Gratitud
Hay dos frases que de niño le escuché decir a mi padre y que me dejaron marcado. Una es que la vida es una dádiva de amor que nos compromete a vivir amorosamente, y la otra es que la gratitud, antes que un deber, es un privilegio. Esta última la cito con tanta frecuencia que corro el riesgo de convertirla en un lugar común.
Lo peor que puede ocurrirle a una verdad es volverse un lugar común. Se ha dicho tantas veces aquello de que los seres humanos solemos subestimar lo que tenemos y sobrevalorar lo que nos falta, que cada vez que lo escuchamos nos entra por un oído y nos sale por el otro como una obviedad cursi. Cuando se nos recuerda que hay quienes afrontan problemas mucho más graves que los nuestros, que hay gente que encara situaciones verdaderamente terribles y se las ingenia para ser feliz, sólo nos encogemos de hombros. Admitimos que las adversidades que padecemos son menores comparadas con las de otros pero no dejamos de mortificarnos y victimizarnos. A lo más que llegamos, cuando nos topamos con el caso de alguna de esas personas que ha sido zaherida por las peores fatalidades y se muestra agradecida con Dios o con la vida, es a admirarla sin llegar a la emulación. Porque pronto nos convencemos de que su circunstancia es tan distinta a la nuestra que la comparación no procede.
Hay dos frases que de niño le escuché decir a mi padre y que me dejaron marcado. Una es que la vida es una dádiva de amor que nos compromete a vivir amorosamente, y la otra es que la gratitud, antes que un deber, es un privilegio. Esta última la cito con tanta frecuencia que corro el riesgo de convertirla en un lugar común. Pero es que vivir puede y debe ser, en efecto, un acto de amor, y si lográramos que lo fuera no podríamos dejar de privilegiarnos con el agradecimiento. Si en nuestras existencias nos empeñáramos en aquilatar lo bueno sin complacencias y luchar contra lo malo sin enconos no tendríamos tiempo ni ánimo para quejas y lamentos.
Semejante actitud no presupone espiritualidad. Basta un simple y pragmático raciocinio para convencerse de que es más saludable deambular por el mundo con la alegría de la esperanza que con la amargura del resentimiento. Pero la religión no estorba, y se vale profesarla. Lo digo porque en este nuestro México jacobino la historia ha engendrado una élite intelectual que a menudo cruza la frontera de la laicidad a la antirreligiosidad. El anticlericalismo que la permea es tan comprensible como anacrónico: la Reforma y la Cristiada, sendas guerras civiles que desgarraron al país en aras de la separación del Estado y la Iglesia, dejaron muchas heridas que desgraciadamente siguen supurando. Pero ya es hora de cicatrizarlas. Cuando iniciamos nuestra vida independiente estaba prohibido cualquier credo distinto al catolicismo; siete lustros después, venturosamente, se legisló la libertad de creencias; en los albores del siglo XX algunos presidentes y gobernadores violentaron el derecho del pueblo a ejercer su culto; hoy tenemos un gobierno conservador que anhela volver al pasado y una intelectualidad liberal cuyo sueño inconfesable es volver obligatorio el ateísmo, o ya de perdido el agnosticismo. ¿Por qué no perdonamos y aceptamos de veras la otredad de conciencia?
Unos y otros, quienes descreen y quienes creemos, tenemos derecho a decirlo en voz alta. A sentirlo, a pensarlo, a gritarlo, a publicarlo. Ninguna creencia debería ser orillada por la corrección política, ya no se diga por la ley, a guardar silencio. La religiosidad no tiene por qué confinarse a la intimidad; mientras no se viole la Constitución y ningún ciudadano pueda obligar a otro a compartir su opinión, todos hemos de expresar libremente nuestras ideas. Por eso, porque yo sí creo en Dios, lo escribo sin ambages y digo que la gratitud es al alma lo que la lozanía es al cuerpo. Y porque yo siempre la siento pero no siempre la manifiesto, quiero agradecer aquí y ahora a mis padres por la educación y el ejemplo que me dieron, a mi esposa por su entrega, su compañía y su apoyo, a mis dos hijos mayores por la motivación que me brindan para merecer su admiración y al más pequeño, donde quiera que esté, por la ilusión de prevalecer en su corazón a pesar de la cizaña que lo asedia. También le agradezco al resto de mi familia, a mis amigos y a mis maestros su solidaridad, su presencia y sus enseñanzas, y a mis colegas y a mis alumnos y a mis lectores, radioescuchas y twitteros, junto con las instituciones donde trabajo —la Ibero, Excélsior, la W— la oportunidad de ser mejor de lo que soy.
La Real Academia define bien la gratitud, pero incurre en una imprecisión. Dice: “Sentimiento que nos obliga a estimar el beneficio o favor que se nos ha hecho o ha querido hacer, y a corresponder a él de alguna manera”. No nos obliga: nos invita, nos estimula, nos ofrece el privilegio de reconocer y retribuir las dádivas amorosas. En ese sentido, no quiero concluir este artículo sin asumirme un hombre privilegiado porque el amor que me rodea es mucho mayor que el odio que me acecha y porque poseo mucho más de lo que necesito. Aunque estoy a años luz de ellos, quisiera creer que de algo me ha servido la lección sobre el materialismo atribuida indistintamente a mis dos egregios tocayos, San Agustín y San Francisco de Asís: “deseo poco, y lo que deseo lo deseo poco”. Gracias a Dios.
*Director de Posgrado de la Universidad Iberoamericana
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