Francia, Egipto y Aristegui

¿Qué debe hacer un periodista ante un rumor muy extendido? Investigar, sin duda, lo cual incluye cuestionar. Aristegui nunca avaló nada; hizo una pregunta al aire pidiendo una aclaración de la Presidencia. Tan pertinente era su petición que el secretario particular del Presidente hizo lo que se hace en cualquier país democrático.

CRÍA FAMA Y ÉCHATE A DORMIR. La ratificación de la sentencia a Florence Cassez ha enfurecido a los franceses. Lo que empezó como un berrinche de Nicolas Sarkozy se convirtió en una sobrerreacción en cadena y de izquierda a derecha: la alcaldesa de Lille y líder del Partido Socialista Martine Aubry canceló una exposición de Posada y la canciller Michele Alliot-Marie amenazó a México con la afectación de la relación bilateral, canceló su participación en los actos del “Año de México en Francia” y azuzó a la gente a boicotearlo. No les importa que los mexicanos tengamos un sistema de división de poderes y que el proceso haya seguido los cauces establecidos por nuestras leyes, porque al parecer asumen que en este país el Presidente sigue controlando al Poder Judicial y sin su intervención no puede haber un juicio justo. La desmesurada reclamación francesa tiene tres ingredientes: el populismo y la soberbia los ponen sus políticos y la imagen tercermundista corre por nuestra cuenta. Ellos van a ganar apoyo popular porque la opinión pública francesa respalda a Cassez por su nacionalidad y porque nosotros nos hemos ganado a pulso el estereotipo de país corrupto. Las pocas dudas que hay en Francia sobre la turbia actuación de nuestras autoridades se disipan ante la estulticia del montaje televisivo de la captura de la banda de secuestradores.

Sarkozy decidió poner el affaire Florence Cassez en su agenda en su pasada visita a México, acaso calculando que sería relativamente fácil persuadir a Felipe Calderón de entregar a su compatriota a la justicia francesa. Sin embargo, la presión de varios grupos de la sociedad civil mexicana inclinó la correlación de fuerzas a favor de la permanencia de Cassez y la Secretaría de Relaciones Exteriores anunció en 2009 que se quedaría aquí. Si el exabrupto de la semana pasada se hubiera dado entonces habría sido defendible: aquella decisión fue del Ejecutivo y el reclamo habría sido de jefe de Estado a jefe de Estado. Pero ahora no. Ahora se trata de la capitalización de un brote de solidaridad nacional y de la indignación por el hecho de que una potencia como Francia no pueda hacer que un país subdesarrollado como México ceda a sus pretensiones. No he escuchado a nadie que conozca el caso decir que la francesa es inocente; lo que se argumenta en su favor es que hay vicios de procedimiento —aunque solamente mencionan el deplorable montaje— que permitirían impugnar el juicio. Es decir, en el fondo lo que se pretende es que los tecnicismos se impongan a la justicia, a la O. J. Simpson. Y no. Nuestro Ministerio Público y nuestro Poder Judicial cometen muchas arbitrariedades, sin duda, pero todo parece indicar que la sentencia a Florence Cassez no es una de ellas.

Concluyo con una reminiscencia, un cuestionamiento y una lamentación que me son imposibles de evitar. La primera es la vergonzosa guerra de los pasteles. El segundo se refiere a mi duda de que el gobierno de Francia estaría actuando con tanta agresividad y estaría tan engallado si en vez de México los sucesos hubieran ocurrido en un país más poderoso, por ejemplo, en China. Y la tercera me remite a una dolorosa realidad, la de la mala fama que nos hemos granjeado antes de echarnos a dormir.

LA VIOLENCIA ES LA PARTERA DE LA HISTERIA. Los egipcios, guiados por jóvenes articulados en redes sociales, demostraron que es posible derrocar pacíficamente una dictadura. Egipto no tendrá que pagar el altísimo costo de la reconstrucción que le habría impuesto una revolución violenta. La faraónica victoria sobre el faraón muestra dos cosas: que nada ni nadie tiene más fuerza que una sociedad organizada que pretende derrumbar un viejo régimen y que nada ni nadie es más candoroso que una sociedad desorganizada de cara a la construcción de un nuevo régimen.

PREGUNTAR O NO PREGUNTAR, ÉSA ES LA PREGUNTA. ¿Qué debe hacer un periodista ante un rumor muy extendido? Investigar, sin duda, lo cual incluye cuestionar. Hace cinco años varios comunicadores preguntaron públicamente si Andrés Manuel López Obrador había sido culpable del deceso de su hermano, y hace una semana Jorge Ramos le preguntó a Enrique Peña Nieto por segunda vez en una entrevista si tuvo algo que ver en la muerte de su esposa; nadie ha acusado a unos o a otro de transgredir la ética periodística. Carmen Aristegui nunca avaló ni dio por hecho nada; hizo una pregunta al aire pidiendo una aclaración de la Presidencia de la República. ¿Por qué la despidieron? Tan pertinente era su petición que el secretario particular del Presidente hizo lo que se hace en cualquier país democrático: dio la numeralia de la agenda de Felipe Calderón, afirmó que su ritmo de trabajo es intenso y concluyó que si no gozara de cabal salud le sería imposible sostenerlo. A mí no me gustan los chismes ni me gustó la manta del PT que generó la nota, pero tampoco me gusta que se sacralice a nadie. ¿No habíamos superado ya la intocabilidad de la figura presidencial? Hago votos por que Carmen regrese pronto a la radio.

        *Director de Posgrado de la Universidad Iberoamericana

            Twitter: @abasave

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