Sufren el desierto urbano; calor extremo impacta la movilidad

Automovilistas, peatones y usuarios de transporte público se enfilan a semanas de altas temperaturas.

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Lo que antes llamábamos “hora pico” hoy es una trampa térmica de 94 mil millones de pesos, donde el tiempo no sólo es dinero, es salud.Ilustración: Jesús Sánchez

El Valle de México no se mueve, hierve. No es sólo la furia del claxon o el nudo ciego del Periférico; es el aire que quema los pulmones dentro de un vagón naranja y el asfalto que devuelve el castigo solar a quien no tiene más remedio que andar. La movilidad se ha convertido en una prueba de resistencia biológica. Lo que antes llamábamos “hora pico” hoy es una trampa térmica de 94 mil millones de pesos, donde el tiempo no sólo es dinero, es salud que se evapora bajo un sol que no perdona ni al metal ni al tejido humano.

Eran las seis de la tarde de un martes de abril de 2024 cuando el termómetro dentro de un vagón del STC Metro alcanzó los 39 °C. Entre el sudor y el hacinamiento, los pasajeros suplicaban que se encendieran los ventiladores, describiendo el trayecto como una “asfixia” constante. Este no es un incidente aislado, sino el síntoma de una infraestructura que, diseñada para climas del pasado, hoy se convierte en una trampa térmica para millones de personas en la región, según el reporte del Banco Mundial Enfrentando el calor urbano extremo en América Latina y el caribe

A inicios de febrero, el Servicio Meteorológico Nacional pronosticó que continuará el estiaje este mes y marzo con pocas lluvias e intenso calor. Conductores, peatones y pasajeros están entrando en la etapa del año más calurosa.

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Calor en Metro de la CDMX.

Encontrarse atorado en el tráfico entre las 14:00 horas y las 17:00 horas en el Valle de México puede ser una experiencia agobiante; el sol de frente, los cláxones a todo lo que dan, los cerrones del transporte público, la falta de agentes de tránsito que pongan un poco de orden y la falta de hidratación pueden detonar en accidentes.

El calor altera la química del cerebro: provoca irritabilidad, fatiga y decisiones imprudentes. Las investigaciones del Banco Mundial sugieren que estas condiciones aumentan drásticamente la probabilidad de accidentes de tráfico, ya que los conductores pierden capacidad de reacción y discernimiento bajo el sol.

Prender o no el aire

El calor extremo también profundiza la desigualdad social a través de lo que expertos llaman “pobreza térmica”. Mientras que una parte de la población mitiga las altas temperaturas dentro de vehículos particulares con aire acondicionado, la gran mayoría depende de unidades de transporte público que son auténticas cajas de metal sin ventilación.

Según el Banco Interamericano de Desarrollo, la falta de inversión en flotas modernas y resilientes al clima crea una desventaja competitiva: el usuario del transporte masivo inicia su jornada con un déficit de energía y una deshidratación leve, producto de un traslado que se percibe como una “penitencia térmica”.

Esta segmentación del confort no es menor. En ciudades como Monterrey o Mexicali, donde el termómetro desafía los límites biológicos, el acceso a un ambiente climatizado durante el traslado se convierte en un determinante de salud y eficiencia.

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Cuartoscuro

Los costos de la ineficiencia vial en México

El costo de la ineficiencia vial en México no se mide sólo en pesos, sino en tiempo de vida que la población pierde dentro de un vehículo. De acuerdo con el estudio El costo de la congestión: vida y recursos perdidos del Instituto Mexicano para la Competitividad (Imco), esta parálisis urbana se traduce en la pérdida de 94 mil millones de pesos anuales, una cifra que aglutina el gasto de combustible desperdiciado y, crucialmente, la pérdida de productividad laboral.

En términos de tiempo, esto equivale a que un trabajador promedio en las principales zonas metropolitanas del país pasa entre 100 y 184 horas al año atrapado en el tráfico, tiempo que podría ser dedicado a actividades productivas, descanso o convivencia familiar, pero que se consume en la espera constante.

El Imco subraya que este fenómeno es especialmente gravoso en urbes como la Ciudad de México, Monterrey y Guadalajara, donde el crecimiento desordenado y la falta de inversión en transporte público masivo han convertido al congestionamiento vehicular en una barrera estructural para el desarrollo económico y la calidad de vida.

…Y los peatones

La infraestructura peatonal es, quizás, el frente más olvidado. Una cuarta parte de los viajes en las ciudades latinoamericanas se realizan a pie, una cifra que se dispara en los grupos de menores ingresos que no pueden costear alternativas.

