Manifiesto filoneísta
México está mal. Siempre lo ha estado: antes de la ola de violencia e inseguridad que hoy sufrimos, los mexicanos hemos padecido, una tras otra, crisis económicas y políticas y sociales. De hecho, nuestra historia es una sucesión de crisis. Hemos tenido algunos buenos ...
México está mal. Siempre lo ha estado: antes de la ola de violencia e inseguridad que hoy sufrimos, los mexicanos hemos padecido, una tras otra, crisis económicas y políticas y sociales. De hecho, nuestra historia es una sucesión de crisis. Hemos tenido algunos buenos momentos, pero siempre hemos estado a la zaga de los países avanzados, imitándolos como si fueran espejo y no ventana. Nuestra nación ha estado marcada, desde sus orígenes, por la corrupción y la desigualdad, y con ellas a cuestas nos hemos quedado atrapados en el subdesarrollo. El origen de ese rezago ancestral es una identidad fracturada, que nos viene de la Conquista. El choque de civilizaciones generó un complejo de impertinencia: desterró a los indios, descastó a los mestizos y desarraigó a los criollos de modo tal que fueron muy pocos los que asumieron que este país les pertenecía y menos aún quienes sintieron que pertenecían a este país. Esa sensación inconsciente se mantiene viva porque prevalece entre nosotros una correlación entre raza y clase que nos parte en dos: un México minoritario, preponderantemente blanco, con recursos para acceder a los beneficios de la globalización, y un México mayoritario, predominantemente moreno, hundido en el atraso y la marginación. Paradójicamente, lo único que los une es esa fractura identitaria que provoca actitudes esquizofrénicas y disfuncionales.
La culpa de tener un país rico con tantos pobres es nuestra. Aceptemos la realidad aunque nos duela: somos los mexicanos los que hemos corrompido a México y nos hemos corrompido a nosotros mismos con un comportamiento contradictorio e irresponsable. Desde la Colonia adquirimos la manía de poner la ley muy lejos de la realidad y violarla se volvió una inercia cultural. “Acátese pero no se cumpla”, decían las autoridades novohispanas frente a las disposiciones que llegaban de la Corona. Inventamos códigos de reglas no escritas, ésos sí funcionales, y dejamos la norma explícita como espada de Damocles sobre aquellos que desafíen la norma implícita. Creamos las condiciones para que sea más barato, más rápido, más práctico y conveniente evadir la ley que obedecerla. Mientras no modifiquemos esos incentivos perversos, la honestidad sólo podrá florecer reemplazando a los ciudadanos con apóstoles. El diseño legal e institucional en este país hace racional que el mexicano se corrompa. Y no nos hemos dado cuenta de que la suma de racionalidades individuales da como resultado una irracionalidad social.
La solución debe ir a la raíz del problema: nuestro sistema jurídico y nuestra educación cívica. Nuestros males son sumamente graves y ya no debemos conformarnos con parches o cambios menores ni escandalizarnos ante transformaciones radicales. A quienes piensan que no hay que cambiar la ley sino aplicarla vale recordarles que nuestras normas no están hechas para aplicarse y por eso nos hemos acostumbrado a que no se apliquen. Nosotros somos el problema y la solución. Por eso este manifiesto llama a organizar un movimiento ciudadano en las redes sociales, en la inteligencia de que los partidos ignoran los reclamos de la sociedad cuando no pagan un costo por ello y de que si este movimiento crece encontrará sus cauces políticos para lograr dos grandes objetivos:
1) Un nuevo acuerdo en lo fundamental: elaborar una Constitución realista, concisa, de largo aliento, la primera en nuestra historia que no sea producto de un triunfo militar sino de un pacto nacional, una que no constituya un anhelo a futuro sino la guía cotidiana de nuestro comportamiento presente y que descargue su lastre programático y coyuntural en leyes constitucionales; revisar sistémicamente leyes secundarias y reglamentos para simplificarlas y desburocratizarlos y minimizar así el margen de corruptelas.
2) La refundación de nuestra educación formal e informal: entre otras cosas, digerir nuestra historia, cifrar nuestra identidad, trocar valemadrismo en perfeccionismo, vincular ética con éxito y desterrar de nuestra mente la premisa de que “el que no transa no avanza” y que “el gandaya no batalla”.
Hay muchas cosas más por hacer para fortalecer nuestro Estado de derecho, combatir el crimen organizado, impulsar nuestra economía y forjar una sociedad más justa, pero si no empezamos por abatir la corrupción todo lo demás será inútil. El renacimiento de nuestra nación empezará cuando se premie la honestidad y la legalidad, se castigue la transa y el gandayismo y se erradique la impunidad. Nuestra nueva Constitución podría, además, dotarnos de candidaturas independientes, reelección legislativa inmediata, plebiscito, referéndum e iniciativa ciudadana para poner a los partidos al servicio de la sociedad, y ofrecernos un régimen parlamentario ad hoc que garantice la gobernabilidad y la aprobación de las reformas estructurales. Si pensamos en grande y lanzamos una cruzada por el filoneísmo, es decir, por la creatividad y la originalidad necesarias para idear un nuevo proyecto de nación y una misión civilizatoria, los mexicanos engrandeceremos a México y lo convertiremos al fin en nuestra casa común, con un piso de bienestar que detenga la caída de los débiles, un techo de legalidad que impida la fuga de los poderosos y cuatro paredes de cohesión social que nos permitan a todos convivir con bienestar y dignidad.
*Director de Posgrado de la Universidad Iberoamericana
Twitter: @abasave
