La política está llena de símbolos, advertíamos la semana pasada, en estas mismas páginas, ante las muestras palpables de la decadencia de un régimen diseñado para ser todopoderoso pero cuyas fracturas al interior son cada vez más visibles. Morena, decíamos entonces, no es más que un gigante con los pies de barro.
Un gigante cuya caída no será sino cuestión de tiempo. Morena nunca pretendió ser un partido tradicional, con los principios bien definidos y una ideología política determinada: lo que se ha dado por llamar Cuarta Transformación Nacional, en realidad, nunca pasó de ser un compendio de rencores compartidos —y ambiciones privadas— oculto tras la sombra de un líder carismático. Un líder populista pero torpe, que construyó un régimen que hoy comienza a derrumbarse sin que hubiera sido necesaria la intervención de sus rivales y enemigos. Un régimen, en pocas palabras, de utilería.
Un régimen de utilería, cuyas deficiencias son cada vez más visibles; un régimen de utilería que, en el afán de conseguir el poder absoluto, terminó por abandonar a su suerte al país entero. En ese sentido, los abusos del exalcalde de Tequila no son más que el símbolo de una transformación fallida, como lo ha sido el pacto de silencio propuesto por la jefa de Gobierno de la CDMX a la prensa crítica, o la actitud soberbia del presidente de la Suprema Corte de Justicia mientras el personal a su cargo se inclina a limpiarle los zapatos. Los escándalos podrían observarse como casos aislados, pero en realidad son el síntoma de algo mayor. Algo mayor e inminente.
La política está llena de símbolos que marcan, por su propia falta de ética y eficiencia, el final cercano de una dinastía que por fuerza será breve. A los escándalos de las semanas anteriores se suman los de fechas recientes: si bien es cierto que la Presidenta se ha desmarcado más de su predecesor que lo que hubiera podido hacerlo cualquier otra persona, la realidad es que la herencia maldita del obradorato —y sus formas— seguirá siendo una carga ominosa sobre sus hombros al menos por el resto de su mandato. La imagen del expresidente sigue siendo demasiado poderosa, y quienes fueron sus colaboradores no acaban de entender a quién le corresponde el bastón de mando: los obradoristas, en los hechos, se han convertido en la oposición más férrea —y desleal— al gobierno en funciones. En estos días, sin ir más lejos, vivimos los tiempos de la rebelión de los enanos.
“Hagamos el teatro completo”, ofreció quien hasta hace unos días se desempeñara como director de Materiales Educativos de la SEP, Marx Arriaga. “Mire, anímese”, continuó mientras extendía los brazos a los policías que le mostraban el camino. “Por el crimen de hacer libros de texto”, se victimizó a sabiendas que lo estaban grabando y que seguramente lo vería aquella a la que debe su efímera carrera. “Protesta con propuesta”, publicó en sus redes sociales mientras llamaba a la desobediencia pública contra el Poder Ejecutivo, desde lo que él mismo denominó como “las cloacas de la SEP”. ¿Por qué se atreve, quien no es más que un personaje menor, a desafiar a la Presidenta de México?
“Se me hace hasta injusto que nada más por el hecho de apellidarme Monreal me hagan a un lado”, declaró el hermano del gobernador en funciones de Zacatecas al tratar de convencer a la opinión pública de que las disposiciones contra el nepotismo no aplican para él. “No me siento aludido porque yo tengo una experiencia”, explicó. “Ojalá los que lleven la conducción del proceso interno lo hagan con mucha pulcritud”, añadió. “De lo contrario se pueden cometer errores, y esos errores se pueden lamentar mucho”, advirtió. “Incluso hasta el nivel de riesgo de la gobernatura en Zacatecas”, agregó amenazante quien, por lo visto, no tiene consciencia de sus propias dimensiones. La política está llena de símbolos: la rebelión de los enanos, sin duda alguna, es uno de los más notables.
