Venustiano Carranza, a un siglo de su asesinato; Romero Apis analiza la vida del revolucionario
Al cumplirse un siglo del asesinato de Venustiano Carranza, el jurista José Elías Romero Apis analiza la vida del revolucionario, continuador de los ideales de Francisco I. Madero

CIUDAD DE MÉXICO.
La noche que fue del 20 al 21 de mayo de 1920, Venustiano Carranza fue asesinado en un jacal serrano de Puebla. Se cumplen 100 años de ello y es bueno recordarlo. Por eso convine con nuestro director, Pascal Beltrán del Río, la publicación de este artículo especial. Adicionalmente, Venustiano Carranza Peniche me invitó a participar en videoconferencias que organizó en memoria de su ilustre abuelo.
Una tercera razón es la de compartir con los amables lectores. Es bueno utilizar el telescopio de la historia no sólo para ver 100 años hacia adelante sino, también, para ver cien años hacia atrás. Como en el automóvil, nos sirve el Waze para saber hacia dónde vamos y nos sirve el retrovisor para ver lo que ha quedado a nuestro detrás.
Vamos, pues, a recordar no sólo la muerte sino, sobre todo, la vida de Venustiano Carranza.
UNA VIDA EXTRAÑA
Venustiano Carranza ejerció una de las presidencias más atípicas, que no por ello insólita. Todo ello proviene del hecho de que su vida política dimana, también, de una vida extraña.
Lo que más llama mi atención en cuanto a sus rarezas consiste en que los mayores logros políticos de Carranza no acontecieron durante su mandato presidencial. Lo mejor lo hizo antes y no habría de hacer nada después porque no tuvo un después como expresidente.
Si tuviera que listar sus acciones antes de la Presidencia, comenzaría por resaltar su levantamiento para seguir a Francisco I. Madero. Haber creído en la aventura antirreeleccionista, haberse sublevado en contra de Porfirio Díaz, lograr la dimisión de un régimen de 30 años en tan sólo seis meses y haber sido testigo de la entronización maderista, me parece toda una serie de prodigios. Me queda en claro que el prodigioso y el iluminado no era Carranza, sino Madero, pero no deja de ser un mérito tener la vista, la visión o la videncia para seguir a los iluminados.
Después de esto, una segunda gesta de Carranza, por las razones que expondré, es de las que me parece mayores y fue el logro de convocar y consensar el Plan de Guadalupe, a tan sólo 34 días del asesinato de Madero. Es decir, en un verdadero fast track, si se consideran las dificultades de comunicación y de transportación de la época, además de la división en la que ya había caído la revolución maderista, sobre todo después de proclamado el Plan de Ayala y de haberse dado la escisión de Pascual Orozco.
El Plan de Guadalupe me parece un portento de política realista y ejecutiva. Tan sólo se concreta a postular tres propósitos esenciales. El primero, el desconocimiento del régimen usurpador con el consecuente restablecimiento del régimen constitucional.
El segundo, reiniciar la lucha armada con un solo ejército constitucionalista debidamente unido bajo el mando supremo y único de Venustiano Carranza.
Por último, su tercer propósito esencial sería la convocatoria para la redacción y la expedición de una nueva Constitución Política que incorporara las demandas de todos los grupos y sectores contendientes en esta llamada Revolución Constitucionalista.
Una tercera hazaña fue derribar al gobierno de Victoriano Huerta en un tiempo breve y mediante una incuestionable victoria militar. Desde luego que éste fue un mérito esencial de los militares a cargo, principalmente Francisco Villa, después de numerosas batallas victoriosas que culminaron con la toma de Zacatecas. Pero, de nueva cuenta, no es fácil hacer una disección que confiera méritos a los subalternos y se los regatee al jefe.
También, estamos obligados a recordar la defensa que hizo del Puerto de Veracruz durante la presencia de fuerzas militares estadunidenses en esa localidad. Éste es un tema muy controvertido de ese periodo histórico mexicano pero, de una manera o de otra, no puede dejar de mencionarse.
En quinto lugar, mencionaría la expedición de la Ley Agraria del 6 de enero de 1915. Éste es el antecedente directo de lo que sería el artículo 27 constitucional, dos años después, así como el inicio de la reforma agraria mexicana mediante la remisión del latifundio, la redistribución de tierras, la dotación a pequeños poblados, la nacionalización de las aguas y la creación de la pequeña propiedad agraria, así como de la propiedad ejidal y comunal.
No es un documento con un gran valor jurídico, ya que tiene problemas de legalidad al no haber sido expedido por la autoridad correspondiente y de poca ejecutividad, dado lo precario del régimen triunfante con los consecuentes vacíos de poder. Pero el mérito político e histórico es indiscutible toda vez que significaba el cumplimiento de una demanda, aun en anticipación a la estipulación constitucional.
Por último, la joya de la corona de la Revolución Mexicana fue, sin lugar a dudas, la nueva y prometida Constitución Política, discutida, aprobada y expedida en Querétaro. Carta suprema que vendría a incorporar a México a un estadio de modernidad vanguardista.
Después de todo esto, se realizarían elecciones presidenciales y se iniciaría el mandato presidencial de Venustiano Carranza, etapa en la cual no nos aporta ya nada que nos impresione o que nos inspire. Desde luego, con tantos logros previos, podríamos decir que ya se había vaciado y ya no le quedaba nada importante por hacer.
CARRANZA EN LA REBELIÓN MADERISTA
No es cierto que en México “nunca pasa nada”. En el México de la primera década del siglo XX, la vida transcurría en paz y serenidad. Todo era tranquilidad y sosiego. Pero nada más en la apariencia. La dictadura había sembrado su fermento de inconformidad. El combustible y el comburente se habían mezclado durante tres décadas de opresión. La inminencia del estallido sólo aguardaba que se agregara el carburante y la chispa. Aquél se llamaría no reelección y ésta tendría un nombre hasta entonces casi desconocido: Francisco I. Madero.
