¿Perdón o venganza?

Qué sustituirá el viejo orden mundial? ¿Qué permitirá que las personas reencuentren la estabilidad emocional perdida? Es difícil saberlo. Ante su desnudez. Lo único claro —aunque nos rehusemos a aceptarlo— es que la política tradicional, los liderazgos y sus formas, han dejado de dar respuestas reales.

                #SanarAMéxico. Por una #NuevaRepública.

Aunque no lo parezca, la 4T vive su momento mas complicado. Desde la caída de Marx Arriaga hasta el libro publicado por Julio Scherer, se incrementan los ejemplos públicos de las diferencias que se profundizan en lo privado. El grupo en el poder ha perdido la cohesión que lo hizo invencible hasta hace algunos meses. Con miras a la elección de 2027, los grupos internos alinean sus fichas. Éxitos laborales, como la jornada de 40 horas, se ven opacados por la desaparición de diez mineros en Sinaloa. Aunque no lo parezca, la sociedad mexicana se pregunta, ¿de qué sirve una jornada más holgada en un país en el que la vida no se respeta, cuando la libertad de trabajo depende de la voluntad criminal?

El cambio en el liderazgo senatorial de Morena evidenció puntualmente que la Presidenta busca construir su estilo propio. Incluso contra su propia voluntad, la mandataria empieza a delinear su ruta propia para sobrevivir la andanada trumpista. La Doctrina “Donroe” empieza a calar hondo. ¿Será por eso que el libro del exconsejero jurídico se publica en fechas en las que se habla, cada vez más, de que pronto rodarán las cabezas de algunos políticos mexicanos? Como cada sexenio, la fetidez se manifiesta para amparar el surgimiento de la nueva dinámica.

El desgaste se incrementa. La sociedad, aunque aún callada, se da cuenta de que el sistema —y su clase gobernante— simplemente cambian —en sus discursos y personajes— para que todo siga igual. Entre la “estética” del Senado y el pleito de la gobernadora campechana con los suyos, la evidencia de que las “prácticas” del poder en México simplemente no evolucionan.

El libro Ni perdón ni venganza es el anuncio de un conflicto en la cúpula. ¿Qué tan profundo será el desgaste? Espero que no sea tanto. Frente a los que quisieran que todo fuera caos, hago votos porque no se cumplan sus deseos. No se dan cuenta de que el sistema político colapsó y no hay nada real que pueda suplirlo aún. Espero que Claudia Sheinbaum logre consolidar el poder en su favor frente a ese personaje que quiso —y de alguna forma logró— hacerse del país entero. México, al igual que el mundo entero, vive tiempos de enorme incertidumbre. Frente a los archivos de Epstein, el mundo entero se cuestiona, ahí donde unos son pederastas, en otros lados son aliados del crimen organizado. No hay en quien confiar. La farsa es evidente y pública. La brutal transparencia de la corrupción imperante está a flor de piel. ¿Qué sustituirá el viejo orden mundial? ¿Qué permitirá que las personas reencuentren la estabilidad emocional perdida? Es difícil saberlo. Ante su desnudez. Lo único claro —aunque nos rehusemos a aceptarlo— es que la política tradicional, los liderazgos y sus formas, han dejado de dar respuestas reales.

En lo personal, esta semana asistí a un interesante seminario de inteligencia artificial. Ahí pude escuchar un renovado —aunque equivocado— optimismo. Frente a las carencias humanas, proclives al egoísmo, la tecnología abre una nueva oportunidad. Mientras los seres humanos, por sus “imperfecciones innatas”, construyen realidades en las que unos cuantos dominan a las mayorías, la tecnología podía “democratizar” la eficiencia y mejorar el funcionamiento de la sociedad. Desde “encontrar la cura para el cáncer” hasta “optimizar la movilidad para minimizar el impacto ambiental que producimos”. Promesas de un “mundo mejor” que no atina a convocarnos a una mejora interna.

Mientras las respuestas de nuestra mejor realidad vengan de fuera, siempre faltará lo más importante. Construir una mejor realidad jamás vendrá de algo externo. La historia de la humanidad se ha construido a partir de buscar “soluciones” más allá de #YoSoy, más allá del #NosotrosSomos. ¿Cometeremos ese error nuevamente?

Me gustó el título de libro que hoy pone en jaque al sistema —mexicano— que nos gobierna: “Ni perdón ni venganza”. No porque así lo haya pensado el autor, sino porque al incluir la palabra perdón abre un horizonte para el verdadero debate. ¿Podremos perdonarnos por el sistema que hemos construido? ¿Podremos cambiarlo? ¿Seguiremos la ruta —ahora con la excusa tecnológica— para que, a través de ella, sigamos siendo esclavos de una minoría?

Si queremos cambiar ese sistema en el que unos cuantos se “agandallan” a los demás, vale la pena hacernos estas preguntas, evitar la inercia y buscar las soluciones en nuestro yo interno. No hay más.

X