Muletillas
Las muletillas manifiestan una confusión mental o la necesidad de ganar tiempo para hilar ideas. En el mejor de los casos, se trata de un instrumento de sincronización de velocidad entre el cerebro y la boca. Los mexicanos somos pródigos en ellas porque nuestra versión del castellano contiene toda suerte de mecanismos de elusión.
En todas partes del mundo son socorridas, pero México es uno de sus paraísos. Son esas expresiones del lenguaje que no añaden una sola idea ni sirven para explicar o clarificar nada —por redundantes o irrelevantes— y que salpican nuestras conversaciones cotidianas. En su origen, las muletillas manifiestan una confusión mental o la necesidad de ganar tiempo para hilar ideas. En el mejor de los casos, se trata de un instrumento de sincronización de velocidad entre el cerebro y la boca que funciona como burbujas de aire en una manguera de agua. Los mexicanos somos pródigos en ellas porque nuestra versión del castellano contiene toda suerte de mecanismos de elusión. Hablamos mucho y decimos poco para evadir la confrontación con la realidad, porque históricamente nuestro propósito no ha sido revelar sino ocultar las cosas.
Muchos locutores y periodistas de la radio reflejan con nitidez los efectos de estas pequeñas muletas del discurso a las que todos recurrimos. Las usan en su lucha contra (o por) el tiempo y, cuando el tiempo no está en juego, por mera inercia. La costumbre los hace repetirlas aun cuando no las necesitan. Con ellas, con el mexicanísimo abuso de los sinónimos y con la manía de iniciar oraciones con un verbo en infinitivo, nos muestran los vicios de comunicación que nos enredan. Va un ejemplo de lo que podría haber sido un reporte radiofónico de un corresponsal con motivo del reciente fin de año. Señalo en cursivas lo que sobra y entre paréntesis lo que falta:
“(Quiero) informarte que en estos instantes me encuentro precisamente aquí en lo que es la Calle de la Amargura, y bueno pues (donde) hay mucha gente disponiéndose a festejar el año nuevo que empezará a partir de la media noche de hoy, ¿verdad? (Permíteme) decirte también que hoy por hoy se vive efectivamente un momento de celebración; y es que hombres y mujeres, jóvenes y viejos, familias enteras circulan por aquí para reunirse con sus seres queridos o para ir en un momento dado a algún restaurante o centro nocturno a darle la bienvenida a este 2010, este nuevo año que recibirán con la esperanza de que sea un año bueno para todos ellos. Y bueno, (voy a) confirmarle al auditorio, a todos los que nos escuchan esta noche que son ya en este momento alrededor de las 10 en punto, que faltan precisamente dos horas para que termine el 2010 y que resulta que en la ciudad reina la algarabía de esta gente, de estas personas que, pues más o menos ya están listas para recibir esto que será seguramente un año diferente, el año que ya en unos minutos estará entre nosotros y que inicia una nueva década para todos los habitantes de esta ciudad. (Debo) añadir que la noche es fría pero ya se siente la calidez, el calor, la fogosidad de estos mexicanos alegres, contentos, gozosos, felices, risueños, jubilosos, que a pesar de los momentos difíciles que pasaron durante el año que hoy termina se disponen a olvidarse de todo eso que fueron los malos ratos y, vaya, a divertirse en grande. Y por supuesto, claro que sí, (hay que) repetir que si toman no manejen y si manejan no tomen; o sea, caray, que se diviertan pero, este, que se cuiden mucho todos, ¿no? Y es que por lo general siempre hay quienes abusan del trago y, pues, no hay que poner en peligro a uno mismo ni a los demás ni a nadie. Pues qué más puedo decir, que este 2010 sea para todos nuestro auditorio un año de felicidad, de dicha, de regocijo, de cosas buenas, de amor y salud. En fin, esto es por lo pronto todo de mi parte. Muchas gracias”.
Esta alocución ficticia contiene 362 palabras, de las cuales 134 salen sobrando. Es decir, más allá de deficiencias sintácticas, si se eliminara más de un tercio de lo dicho no se perdería nada en sustancia y se ganaría mucho en precisión. El porcentaje de vocablos desperdiciados en mi ejemplo no es arbitrario. Según mis cálculos, si las estaciones de talk shows lograran minimizar las muletillas podrían aprovechar una tercera parte de su tiempo para dar más información a su audiencia o para vender más minutos a sus anunciantes. Pero no es eso lo que me preocupa. La falta de elocuencia de muchos hombres y mujeres al micrófono es la de muchísimos mexicanos, e ilustra la conveniencia de depurar nuestra vena discursiva. No hay que olvidar que, en el país de Cantinflas, cualquier ganancia en capacidad de síntesis y en concisión en el uso del lenguaje implicaría acortar la brecha entre lo que se piensa y lo que se dice. En Mexicanidad y esquizofrenia escribí que los anglosajones han desarrollado más su habilidad verbal porque ensamblan frases hechas, prefabricadas, mientras que nosotros entreveramos palabras, si no es que sílabas. Aquí agrego que tendremos más claridad mental en la medida en que nos entrenemos imponiéndonos brevedad en nuestra expresión oral y escrita. Sólo con esa gimnasia lingüística podremos eliminar la grasa de las muletillas e incrementar la musculatura conceptual. Y sobre todo, avanzaremos en la imperiosa necesidad de mejorar nuestra pésima relación con la realidad.
*Director de Posgrado de la Universidad Iberoamericana
