Ya son diez años
Durante los cuatro primeros del gobierno de Felipe Calderón no ha habido un repunte en la creación de empleos.

Rafael Álvarez Cordero
Viejo, mi querido viejo
Hace diez años, tras 70 de priismo, millones de mexicanos nos felicitábamos porque un individuo alto y gritón hubiera logrado el cambio. No exagero si digo que una gran mayoría de la población sintió que estábamos en los albores de una nueva era para el país.
Pero llegó el 1 de diciembre y Vicente Fox confundió la toma de posesión como Presidente de la República con una fiesta de la parroquia de su pueblo: con un enorme crucifijo en las manos saludó a sus hijas y, en medio del desconcierto general, dijo las palabras que lo erigían como Presidente.
Desde ese momento vivimos de sorpresa en sorpresa. Vimos que sus promesas de campaña se volvían humo, no desaparecieron las víboras ni las tepocatas, la corrupción en los sindicatos siguió igual, no surgieron las leyes que le urgían al país y sus torpezas lingüísticas fueron peccata minuta frente a la anomia de un gobierno que nunca pudo lograr nada.
Seis años después, “haiga sido como haiga sido”, Felipe Calderón llegó a la Presidencia. Hartos como estábamos tanto de los dislates de Vicente Fox como de las insensateces del mesías tropical Andrés Manuel López Obrador, le dimos el beneficio de la duda, esperando que, ahora sí, el panismo pudiera ser el factor del cambio que urgía al país.
Han pasado cuatro años y el balance es poco menos que lamentable. El Presidente del empleo no ha logrado que aumenten los empleos. El que prometió que cambiaría la educación en el país sigue a merced de una lideresa con la que tiene un contubernio inconfesable. El promotor de nuevas leyes se ha quedado con una del ISSSTE, mocha, mientras las reformas energética, fiscal, laboral, etcétera, siguen en el congelador. Los cambios en Pemex han sido cosméticos e inútiles. En suma, el país está estancado.
Como jefe del Ejército, Calderón emprendió una guerra contra la delincuencia, lo que es loable, pero no supo ni hacer el diagnóstico preciso ni dar el tratamiento adecuado. Su diagnóstico ignoró la monumental corrupción en que están sumidos policías, mandos medios, alcaldes, gobernadores, etcétera, por lo que las acciones se frustran una y otra vez y, en cuanto al tratamiento, a pesar de que miles de voces se alzan para decir que no se puede ir contra las leyes del mercado y es preciso que despenalice la mariguana para disminuir así las ganancias ahora ilícitas de los delincuentes, no ha querido cambiar. Hoy no tenemos ni desarrollo ni progreso ni tranquilidad ni paz...
Y, para colmo de males, su partido, el PAN, igual que el PRI en sus peores épocas, ha dado muestras de incapacidad, mediocridad y corrupción, con el agravante de que en algunos casos la corrupción está teñida de fanatismo sinarquista y cristianismo trasnochado. Antes eran corruptos, ahora son mochos y corruptos.
Total, que, a diez años del cambio, no hubo cambio; que, a diez años de esperanza, la esperanza se esfumó; que a diez años de panismo en el poder, el panismo demostró no poder. Y, así las cosas, puedo afirmar que será Felipe Calderón quien en 2012 meterá al PRI a Los Pinos.
*Médico y escritor