Por todos los confines del país se habían formado cenáculos de discusión y de planeación política. En la secrecía se llamaban Comité Antirreeleccionista. Pero, en su exterior, se les conoció con el seudonombre de Club Verde y aparentaban ser una lonja de tertulia y pasatiempo. A la vista, los naipes, las fichas, las botanas y los licores. En la zona clandestina, los libros, los manifiestos y las armas. En la mente de todos, una sola idea: derribar al régimen.
Para 1910, con motivo de la contienda electoral, estos clubes verdes salieron a la vida política abierta. Fueron las células de operación de la campaña maderista y se convirtieron en el Partido Antirreeleccionista. La Entrevista Díaz-Creelman había recibido un bono de credibilidad abonada por la ingenuidad de los inconformes y el doblez del dictador.
Los antirreeleccionistas forjaron todo un programa de acción: el Plan de San Luis. Creyeron que ya no habría necesidad de tirar al gobierno. Que Madero ganaría las elecciones y que Porfirio Díaz le cedería pacíficamente la banda presidencial. En lo primero, acertaron. En lo segundo, estuvieron plenamente errados.
La campaña electoral había servido a Porfirio Díaz para que los conspiradores salieran de lo oscuro y pudieran ser conocidos e identificados. Ello los ponía en la mira de la dictadura y, consumado el fraude electoral, ya no tuvieron más alternativa de sobrevivencia y regresaron al plan original. Sólo quedaba una alternativa: vencer o morir.
Ya todo estaba listo para ello. Madero convocó a la única revolución que se ha anunciado cronométricamente. Invitó al pueblo para levantarse en armas en punto de las seis de la tarde del domingo 20 de noviembre de 1910. En el gobierno, todos menospreciaron el citatorio. En el gobierno, todos se equivocaron.
LA PRESIDENCIA. MADERO COMO PRELUDIO
En seis meses, la rebelión revolucionaria derribó un régimen que fue inamovible en más de 30 años. Vinieron días luminosos pero breves. Después de la victoria en la batalla de Ciudad Juárez, Porfirio Díaz renuncia a la Presidencia de la República, se embarca en el vapor Ipiranga y se exilia a Europa, donde moriría cuatro años después.
En México, el gobierno provisional que presidía Francisco León de la Barra convoca a elecciones de las que Madero resulta triunfador arrollante e incuestionable. Pero este nuevo régimen habría de perdurar tan sólo menos de dos años. Además, ensombrecidos en medio del torbellino que siempre envuelve a las victorias revolucionarias y que, como diría Alfonso Reyes parafraseando a Jacob Burckhardt, “siempre termina devorando a sus hijos”.
Las demandas iniciales que proclamó Madero se restringían, básicamente, al campo de lo político. Las tesis maderistas tenían un fuerte contenido democrático enfocado a la efectividad del sufragio y a la imposibilidad de reelección.
Pero las demandas agregadas y enfocadas a una trasformación profunda de la economía, de la sociedad, de la educación, de la cultura, del trabajo y del bienestar, habían quedado relegadas. En el Norte, Pascual Orozco se había deslindado del nuevo régimen y, en el Sur, Emiliano Zapata había desconocido la presidencia de Francisco I. Madero y había proclamado su Plan de Ayala.
LA CONTRARREVOLUCIÓN COMO REFLUJO
El reflujo de las mareas, en el que siempre oscilan las revoluciones, encontró viento favorable para la contrarrevolución instigada por los antiguos dueños del gobierno, de las tierras, de las concesiones y de los privilegios, tanto mexicanos como extranjeros. Sus cabezas visibles habrían de ser Bernardo Reyes, Félix Díaz, Henry Lane Wilson y el más conspicuo, a la postre, Victoriano Huerta, alias El chacal.
Abandonado por los revolucionarios que lo acompañaron inicialmente, Madero lucía solo, frágil y, por lo tanto, apetitoso para el derrocamiento. Pocos fueron los que permanecieron a su lado, pero también lucían como impotentes. Es cierto, le quedaban Francisco Villa y Álvaro Obregón, pero prefirió confiar en el ejército regular, en el ejército de Porfirio Díaz, en el ejército de Victoriano Huerta.
La Decena Trágica fue un episodio dolorosísimo y, además, vergonzoso. La ejecución de Gustavo A. Madero, después de arrancarle los ojos. La humillación que el embajador Wilson le propinó a la Revolución Mexicana en la persona de Sara Madero. La matanza de capitalinos en tan sólo diez días de zafarranchos. El enclaustramiento del Presidente de la República en el propio Palacio Nacional. La renuncia arrancada por la fuerza. Y, por si no fuera suficiente, el cobarde e innecesario asesinato presidencial y vicepresidencial.
De la misma manera, Huerta se pone al servicio de la contrarrevolución, primero como mercenario y, después, a favor propio, pues también habría de desconocer a sus patrocinadores iniciales. Pero, de manera inexplicable, llega al crimen.
Madero ya había renunciado tres días antes de su ejecución. Muy pocos renegarían de su deposición. Sin embargo, el asesino quería sangre y, con ello, cavó su perdición y favoreció la causa que combatía.
Una vez depuestos Madero y Pino Suárez, Pedro Lascuráin asume la Presidencia, por tan sólo 45 minutos, tiempo utilizado únicamente para firmar dos documentos: la designación de Victoriano Huerta en el cargo ministerial que lo hacía primer sustituto a falta de Presidente y, consecuencia lógica de lo anterior, su propia renuncia presidencial.
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