Profetas del pasado
Lo que ocurre ahora en el Oriente Medio trae consigo ecos de aquellos momentos históricos. Jóvenes inconformes en países árabes o musulmanes se levantan contra sus gobiernos desde las redes sociales. ¿Orígenes comunes? Rechazo al autoritarismo, indignación por el desempleo. ¿Propósitos compartidos? Ninguno que se haya expresado con nitidez.
La historia discurre por caminos misteriosos. El determinismo histórico no resiste el menor soplo de la realidad, y las portentosas teorías que se han construido en torno a él se han ido cayendo una tras otra. No hay un plan en la historia, y si bien a veces es posible explicar el presente a partir de una serie de claves del pasado, es imposible predecir el futuro con base en patrones de repetición ineluctable. Los pronosticadores pueden acertar por cortesía del azar o gracias a la generosidad de tiempos inerciales, pero no pueden predeterminar sistemáticamente el comportamiento humano. El famoso y nunca bien ponderado albedrío, ese impulso de libertad que permite a individuos y sociedades decidir el rumbo de las cosas sin reparar en racionalidades convencionales, es el que tiene la última palabra.
Por eso la idea del progreso unilineal es tan endeble. Porque no hay una sola ruta hacia el progreso, porque hay atajos y desviaciones y extravíos, porque siempre hay senderos vírgenes que invitan a ser recorridos. El ser humano se mueve a menudo caprichosamente, si por capricho entendemos aquello que no podemos entender. Y una de dos: o los movimientos veleidosos de una persona contagian a otras, o la veleidad es colectiva. Basta observar las corrientes de pensamiento rupturistas y, particularmente, los movimientos de rebeldía o las revoluciones internacionales.
Recordemos el 1848 europeo. En una época de comunicación precaria, pueblos distintos y distantes se rebelaron contra su statu quo en busca de un cambio más bien difuso e inasible. Austria, Alemania, Francia e Italia sufrieron revueltas que, pese a sus fracasos, moldearon el devenir de la Europa decimonónica. Y qué decir del 1968 mundial, cuando desde París hasta México se desprendió una avalancha de estudiantes en lucha, unidos en la coincidencia de lo que querían derrumbar pero separados por una nebulosa de aspiraciones disímbolas o indefinidas. Prevaleció en esos sucesos lo que prevalece en el movimiento globalifóbico contemporáneo: un rechazo generalizado al establishment que se concibe en una torre de babel desde la que no se alcanza a ver claramente un nuevo proyecto común. Que 1989 haya sido el detonador de un efecto dominó en el bloque socialista era comprensible: la caída del Muro de Berlín aunada a la perestroika y el glasnost en la Unión Soviética iban a la yugular del socialismo real. Pero las sublevaciones del 48 y del 68 no se dieron en un contexto homogéneo ni se enfrentaron a regímenes cortados por la misma tijera ideológica.
Lo que está ocurriendo ahora en el Oriente Medio trae consigo ecos de aquellos momentos históricos. Jóvenes inconformes en países árabes o musulmanes se levantan contra sus gobiernos desde las redes sociales, tirando uno por uno a sus dictadores. ¿Orígenes comunes? Rechazo al autoritarismo y a la falta de libertades, indignación por el desempleo y la pobreza. ¿Propósitos compartidos? Ninguno que se haya expresado con nitidez. Es imposible saber en qué van a acabar esos alzamientos populares, si apuntan a la construcción de democracias de corte occidental o si desembocarán en teocracias islámicas. Cuando los iraníes derrocaron al Sha muchos analistas auguraban el advenimiento de un sistema democrático y el resultado fue la entronización del Ayatola. Hoy nadie puede vaticinar lo que va a erigirse sobre los escombros de las antiguas autocracias. Faltan consensos internos y sobran injerencias externas; la disparidad de posturas entre los grupos triunfantes es tan grande como el trabajo subrepticio de las tristemente célebres agencias de espionaje.
El fuego con que se inmoló el vendedor de frutas tunecino puede llegar muy lejos. Los problemas de Túnez son distintos a los de Marruecos y a los de Argelia, la demografía de Jordania y la de Yemen, no se diga la de Irán, son incomparables, y nada tienen en común el ejército de Egipto y las fuerzas represoras de Libia. Y sin embargo, en todos esos lugares hubo o hay turbulencias. Es muy difícil prever no sólo la naturaleza o las probabilidades de éxito de las revoluciones sino también su alcance geográfico o las correlaciones de fuerzas que resultarán de ellas. Ya sabemos, porque ya lo vimos, que los militares egipcios enfrentaron la disyuntiva de permitir la caída de Mubarak o conservar su popularidad y optaron por lo segundo, y que Gadhafi es un tirano que no vacila en masacrar a su gente. Lo que no sabemos es a qué otros países arribarán las llamas y quiénes determinarán la construcción del nuevo orden en cada uno de ellos. Tampoco podemos adivinar si el incendio llegará a todos los confines del Magreb y de la península arábiga o incluso irá más allá, a lugares que se suponen lejanos e inmunes.
He aquí lo fascinante de la historia que estamos viendo desenvolverse. A quienes no somos protagonistas no nos queda más remedio que observar y, en el mejor de los casos, sacar enseñanzas para nuestras propias realidades. Y es que, aunque nuestra obsesión futuróloga nos empuje a apostar, debemos entender que sólo podemos ser profetas del pasado.
*Director de Posgrado de la Universidad Iberoamericana
Twitter: @abasave
