De ofensas y honras nacionales

Cuando alguien en Europa ofende a una nación no pasa nada. El consenso que existe en sus sociedades para castigar a quien mancha la honra de una persona desaparece cuando la ofensa se dirige a nacionalidades. Entonces confunden el derecho a expresarse libremente con la obligación de lastimar sentimientos colectivos.

Occidente tiene atragantadas la libertad de expresión y la defensa del honor en el plano internacional. Al interior de sus países ha logrado conciliarlas: la única restricción que sus leyes imponen a la manifestación pública de las ideas es el respeto a la reputación de los demás. Ningún individuo puede calumniar, difamar o injuriar a otro impunemente, como se hace en México, y sus libel laws son tan estrictas que cuando aquí se propone algo similar algunos de nuestros periodistas le llaman “mordaza” (como siempre, llegaremos tarde al equilibrio que se ha alcanzado en el Primer Mundo). Pero cuando alguien en Europa ofende a una nación no pasa nada. El consenso que existe en sus sociedades para castigar a quien mancha la honra de una persona desaparece cuando la ofensa se dirige a nacionalidades, o a culturas o religiones. Entonces confunden el derecho a expresarse libremente con la obligación de lastimar sentimientos colectivos, como si hacerlo significara el refrendo de su liberalismo y su contraste con tradiciones antiliberales. Ahí están los ejemplos de las caricaturas de Mahoma y de las parodias cinematográficas de otros países.

El caso de Top Gear es ilustrativo. Aclaremos equívocos: como estudiante en Oxford aprendí a admirar el humor inglés —particularmente la ironía fina y la irreverencia que destilan sus mejores exponentes— y a valorar a la BBC como la mejor televisora del mundo. Más aún, hasta la semana pasada fui un ocasional aficionado a ese programa. Pero los comentarios de sus conductores sobre los mexicanos fueron un exceso inadmisible. No se trató, como dijeron algunos de nuestros opinadores en su afán de parecer cosmopolitas, de chistes inofensivos que escandalizaron a patrioteros hipersensibles. He escuchado muchas bromas en ese show y ninguna de ellas ha llegado a semejante nivel de chabacanería y agresividad. Mientras que con los europeos sus burlas parten del funcionamiento de los autos, en el caso del Mastretta ni siquiera se molestaron en mencionar un solo dato técnico; simplemente se cebaron en México, movidos acaso por el pilón de soberbia que les inspira el Tercer Mundo o por ignotos resentimientos personales. Y es que hay de estereotipos a estereotipos. Ellos mismos los diferenciaron cuando dijeron que los coches reflejaban el carácter nacional, que los alemanes están bien armados y los italianos son rápidos y extravagantes en tanto que los mexicanos han de ser primitivos y perezosos. Por cierto, si hubieran bromeado con el tema de la corrupción al menos yo me habría tenido que tragar mi molestia. Pero erraron el tiro.

En referencias que hacen imposible obviar el refrán del burro hablando de orejas, compararon nuestra comida con vomitadas. Aunque no estoy seguro de qué tipifique eso, si calumnia o difamación, estoy cierto de que configura el delito de estupidez con el agravante de ignorancia. Mis amigos ingleses son suficientemente objetivos para reconocer que su arte culinario es uno de los peores y el nuestro uno de los mejores del mundo; vamos, saben que el nivel de sofisticación de la cocina en México es infinitamente superior al de la suya, que no ha podido conjurar el maleficio del kidney pie. (Y qué decir del tweet que dice que somos malolientes; no he hecho un análisis comparativo de flatulencias, pero por Dios, hay una diferencia de ineludibles repercusiones olfativas entre su costumbre del baño esporádico y la nuestra del regaderazo diario). La verdad no alcanzo a entender por qué, más allá de las obvias limitaciones de un trío de clowns ignaros, su producción no les aconsejó achacarnos otros defectos. Hombre, habiendo tan pocas cosas en las que somos potencia mundial y tantas en las que Inglaterra nos gana, ¿cómo se les ocurrió escoger la comida? ¿Qué les impidió hacer un chistecito con mejor tino?

Vuelvo a la seriedad. Más allá de dar o no en el blanco, el error de la bufonada de marras fue llegar al agravio. A nadie se le había lanzado en Top Gear algo similar al “imagínate lo que se siente despertar y recordar que eres mexicano”. El sketch fue tan largo como pedestre y cayó en la xenofobia y el racismo, que es el recurso más fácil para hacer reír. Por eso aplaudo la crítica de un grupo de parlamentarios y la reivindicación del genio humorístico británico que hace Steve Coogan en The Guardian. Pero en fin. Ante la carencia de normas que extrapolen al ámbito de las colectividades la certera cortapisa a la libertad de expresión que se impone a los individuos, y como admirador que soy de la Gran Bretaña, me permito hacer un llamado a la sensatez. Si Europa ya no se atreve a burlarse de los judíos o de los negros, ¿por qué no deja de atreverse con todos los demás? Parafraseo a Benito Juárez: entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al honor ajeno es la paz.

EGIPTO. Mubarak caerá; la pregunta es si su caída empujará el liberalismo o el antioccidentalismo.

SCJN. No está de más reiterarlo: la reforma electoral de 2007 no restringe la libertad de expresión sino la de comercio, y lo hace para tutelar el valor superior de la equidad.

        *Director de Posgrado de la Universidad Iberoamericana

            Twitter: @abasave

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