¿Un PRD o dos?
Las diversas expresiones perredistas se han aglutinado en dos grandes vertientes de la izquierda: electoralistas y movilizacionistas. Los que privilegian la vía electoral, apuestan a la negociación y quieren ganarse a la clase media, y los que priorizan la movilización social optan por la confrontación con el establishment y apelan al apoyo de los pobres.
El Partido de la Revolución Democrática es una abigarrada confederación de corrientes. A primera vista, pues, parecería un rompecabezas, un mapa cruzado por múltiples líneas de fragmentación. Pero esas líneas convergen cada vez más en una sola, que parte en dos al perredismo. Y es que el notable crecimiento de una de sus tribus lo ha polarizado. Nueva Izquierda (NI), su ala moderada, se ha convertido en el bloque más grande dentro de su estructura directiva. Por sí solo controla casi la mitad de su dirigencia colegiada, y con el apoyo de Alianza Democrática Nacional obtiene mayoría. Eso ha llevado a las demás corrientes, que salvo Foro Nuevo Sol y alguna otra tienden al radicalismo, a aliarse bajo el paraguas de Izquierda Unida (IU) y en torno al liderazgo de Andrés Manuel López Obrador.
El PRD se ha vuelto, así, un partido partido, y su falla geológica lo atraviesa por en medio. NI tiene el aparato e IU cuenta con las bases de López Obrador, lo cual reparte el pastel de las decisiones en dos mitades. Si bien toda caracterización es reduccionista —NI no es sólo burocracia e IU no es sólo militancia lopezobradorista— creo que ésta sirve para visualizar una realidad. Las muchas y muy diversas expresiones perredistas se han aglutinado en dos grandes vertientes de la izquierda democrática mexicana: los electoralistas y los movilizacionistas. De un lado están los que privilegian la vía electoral, apuestan a la negociación y quieren ganarse a la clase media, y del otro los que priorizan la movilización social, optan por la confrontación con el establishment y apelan al apoyo de los pobres. En otras ocasiones he clasificado a los simpatizantes de cada una de ellas como los esperanzados y los enojados.
El hecho es que estos dos grupos coexisten, a menudo esquizofrénicamente, al interior de un mismo instituto político. Compiten en las elecciones bajo el mismo nombre y el mismo emblema, se presentan ante la sociedad como una misma opción de gobierno. Aunque a veces el encono interno es mayor a la rivalidad externa, este matrimonio mal avenido evita el divorcio porque no hay separación de bienes; es decir, las dos partes siguen juntas por obra y gracia del registro del Instituto Federal Electoral, que no puede partirse. Las prerrogativas van todas al PRD, y la facultad de postular candidatos es exclusiva del PRD. Si esa integridad se rompe, una de las mitades se quedará con todo y la otra con nada. Y desde luego, ambas saldrán políticamente debilitadas, y tendrán que empezar a construir su nueva identidad.
Esos incentivos y ciertas coincidencias de proyecto de nación son suficientes para justificar los esfuerzos para llegar unidos a “la grande”. Pese a que sus discrepancias en la estrategia para alcanzar el poder son sustanciales, NI e IU prefieren tejer acuerdos, sumar fuerzas y tener un abanderado único en la liza por la Presidencia de la República. Saben que si las encuestas les dan pocas posibilidades de ganar juntos, separados no tienen ninguna. De ahí que, con el ebrardismo como mediador, estén intensificando las negociaciones para evitar el cisma definitivo. De cara a la renovación de su Comité Ejecutivo Nacional, y frente a la negativa de Lázaro Cárdenas de ser el presidente de consenso, pondrán a prueba una vez más su proverbial pericia conciliadora en aras de la unidad. La experiencia dice que la conseguirán.
Con todo, si el perredismo no procesa bien su candidatura presidencial la lógica será otra. Si la fractura enyesada que ya carga consigo se convierte en una fractura expuesta, o si su candidato queda rezagado en la contienda porque el electorado le cobra la factura de su conflictividad, creo que será tiempo de replantear el maridaje. Los analistas en España se ríen cuando se les pide que imaginen al Partido Socialista Obrero Español y a su Izquierda Unida conviviendo en un solo partido político; dicen que sería como juntar el agua y el aceite. Pues resulta que, mutatis mutandis, eso es el PRD en México. Y si la empresa electoral de esa dualidad mexicana fracasa el próximo año tendrá que considerar seriamente la ruta que tomó el Partido Laborista de la Gran Bretaña a mediados de los años ochenta, cuando Kinnock sacó a los Militants, que significó dar un paso atrás para después dar dos hacia adelante. Hay argumentos para los dos bandos: la ruptura pavimentó el camino que condujo a una década de gobierno laborista, pero con Blair. De modo que, volviendo al símil de España, si en el 2012 le va mal al sol azteca, no podrá postergar más la encrucijada que podría escindirlo en dos partidos, uno parecido al PSOE (quizá con el registro actual) y otro a IU (tal vez con el registro del PT).
El divisionismo de la izquierda ha sido visto siempre como un demonio a exorcizar. Y en efecto, las divisiones han dañado a los partidos izquierdistas en todo el mundo. Pero en el México mediato, si los perredistas no son capaces de pasar de una realidad esquizoide a una unidad coherente, la disyuntiva de los demócratas progresistas será ineludible: ¿un PRD o dos?
*Director de Posgrado de la Universidad Iberoamericana
Twitter: @abasave
