Violencias
México sigue funcionando porque esas violencias no se han mezclado. Los narcosno necesitan a la guerrilla ni la guerrilla parece querer a los narcos porque, a diferencia de Colombia, aquí no controla grandes territorios y es quizá menos pragmática. Sin embargo, la retórica de ciertos capos se acerca peligrosamente al discurso reivindicador que abandera causas sociales.
A la memoria de don Samuel Ruiz.
Varias violencias asedian a México. La primera, la más obvia, es la del crimen organizado. Los cárteles del narcotráfico, las bandas de secuestradores y las demás diversificaciones delincuenciales bastante poderosas para infiltrar y poner en jaque al Estado tienen justificadamente atemorizados a los mexicanos. La segunda, la menos visible, es la de grupos guerrilleros que nos anuncian la reactivación de su presencia. La tercera es la de los partidos políticos, que con el lodoso y ríspido proceso electoral de Guerrero ofrecen una probadita de lo que puede ocurrir en la elección presidencial del 2012. Y la cuarta, que no es física, es la agresividad verbal que están auspiciando algunos medios, que al impulsar sus intereses no reparan en el daño que pueden causar a nuestra ya de por sí crispada sociedad.
México sigue funcionando porque esas violencias no se han mezclado. Los narcos no necesitan a la guerrilla ni la guerrilla parece querer a los narcos porque, a diferencia de Colombia, aquí no controla grandes territorios y es quizá menos pragmática. Sin embargo, la retórica de ciertos capos se acerca peligrosamente al discurso reivindicador que abandera causas sociales. Eso, los bloqueos, las protestas en comunidades vinculadas al negocio de la droga y los actos terroristas que empiezan a campear podrían preludiar de un engendro de insurgencia. Por otro lado, aunque la simbiosis de políticos y criminales es evidente, no ha ido más allá de la corrupción que genera beneficios económicos. Pero cuidado: ya hay dinero sucio en varias campañas y de ahí al asalto a la cúspide del poder público sólo media un paso.
No hay que ser conspiracionista para advertir el riesgo de ese coctel molotov. Los ingredientes están ahí: una sociedad desigual descompuesta por la inseguridad y golpeada por el deterioro de su poder adquisitivo, una delincuencia desbocada y un Estado débil. Y es que si bien las variables macroeconómicas se muestran razonablemente sanas, los indicadores microeconómicos y sobre todo el ánimo nacional están muy deteriorados. Circulan ya en internet mensajes con olor a anarquismo que llaman a acciones violentas, y se leen en la prensa proclamas y apologías de la violencia. ¿Es necesario decir una vez más que el pasto social está seco? ¿Hay quien escuche la voz de alerta?
Este país pide a gritos un gran acuerdo, un nuevo pacto en el que participe toda la sociedad. Quienes no creemos en la conveniencia de otra ruptura sabemos que el cambio debe ser consensuado. Ciertamente, una mirada objetiva nos lleva a concluir que es poco lo que podemos esperar de los partidos. Están totalmente inmersos en la lógica electoral, cortoplacista, y son presa fácil de la mezquindad del juego suma-cero. Pero ahí están los grupos sociales inconformes, de donde ha de venir el esfuerzo una vez que se articulen y organicen para presionar al establishment. Los jóvenes, con su portentosa herramienta de redes sociales, tienen un papel vital que jugar.
Entiendo el escepticismo y la desesperación de muchos. Sé que la obcecación y la necedad de las élites los hacen pensar que no hay más camino que el de la insurrección, civil o armada, pero creo que están equivocados. La violencia engendra violencia, y su costo es altísimo. El sufrimiento y la destrucción que genera son de tal magnitud que sólo podrían justificarse si su desenlace llevara a un paraíso terrenal. Y eso, por más que lo prometan los ideólogos de las revoluciones en su afán de reclutar adeptos, no existe. ¿Cambiaría la idiosincrasia del mexicano por la vía de las armas? ¿De qué manera se conjuraría la corrupción con un estallido social?
El síndrome de Artemio Cruz desmiente el efecto purificador de las guerras civiles. Son suficientes los ejemplos del revolucionario latinoamericano que se transforma al llegar al gobierno, el que se corrompe y trueca de oprimido en opresor, para preferir otro tipo de transformación. La única revolución que puede hoy ser fecunda es la revolución de las conciencias. Pero a quienes es imperativo exhortar en primer término no es a los muchos escépticos y desesperados, sino a los pocos que detentan el poder político y económico de México: curen su miopía y asuman el reto de impulsar una sociedad más justa. Háganlo antes de que sea demasiado tarde.
Exhorto por último a los revolucionarios. Van tres frases de Mahatma Gandhi: “Ojo por ojo y el mundo entero quedará ciego”; “Quisiera sufrir todas las humillaciones, todas las torturas, el ostracismo absoluto y hasta la muerte para impedir la violencia”; “No hay camino hacia la paz: la paz es el camino”. ¿Ingenuidad? ¿Fue ingenuo el hombre que derrotó al imperio más poderoso de su tiempo? Otra cosa es que Gandhi haya elegido la ruta más dolorosa, una vía aún más ardua que la del guerrillero, que es la del idealista pragmático: “Realmente soy un soñador práctico: mis sueños no son bagatelas en el aire; lo que yo quiero es convertir mis sueños en realidad”. Así de difícil.
*Director de Posgrado de la Universidad Iberoamericana
Twitter: @abasave
