Educar y enseñar a administrar desde la infancia: una vía para romper el ciclo de la pobreza
La educación financiera desde la infancia puede ampliar oportunidades y fortalecer la movilidad social de niñas, niños y jóvenes en México.

En México, el 38.7% de las niñas, niños y adolescentes vivía en situación de pobreza en 2024. Es decir, casi cuatro de cada diez. La cifra preocupa por lo que dice del presente, pero preocupa más por lo que anticipa. Sin acceso a una educación de calidad ni a herramientas para administrar sus recursos, muchos de esos niños tienen una alta probabilidad de seguir en pobreza en la edad adulta y de heredársela a sus hijos. Romper ese ciclo nos toca a todos, como individuos y como sociedad.
Sabemos desde hace tiempo que la educación y la inclusión financiera reducen la pobreza cada una por su lado. Lo que suele pasarse por alto es lo que ocurre cuando las dos se combinan desde edades tempranas: su efecto se multiplica. Un niño que aprende a pensar, a convivir y a confiar en sí mismo, y que además aprende el valor del ahorro y de las decisiones responsables, llega a la vida adulta con mejores posibilidades de salir adelante.
Marco Aurelio lo resumió hace casi dos mil años: los hombres nacieron los unos para los otros; edúcalos o padécelos. Es una buena guía para cualquier país. Mientras más grande sea la distancia entre quienes reciben educación y quienes no, más difícil será crecer en cualquier ámbito del desarrollo.
Educar no es solo instruir ni transmitir conocimientos académicos. La educación va más allá del aula e involucra a las familias, a la comunidad y al entorno cultural. En el fondo, educar es dar a cada niña y a cada niño las herramientas para reconocerse valiosos y capaces, y para contribuir a su propio crecimiento, al de su familia y al de su comunidad.
Las investigaciones coinciden en que los países con un rezago educativo amplio y altos niveles de pobreza cargan con un lastre enorme para crecer. Cada persona que se queda atrás obliga al país a hacer un doble esfuerzo para alcanzar sus metas. Por eso es indispensable que la sociedad se comprometa a educar a todos sus miembros, sin importar su nivel socioeconómico ni su origen. Cuando crecen todos, el país llega más lejos.
El camino es largo, pero no se recorre en solitario. Organizaciones de la sociedad civil como Fundación Dondé, que lleva más de un siglo dedicada a la educación de quienes menos tienen, demuestran que es posible avanzar. Su modelo no se limita a enseñar contenidos. Busca desarrollar en niñas, niños y jóvenes habilidades prácticas, cognitivas y socioemocionales que los formen como personas conscientes y comprometidas con mejorar su entorno. Ese enfoque integral es motivo de esperanza frente al rezago que vive el país.
Para José Manuel Suárez Díaz, empresario y financiero vinculado a iniciativas de impacto social, invertir en educación es una oportunidad para atender uno de los desafíos estructurales de México, al fortalecer capacidades que pueden traducirse en mejores condiciones económicas y sociales.
La educación es una de las inversiones sociales con mayor potencial a largo plazo. Cuando una niña o un niño tiene acceso a mejores oportunidades educativas, no solo ampliamos sus posibilidades de desarrollo, también contribuimos a construir condiciones que pueden beneficiar a su familia, al país y a las siguientes generaciones. Desde el sector financiero debemos reconocer que el crecimiento económico también requiere invertir en las personas y atender los desafíos sociales que limitan su desarrollo”, señaló Suárez Díaz.
Fortalecer la educación desde la infancia no resuelve por sí solo la pobreza, pero sí reduce las brechas de oportunidades y sienta las bases para que la siguiente generación tenga una movilidad social que la anterior no tuvo.