Miedo a entender (parte I)

No mirarlo nos hace cómplices. Como recordatorio, la mayoría del mundo se asombra al enterarse que durante la Segunda Guerra Mundial el orbe no sabía de aquello que vivían los judíos; aunque en realidad sí había informes, sólo que eran tan espeluznantes que la respuesta era “evitativa”.

La triste verdad es que la mayor parte del mal     lo cometen personas que nunca se deciden a ser buenas o malas. / Hannah Arendt

La humanidad no es tan original como quisiéramos pensar. A pesar de los asombrosos avances en ciencia y tecnología, las dinámicas entre seres humanos se repiten una y otra vez, más allá de que se conozca la historia. Y cada vez es necesario señalarlas, detenerse a pensar en ellas y, en la medida de lo posible, tomar una postura o, al menos, entender que la falta de postura tiene, también, implicaciones. Esto nos lleva a la urgencia de reflexionar sobre un tema particular que ha sido castigado con el silencio de los medios: la falta de acción de los organismos internacionales y el nulo seguimiento a las acciones criminales que están sucediendo en Irán.

No mirarlo nos hace cómplices. Como recordatorio, la mayoría del mundo se asombra al enterarse que durante la Segunda Guerra Mundial el orbe no sabía de aquello que vivían los judíos; aunque en realidad sí había informes, sólo que eran tan espeluznantes que la respuesta era “evitativa”. Por ejemplo, para el otoño de 1942, el gobierno de Estados Unidos había sido informado acerca de un plan ideado en las oficinas del Hitler que consideraba el exterminio de los judíos controlados por Alemania en Europa. Sin embargo, el telegrama Riegner (8 de agosto de 1942), enviado por Gerhart Riegner al rabino Stephen Wise, indicaba que la información estaba basada en reportes no confirmados y debía ser considerada con reservas (World Jewish Congress Archives, Cable No. 354 — 8 August 1942, U.S. National Archives, Record Group 59, decimal file 840.48 Refugees). Asimismo, el gobierno del Reino Unido respondió: “No hemos recibido confirmación de esta historia y es improbable que los alemanes utilicen esos métodos (UK National Archives, Foreign Office files FO 371/30917 1942, Correspondence on alleged German plan for extermination of Jews in Europe).

En la misma línea, Walter Laqueur, historiador y analista político estadunidense, en The Terrible Secret: Suppression of the Truth about Hitler’s Final Solution escribe que: “Muchas personas simplemente no podían creer que esos crímenes fueran posibles en el siglo XX”. El horror era tan grande que no logró pasar el tamizaje de la verosimilitud y, por tanto, no fue considerado cierto. La propia población alemana, tras la liberación de los campos, repetía una y otra vez “No sabíamos nada”, como lo constatan los juicios a los nazis posteriores a la guerra (Juicios de desnazificación aliados, 1945-1947, en IIan Kershaw, The Nazi Dictatorship, 1985).

Es necesario mencionar el libro Los hundidos y los salvados, de Primo Levy, filósofo y sobreviviente de los campos de concentración nazis, quien marca una diferencia al recordarnos es que más bien ellos “no entendían y tampoco querían entender”.

No se trataba solamente de los medios de propaganda nazi que buscaban esconder el horror, sino de una dificultad de comprender lo que estaba pasando. En el libro Eichmann en Jerusalén Hannah Arendt escribe: “El intento de los nazis de convertir a todo el pueblo en cómplice de sus crímenes no tenía precedentes; era como si la realidad de los acontecimientos superara la imaginación de todos los que no estaban directamente implicados”.

Mientras los que sabían se revolvían ante la posible duda —que los obligaría a tomar una acción o al menos una postura—, el horror seguía pasando. Dada la gravedad de lo que está sucediendo, es importante analizar el pasado para enfrentar el presente, pese a tener tecnología e internet a nuestra disposición para informarnos. Al momento de escribir esta columna, el gobierno de la República Islámica de Irán está cometiendo una masacre hacia sus ciudadanos que se están rebelando. De acuerdo con datos hospitalarios agregados cuando se analizan morgues, bolsas para cadáveres y saturación hospitalaria, se contabilizan al menos 30 mil muertos (para imaginar la cifra, en la Masacre de Tlatelolco, en CDMX, murieron entre 300 a 400 personas). Este número es difícil de calcular debido que que el régimen islámico iraní corta internet para comunicar con el mundo y entre los propios locales retira cuerpos y los esconde e incinera clandestinamente, obliga entierros rápidos, amenaza familias y falsifica certificados de defunción. Aun así, los medios no lo incluyen en sus noticias diarias, muchos debaten la idea de que sea cierto, muchos ignoran en el tema o porque no es competencia… quizá es algo que prefieren no saber porque les roba la paz. Y es que se trata exactamente de eso, de que la mente humana no resiste ciertos niveles de crueldad (de lo que hablaremos en el siguiente artículo) y por ello se desentiende. La realidad se deforma o se diluye antes de que la conducta cambie. No hablar de Irán, como lo fue en su momento no reconocer el Holocausto, no sólo es indiferencia, sino que se convierte en complicidad.

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