Cuán aldeanos somos; a cualquier taco le llamamos cena
La reunión de Cancún fue ocasión propicia para ver que, en esta materia, seguimos en los años setenta del siglo XX.
Una vez terminada la reunión que más que ambientalista fue promoción personal de Felipe Calderón en su campaña por colocarse —terminado su encargo— al frente de un organismo internacional encargado de cuestiones ambientales, no puede uno menos de sorprenderse por lo arraigada que está en nuestra mentalidad esa visión aldeana que acompaña a nuestros políticos desde la llegada de Hernán Cortés.
Observar a Calderón con su lenguaje corporal de orador de plazuela, así como escuchar sus arengas voluntaristas que se encuentran a años luz de lo que debe ser el lenguaje de un estadista —particularmente ese ridículo "échennos la mano"—, y ver a nuestra anodina secretaria de Relaciones Exteriores y escuchar su inglés "aprendido" en las gloriosas "Academias Vázquez" o el "Instituto Patrulla", es sumergirnos en el peor de los aldeanismos que hemos visto en muchos años.
Una de las consecuencias —casi inmediatas— cuando un país se abre y se integra a la globalidad, es el cambio que se opera en sus políticos y funcionarios; el lenguaje corporal y el vocabulario acartonado y demagógico pretendidamente "popular" de los tiempos de la economía cerrada y el aislamiento total frente al mundo, ceden el espacio a las nuevas formas y a un lenguaje directo y claro entre el que habla y los que escuchan.
Sin embargo, por fuerte y amplia que sea la apertura e integración a la globalidad de un país, puede darse el caso que sus políticos y funcionarios se mantengan —en el estilo de comunicarse con los oyentes en los actos en los cuales intervienen— en la vieja época; en los años de la economía cerrada y las políticas clientelistas en lo que se refiere a su lenguaje corporal y estilo discursivo.
La reunión de Cancún fue ocasión propicia para ver que en esta materia, seguimos en los años setenta del siglo XX en el mejor de los casos. Los nuestros evidenciaron en sus discursos —tanto en la forma como en el contenido—, que se encuentran en el sexenio de Echeverría. Hicieron gala de un aldeanismo que preocupa por la imposibilidad —con ese discurso—, de transmitir directa y claramente un mensaje que exprese lo que pensamos del tema que los reunió.
A veces daban la impresión —particularmente el presidente Calderón— de estar pronunciando un discurso en la inauguración de un centro de salud en una localidad paupérrima y no en una reunión cuyos participantes representaban a casi 200 gobiernos, a organizaciones de la sociedad y no pocos eran directivos de organizaciones internacionales y organismos multilaterales. En algunas de las intervenciones de los nuestros, dieron la impresión de estar en un acto del Seguro Popular o del Programa Oportunidades; así de aldeana fue su conducta en cuanto a forma y contenido de su discurso.
Otro rasgo distintivo de nuestra visión aldeana, es esa conducta —también profundamente arraigada desde tiempo inmemorial— que nos lleva a calificar de triunfo lo que a todas luces no es tal. ¿Por qué procedemos así? ¿Qué los lleva a mentir, a no aceptar lo que los demás claramente califican de fracaso o no lo califican de triunfo porque simplemente no lo fue?
Por lo visto, México es y será por muchos años un país que no sufre derrotas, sólo obtiene triunfos; Cancún es la mejor prueba de ello. Escuche a Calderón y lo comprobará; todo lo que se propuso, lo logró. Sólo le faltó gritar ¡La Gran Tenochtitlán es invencible! ¡Vivirá por siempre!
(Como la iglesia de mi pueblo, no tenemos cura).
