio Humboldt, pero la base de la pirámide ha escalado algunos peldaños.

Los resultados del Censo de Población y Vivienda 2010 son, sencillamente, cautivantes. Sumergirnos en ellos es bucear por las entrañas de México, reconocer el cuerpo casi irreconocible de una nación que ha crecido y se ha transformado profundamente. La expedición no tiene desperdicio. Los mexicanos de hoy somos muchos más y, sobre todo, muy diferentes a los de ayer: ciento doce millones de seres humanos que hemos cambiado significativamente nuestra fisonomía demográfica, nuestro perfil social, nuestro nivel de vida. Seguimos siendo el país de las desigualdades que vio Humboldt hace dos centurias, pero la base de la pirámide ha escalado algunos peldaños. Los números censales revelan avances en nuestras condiciones materiales de existencia que no pueden desdeñarse. Y si bien no me propongo engrosar en estas líneas el prolijo desglose y análisis cuantitativo que muchos han hecho ya de esas condiciones, sí quiero ofrecer una reflexión sobre la causa de la metamorfosis.

Quienes defienden al antiguo régimen priista suelen esgrimir datos insoslayables sobre el progreso del México vigesémico. Hablan de grandes obras de infraestructura en presas y en carreteras, mencionan la multiplicación de escuelas y hospitales, citan estadísticas que van de una drástica disminución del analfabetismo y la mortandad infantil a un considerable incremento en la escolaridad y la expectativa de vida. No inventan cifras; todo eso sucedió entre 1929 y 2000. La pregunta que hay que hacernos es qué tanto fue mérito de los gobiernos del PNR/PRM/PRI y qué tanto se logró por “ósmosis internacional”. Es decir, dónde termina el avance que nos dio un proyecto de nación y sus ejecutores y dónde empieza el que alcanzamos gracias a los inventos y descubrimientos que nos llegaron de otras latitudes.

Sería injusto dar todo el crédito a uno solo de esos factores. Por un lado, tenemos que reconocer que en esas siete décadas hubo tanta ineficiencia y corrupción como eficacia política y visión de Estado: otros países ineficientes y corruptos se quedaron atrás del nuestro. Pero por otro debemos admitir que la ciencia y la tecnología del primer mundo (y en su momento también del segundo, por cierto) arrastró al tercer mundo con sus procesos industriales, su maquinaria, sus comunicaciones y transportes, sus métodos pedagógicos, sus antibióticos y vacunas, su equipo y conocimientos médicos. Vamos, aunque todo el mundo experimentó una mejoría en el siglo XX con respecto al XIX, el progreso fue muy disparejo. Estados Unidos, Europa y el resto del “centro” consolidaron su desarrollo, mientras que la llamada “periferia” se atrojó en el subdesarrollo. Nos afectó un orden económico injusto, ciertamente, pero la responsabilidad primordial ha sido nuestra. Y es que no podemos tapar el sol con un dedo: si nuestra ciudadanía y nuestros estadistas hubieran sido honestos y filoneístas además de talentosos y pragmáticos, otro gallo desarrollista nos estaría cantando en la alborada del siglo XXI.

Algo similar puede decirse de lo ocurrido en esta última década. Parte de los adelantos son atribuibles a las administraciones del PAN y parte a la vertiginosa innovación científica y tecnológica que nos llega con el impulso globalizador. Y yo creo que, lo mismo antes que después de la alternancia, el beneficio que importamos ha sido mayor que el que producimos nosotros mismos. No pretendo ser aguafiestas, pero me parece que las evidencias son claras. Cuando una nación tercermundista se despega de las demás, cuando contrarresta su desigualdad social y muestra un desarrollo muy superior al de sus pares y se acerca a los niveles primermundistas, es obvio que algo están haciendo muy bien su gobierno y su sociedad. En el pasado reciente hay ejemplos de este adelantamiento en economías asiáticas y quizá en el presente eso esté ocurriendo en Brasil. Pero por desgracia no fue nuestro caso en la era priista, con la parcial y efímera excepción del desarrollo estabilizador, ni lo está siendo ahora en la época panista.

La fascinante experiencia de observar el desdoblamiento de México en las fotografías del censo, con más luces que sombras, nos enseña más la retaguardia de un movimiento mundial que la vanguardia de un proceso nacional. En vez de deslumbrarnos aprendamos la lección. El mundo se mueve hacia adelante pero sigue siendo injusto: los abismos que separan a los Estados ricos de los pobres y los que parten internamente a los Estados entre quienes más y quienes menos tienen se han ensanchado. La tesis del progreso unilineal es engañosa. La humanidad ha ascendido, pero no en línea recta ni por un solo camino. Nadie que se empecina en ser remolcado puede rebasar. Las sociedades más exitosas, las que viven con más bienestar y dignidad, son las que crean, las que inventan, las que innovan; aquellas en las que, además, predomina la ética y el perfeccionismo. Los mexicanos seremos una de ellas si cambiamos de mentalidad en aras de la honradez y el filoneísmo. Sí se puede: cuando construyamos nuestra propia cima de grandeza podremos aspirar a escalarla.

        *Director de Posgrado de la Universidad Iberoamericana

            Twitter: abasave

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