“Creí que se me iba a quitar”: el glaucoma que dejó casi ciego a un joven de 29 años

El oftalmólogo Julio César Moreno Nava recuerda el caso de un paciente que llegó demasiado tarde a consulta: tenía glaucoma, antecedentes familiares y una pérdida visual que ya no podía recuperarse. Su historia, advierte, muestra por qué esperar a que aparezcan síntomas puede tener un costo irreversible.

Especialistas realizan un procedimiento oftalmológico con microscopio y equipo médico para tratar un problema ocular durante una cirugía.
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Hay enfermedades que avisan con tiempo y otras que avanzan sin hacer demasiado ruido. El glaucoma pertenece a las segundas. La visión puede deteriorarse poco a poco, hasta que la persona descubre que algo ha cambiado, pero para entonces una parte del daño puede ser permanente.

El oftalmólogo Julio César Moreno Nava tiene presente el caso de un joven de apenas 29 años que llegó a su consulta cuando el problema ya había avanzado demasiado. No era un paciente mayor ni alguien que pudiera pensar que las enfermedades de los ojos eran algo lejano. Era un hombre joven que, además, sabía que tenía antecedentes familiares de glaucoma.

Aun así, esperó.

Cuando finalmente acudió con el especialista, uno de sus ojos tenía una visión muy deteriorada y el otro también comenzaba a perder capacidad visual. El diagnóstico fue glaucoma, una enfermedad que puede dañar el nervio óptico y provocar una pérdida de visión que, una vez ocurrida, no siempre puede recuperarse.

La historia resulta especialmente inquietante por una razón: el joven sabía que existía un riesgo. Tenía antecedentes familiares y conocía la posibilidad de desarrollar la enfermedad, pero durante meses interpretó lo que estaba ocurriendo como algo que podía desaparecer.

Imagen ampliada del iris y la pupila de un ojo mostrada en un monitor durante un examen ocular especializado.
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“Creí que se me iba a quitar”, es la idea que resume aquella espera y que Moreno Nava utiliza para explicar uno de los mayores problemas frente al glaucoma: confiar en que la alteración visual desaparecerá por sí sola. Cuando esperar puede cambiarlo todo

El especialista recuerda que el paciente llegó con una condición visual que ya era grave. Uno de sus ojos prácticamente había perdido la capacidad de ver y el otro presentaba una agudeza visual de 20/200, es decir, una persona con esa visión necesita estar a 20 pies para distinguir lo que alguien con visión normal puede ver a 200 pies.

A esa edad, explica Moreno Nava, la historia debería servir como advertencia. El glaucoma no es exclusivamente un problema de personas mayores y tener familiares que lo hayan padecido debe convertirse en una razón para prestar mayor atención, no en un dato que se recuerde únicamente cuando comienzan las dificultades para ver.

El problema es que muchas personas esperan hasta que la pérdida visual resulta evidente. Para entonces, la enfermedad puede haber avanzado durante un periodo considerable sin que el paciente haya tenido una señal suficientemente clara que lo obligara a acudir con un oftalmólogo.

Oftalmólogo examina el ojo de una paciente con una lámpara de hendidura durante una revisión especializada de la visión.
Un oftalmólogo realiza una revisión ocular con lámpara de hendidura para evaluar la salud visual de una paciente en consulta.Excélsior

Por eso, una de las frases que el médico conserva de aquel caso resume también la importancia de no posponer una revisión cuando existe un factor de riesgo.

“Te esperaste meses en venir”, le planteó Moreno Nava.

No se trata de provocar miedo, sino de entender qué significa una enfermedad que puede avanzar sin que la persona perciba con claridad lo que está ocurriendo. Una revisión a tiempo puede encontrar alteraciones antes de que la pérdida visual sea evidente y permitir que el especialista determine qué hacer para evitar que el daño continúe. El glaucoma no espera a que seas mayor

La edad suele convertirse en una falsa sensación de seguridad. Muchas personas relacionan los problemas graves de visión con la vejez y creen que, mientras sean jóvenes, pueden posponer una revisión oftalmológica.

El caso de este paciente demuestra lo contrario.

Moreno Nava insiste en que los antecedentes familiares importan. Si una persona tiene familiares con glaucoma, debe comunicarlo al especialista y considerar ese antecedente dentro de su vigilancia ocular, incluso si todavía ve bien y no tiene molestias que le parezcan preocupantes.

La prevención tampoco consiste únicamente en reaccionar cuando algo comienza a fallar. Una revisión oftalmológica permite buscar alteraciones que una persona no necesariamente puede detectar por sí misma y valorar el estado de los ojos con herramientas que van mucho más allá de comprobar si alguien puede leer las letras de una cartilla.

Ese punto resulta fundamental porque ver relativamente bien no significa necesariamente que todo esté bien.

El glaucoma puede avanzar mientras una persona continúa realizando sus actividades cotidianas, trabajando, manejando o utilizando una computadora sin sospechar que existe un problema. La percepción de que todavía puede ver puede retrasar todavía más la decisión de consultar.

Y cuando finalmente aparece una pérdida importante, recuperar lo perdido puede no ser posible. La prevención empieza antes de perder la vista

El mensaje de Moreno Nava no está dirigido únicamente a quienes tienen antecedentes familiares. También busca modificar una costumbre mucho más extendida: esperar a que el cuerpo dé una señal suficientemente fuerte para tomarla en serio.

En el caso de los ojos, esa estrategia puede resultar especialmente peligrosa porque algunas enfermedades pueden desarrollarse sin síntomas evidentes durante sus primeras etapas. Por eso, las revisiones periódicas permiten detectar problemas antes de que la persona llegue al consultorio preguntando por qué ya no ve como antes.

El especialista pone el caso del joven de 29 años sobre la mesa precisamente por eso. No se trata de una historia excepcional que deba provocar alarma, sino de una advertencia sobre lo que puede suceder cuando una persona conoce un factor de riesgo, nota un cambio y decide esperar.

“¿Qué tal que fuera algo importante y te esperaste seis meses en venir?”, plantea el oftalmólogo.

La pregunta tiene una respuesta sencilla, pero no necesariamente cómoda: si se trata de una enfermedad que puede causar daño irreversible, seis meses pueden significar mucho.

Por eso, frente al glaucoma, la prevención no comienza cuando la visión ya se perdió. Comienza mucho antes, conociendo los antecedentes familiares, prestando atención a cualquier cambio y, sobre todo, sin esperar a que el problema se vuelva evidente para acudir con un especialista.

La historia de aquel joven de 29 años terminó convirtiéndose para Moreno Nava en una de esas experiencias que permanecen en la memoria porque detrás del diagnóstico hay algo más que una cifra en una prueba visual: está la posibilidad de que una persona hubiera conservado una mayor parte de su visión si hubiera llegado antes.

El glaucoma puede avanzar en silencio, pero la prevención no tiene por qué hacerlo.

A veces, la diferencia entre descubrir una enfermedad a tiempo y descubrirla demasiado tarde comienza con algo tan sencillo como no esperar a que se quite solo.

La solución es sencilla y la has escuchado miles de veces. 

Consulta a tu médico.

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