Hoy, caminar por la ciudad es una actividad de alto riesgo. Las aceras de concreto y asfalto absorben y retienen el calor, devolviéndolo a los peatones. En algunas ciudades se ha documentado que las bancas de los paraderos alcanzan temperaturas capaces de provocar quemaduras cutáneas al contacto. Mujeres, niños y adultos mayores son quienes más caminan y, por ende, quienes más sufren esta exposición crónica al calor radiante del suelo.

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Foto: Cuartoscuro

Un estudio en la Ciudad de México, Guadalajara, Monterrey, Puebla y Tijuana –citado por el Banco Mundial– confirmó una correlación directa entre la pobreza y la exposición al calor. En el Valle de México, los sectores más pobres del este enfrentan las temperaturas más altas de la megaurbe.

Las mujeres

Según la Secretaría de Desarrollo Agrario, Territorial y Urbano (Sedatu), a través de sus estudios sobre la movilidad activa, las mujeres son más propensas a realizar “viajes en cadena”: itinerarios complejos que incluyen dejar a los niños en la escuela, realizar compras en el mercado y finalmente trasladarse al centro de trabajo. A diferencia de los trayectos directos de la mayoría de los hombres, este modelo de movilidad basado en tareas de cuidado implica múltiples transbordos y mayores tiempos de espera en el espacio público.

Esta estructura de viaje penaliza doblemente a las mujeres bajo condiciones de calor extremo. Al depender de una red de transporte público que a menudo carece de infraestructura resiliente, se ven obligadas a esperar múltiples unidades en paraderos sin sombra ni refugios climáticos.

Desigualdad

La crisis térmica no golpea a todos por igual. Mientras las zonas residenciales del poniente de la Ciudad de México disfrutan de microclimas regulados por densas áreas verdes, el oriente del Valle de México se ha convertido en un desierto de asfalto.

Según la Guía de Infraestructura Verde de la Sedatu, la carencia de vegetación en los nodos de transferencia de transporte masivo eleva la temperatura ambiente hasta en 10 °C respecto a las zonas boscosas. Para quien transita por paraderos como Pantitlán o Indios Verdes, el concreto no es sólo suelo, es un radiador gigante que devuelve el calor acumulado durante el día, manteniendo la atmósfera sofocante incluso después del atardecer.

Máquinas estresadas

Pero la infraestructura también tiene un límite biológico. El calor extremo está forzando las costuras de un sistema de transporte diseñado en el siglo XX. Investigaciones del Instituto de Políticas para el Transporte y el Desarrollo advierten que las temperaturas que superan los 35 °C provocan dilatación térmica en las vías férreas y fallas en los sistemas de refrigeración de los motores.

El resultado es un círculo vicioso: el transporte se vuelve más lento y propenso a averías justo cuando el pasajero, al borde del golpe de calor, necesita un traslado más rápido para salir de la intemperie.

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Foto: Daniel Augusto

El asfalto… ¡también sufre!

Un recorrido del metro IPN a la salida a la México-Querétaro resulta raro cuando en algunos puntos los carriles se convierten en auténticos surcos por el asfalto deformado. De acuerdo con investigaciones del Instituto Mexicano del Transporte (IMT), las altas temperaturas provocan que las mezclas asfálticas pierdan rigidez y estabilidad estructural, un fenómeno conocido como ablandamiento térmico. Cuando el termómetro ambiental supera los 35 °C, la temperatura de la carpeta asfáltica puede elevarse significativamente más debido a la radiación directa, lo que reduce drásticamente su capacidad para soportar cargas vehiculares pesadas.

El IMT subraya que la persistencia de olas de calor severas acorta la vida útil de los pavimentos, incrementando los costos de mantenimiento y generando riesgos de accidentes por la irregularidad de la superficie. Esta situación crea un círculo vicioso donde la infraestructura deteriorada ralentiza el tráfico, aumentando el tiempo de exposición de peatones y conductores al calor radiante del suelo.

El diagnóstico de las autoridades y organismos internacionales es claro: nuestras ciudades están atrapadas en un diseño del siglo pasado para un clima que ya no existe. El costo de la inacción se paga con “horas-hombre” perdidas, con pavimentos que se doblan como mantequilla y con una brecha social que se mide en grados centígrados.

Rediseñar la urbe —plantar sombras donde hoy hay desiertos de concreto, climatizar flotas y priorizar al peatón— ya no es un tema de estética urbana o de agenda “verde”. Es una cuestión de supervivencia económica y justicia social. Mientras el Servicio Meteorológico Nacional advierte que el calor apenas comienza, la pregunta para quienes planean la ciudad del mañana queda en el aire, vibrando sobre el asfalto caliente: ¿Cuántos grados más puede soportar un país antes de detenerse por completo?

*mcam

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