Planeta Danza: Una mala velada de ballet con piano

Ante la ausencia de compañías de ballet que den una verdadera batalla, emerge la propuesta Alma en movimiento, de Elisa Carrillo y Simon Ghraichy.

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Bailarina durante su ejecución.

Mientras los primeros meses del año parecen un triste páramo, en el que la programación dancística tiene un tinte escolar; a partir de junio surge un maratón en el que se presentan, traslapados, grupos profesionales. Decidirse por asistir a un teatro u otro implica perderse la única oportunidad de conocer lo que sucede en el quehacer de artistas emergentes, en la ruta de la madurez y hasta consolidados, muchos de ellos del interior del país.

Ante la ausencia de compañías de ballet que den una verdadera batalla por su nivel técnico y artístico, fue obligatorio asistir a la tan anunciada propuesta Alma en movimiento, de Elisa Carrillo y Simon Ghraichy.

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¿Por qué en la Ciudad de México no se presentó la Gala de Estrellas Elisa y Amigos?, no fue explicado. Con parejas y solistas europeos, highligths del repertorio clásico se representaron en Toluca, Texcoco y Puebla. La CDMX quedó fuera del tour.

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Bailarines durante su presentación.

*Se presentó en el teatro del

Palacio de Bellas Artes.

ENTRE TINIEBLAS, LUGARES COMUNES Y ABURRIMIENTO

Hubo que conformarse con Alma en movimiento, anunciada como “una sutil danza con piano”. Cuatro bailarines, un pianista no tan virtuoso y una atmósfera que, en el afán de parecer nostálgica, triste y esperanzadora, más bien sucedió entre tinieblas, lugares comunes y aburrimiento.

La función, no obstante, tuvo teatro lleno; mientras en el foro transcurrió una precaria puesta en escena coreográfica del desconocido Arshak Ghalumyan, armenio, autor de diversas piezas para el Ballet de El Salvador. Lo más rescatable de la noche fue el fragmento de Le Parc, de Angelin Preljocaj. Pero con el piano de cola ocupando una buena parte del foro no había mucho qué hacer.

A media punta, Krasina Pavlova y Elisa Carrillo compartieron escenario con Alexei Orlenco y David Motta Soares; los intérpretes bailaron sin grandes aspavientos con un lenguaje convencional, donde el movimiento de brazos (port des bras) resultó lo más conspicuo.

La música de Bach, Lizt y Saint-Säenz, esta última bajo la versión de Mauro de Candia para una muy limitada Muerte del cisne, que, comparada con la de Michel Descombey, fue un fallido boceto de algo que no logró contundencia alguna.

Los últimos números, Alfonsina y el Mar y el Danzón Núm.2, de Arturo Márquez, transcurrieron entre la simpleza y la cursilería. Hubiese sido mejor que Carrillo le pidiese a Cecilia Lugo –directora del Ceprodac– que hiciese el remontaje de su versión de la pieza de Márquez; por mucho, superior.

Ahora que Carrillo es jubilada del Ballet de la Ópera de Berlín y con todo el apoyo que ha venido recibiendo de los gobiernos de Enrique Peña Nieto y Andrés Manuel López Obrador, sería bueno subir el nivel de su presencia en México.

Figura estelar en las ligas mayores del ballet mundial y además codirectora de la Compañía Nacional de Danza del INBA, su experiencia sería fundamental para no caer en despropósitos, tipo récords Guinness, como la supuesta clase masiva de ballet que dictó en el Zócalo, con neófitos, espontáneos y semi profesionales, copia de lo que hizo Roberto Bolle en Italia; eso sí, con los mejores estudiantes de ballet de ese país.

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*mcam