Letra mata espíritu
En México suele ser más fácil que los corruptos y los delincuentes sean exoneradosa que a los honestos y las víctimas conserven su reputación o su vida. Veamos el caso de la hijade Marisela Escobedo. El asesino sigue libre y Rubí y Marisela están muertas.
El letrismo es una deformación de la abogacía. Con ese término denomino la tiranía de la letra de la ley, la dictadura de los tecnicismos que permite tejer, a partir de la madeja normativa, el triunfo de la maniobra legaloide sobre la acción de la justicia. Y es que hay de letristas a letristas, y a los que yo me refiero no son los que rechazan la discrecionalidad de la interpretación sino los que se apegan a una norma alambicada que les permite ejercer la deshonestidad con estricto apego a derecho. El modus operandi es monopolio de los iniciados en el arte de la nigromancia jurídica, quienes saben cómo sacar a cualquiera de un apuro gambeteando a la verdad una y otra vez en el largo y sinuoso camino del articulado. El problema es que ese “cualquiera” no es cualquiera, sino sólo el que tiene el dinero y el poder para pagar los honorarios y para remover los obstáculos procesales que se presenten. La ley se convierte, así, en el instrumento para privilegiar riqueza o destreza y penar pobreza o torpeza.
En todo el mundo se cuecen estas habas. Recordemos el caso de O. J. Simpson, el ex jugador de futbol americano acusado en Estados Unidos de asesinar a su mujer quien, pese a ser considerado culpable por prácticamente todos los expertos que conocieron el caso, fue declarado inocente gracias a las estratagemas de sus abogados, sustentadas en formalismos y extemporaneidades en la presentación de pruebas. Y qué decir de la manera en que se han salido con la suya los enemigos del juez Baltasar Garzón en España, o de las dificultades que han enfrentado los fiscales que han perseguido a los mafiosos en Italia.
Pero en México llegamos a extremos insuperables. Aquí suele ser más fácil que los corruptos y los delincuentes sean exonerados a que a los honestos y las víctimas conserven su reputación o su vida. Veamos el caso de la hija de Marisela Escobedo. En el proceso contra Sergio Barraza, quien fue novio de la muchacha, hubo varias evidencias de que él la mató, incluyendo relatos de un testigo sobre cuándo, cómo y dónde lo hizo y una virtual confesión del propio señor Barraza. Pero los jueces argumentaron que esos testimonios no se dieron con la formalidad adecuada y de ese modo los desestimaron y lo absolvieron. El resto de la historia ya la conocemos de sobra: el asesino sigue libre y Rubí y Marisela están muertas. He aquí el letrismo del que estoy hablando. Cuando existen indicios significativos de culpabilidad del presunto responsable de un delito, el juzgador honrado debe tener la capacidad de ampliar los plazos o exigir más indagaciones o dar credibilidad a dichos creíbles. Y cuando no lo estipule así la letra de la ley debe prevalecer su espíritu, que es condenar al culpable.
Aquí el problema es a un tiempo legislativo y humano. Por un lado, la norma está diseñada en forma tan compleja y rebuscada que posibilita recurrir a toda suerte de subterfugios y tretas para eludir la justicia, y a menudo está escrita con la intención de que su letra mate a su espíritu. Por otro, la corrupción de agentes del ministerio público, defensores y jueces hace de este país un paraíso para los malosos, porque hace factible cumplir con la letra de la ley al tiempo que se viola flagrantemente su espíritu. El corolario es terrible: están dadas las condiciones para legalizar la transa, el crimen, la maldad.
Tomemos el ejemplo del combate a la delincuencia organizada. ¿Cuántos capos o sicarios han salido de prisión antes de tiempo porque sus abogados, en contubernio con algunos representantes del poder judicial, lo propician? ¿Cuántos de ellos ni siquiera han pisado la cárcel porque el ministerio público integró deliberadamente mal la averiguación? Y algo similar ocurre con políticos, empresarios y líderes sindicales corruptos; las pocas veces que se les llega a levantar un cargo acaban obteniendo la sentencia absolutoria, que extiende sobre ellos su manto protector. Es la magia de los letristas, que a los ojos del Estado de derecho convierten a hombres del mal en ciudadanos de bien.
Estamos ante uno más de los síntomas esquizoides del mexiJano: o evade la ley en aras de las reglas no escritas o la sigue al pie de la letra. En ambos casos su propósito es desvirtuarla. La norma sirve para burlar la justicia cuando, voluntaria o involuntariamente, está elaborada a fuer de laberinto del que sólo un guía tan especializado como mañoso puede sacarnos. Permítaseme apoyarme una vez más en las palabras que cité hace unas semanas, con las que un hombre que padeció las atrocidades del totalitarismo discrecional soviético, Alexander Solzhenitsyn, critica el letrismo: “Una sociedad que se basa en la letra de la ley y nunca se yergue por encima de ella desaprovecha el alto nivel del potencial humano. La letra de la ley es demasiado fría y formal para producir una influencia benéfica en la sociedad”. Dicen, con razón, que más vale dejar libres a varios culpables que encarcelar a un inocente. Pero lo que hacemos en México es otra cosa: con demasiada frecuencia castigamos a los buenos y premiamos a los malos.
*Director de Posgrado de la Universidad Iberoamericana
Twitter: @abasave
