El futuro próximo

La situación del desarrollo económico mundial en los próximos dos años es poco optimista. Las condiciones internacionales apuntan a que la recuperación económica registrada este año se verá, en el mejor de los casos, aminorada substancialmente, dado que los ...

La situación del desarrollo económico mundial en los próximos dos años es poco optimista. Las condiciones internacionales apuntan a que la recuperación económica registrada este año se verá, en el mejor de los casos, aminorada substancialmente, dado que los problemas económicos de las grandes potencias no encuentran una solución ni sencilla ni aceptable desde el punto de vista político. De acuerdo al FMI, los pronósticos de crecimiento para Estados Unidos disminuyeron de 2.9% a 2.3% en 2011; las economías de la zona euro promediarán 1.7% en 2010 y 1.5% en el próximo año.

Cierto es que las naciones emergentes han mostrado un crecimiento mucho más acelerado que el de las grandes potencias (BRIC y países asiáticos, sin Japón); sin embargo, a pesar de la incipiente diversificación de los lazos económicos de México, este crecimiento que probablemente continuará durante los próximos dos años no representará el jalón necesario para la economía mexicana.

Dada la interrelación que existe con la economía estadunidense, se debe tener en consideración que los pronósticos de su recuperación señalan que ésta será lenta y frágil, con una tasa de desempleo cercana a 9%, un viraje substancial en las decisiones de ahorro y consumo de la población en general y, en consecuencia, una baja demanda agregada.

Ante esto y, con una situación muy apretada en sus finanzas públicas, Estados Unidos tendrá que tomar medidas socialmente poco agradables, ya que deberá optar por una reducción del déficit público, ya sea mediante una disminución del gasto público o de un incremento en los impuestos.

La situación, sin precedente, es que la deuda pública de Estados Unidos puede llegar a ser igual al 100% de su PIB en muy pocos años, y en similares o peores circunstancias se encuentran otros países del mundo desarrollado, como Italia, Francia, Alemania, Bélgica o Japón que sobrepasan el nivel de 80% en su relación deuda/PIB y cuyos déficits públicos exceden por mucho las recomendaciones de organismos internacionales para contar con una política fiscal sana.

Quizá lo peor es que no parecen tener la posibilidad de hacer los ajustes internos requeridos vía políticas públicas, por lo que el mercado tomará su curso alterando de manera dramática las relaciones cambiarias y los flujos monetarios.

El riesgo de una guerra cambiaria es evidente; los países deudores, con cuentas corrientes deficitarias como Estados Unidos, tienen que ahorrar más y gastar menos para reducir su deuda. Para mantener el crecimiento de su economía necesitan reducir el déficit de sus balanzas comerciales, por medio de una depreciación nominal y real de sus divisas. Por su parte, los países acreedores como China, con cuentas corrientes superavitarias, están resistiendo la apreciación nominal de sus divisas.

En este escenario la responsabilidad primaria recae en Estados Unidos, por ser la mayor potencia mundial, y por emitir la moneda que constituye la mayor parte de las reservas internacionales; de no actuar responsablemente, la economía global sufrirá las consecuencias.

Cualquiera de las medidas que adopten los políticos estadunidenses llevará a lo que se ha llamado la era de la austeridad americana, afectando no sólo su nivel de vida sino su política exterior.

El financiamiento de la economía de guerra, de la seguridad e inteligencia nacional, la ayuda externa, el incremento en los niveles impositivos y la posible reversa en la política de seguridad social tienen que ser revisados profundamente. El presidente Obama encuentra así el escenario que medirá su estatura y la de su Congreso también.

*Director de la Escuela de Relaciones Internacionales, Universidad Anáhuac México Norte

forointernacional@anahuac.mx

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