Alfredo Harp Helú, un hombre de trascendente visión financiera
José Antonio Meade Kuribreña reconoce el legado que ha forjado el empresario, desde instituciones bancarias, hasta el estadio de los Diablos Rojos

En México sigue haciendo falta reconocer y reencontrarnos con quienes han sido clave en nuestra historia contemporánea. Alfredo Harp Helú cumple estos días 80 años. Es un buen pretexto para hacer un breve recuento de lo mucho que le ha aportado al país. Esta es una vista desde mi perspectiva. Empezaba mis estudios universitarios a finales de los 80 y mi trayectoria pública se entreveró en ocasiones con el desempeño de Alfredo.
Como en todo el mundo, en México, de una administración a otra, se heredaban retos y problemas. El gobierno del presidente José López Portillo dejaba, sin embargo, verdaderos dilemas; en algunas áreas eran casi fundacionales.
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La decisión de expropiar la banca en las postrimerías de su gobierno implicó repensar y refundar el sistema bancario con el presidente Miguel de la Madrid.
La creatividad, la posibilidad de apalancar el desarrollo del país, la reconstrucción del sistema financiero se daba desde el sector bursátil. En el imaginario de un preparatoriano que quería ser economista, la construcción de nuestro mercado de valores desde su arquitectura, hasta su normativa era fascinante. Alfredo estaba, junto con un pequeño y selecto grupo, al centro del esfuerzo y de ese proceso.
Era un México en el que se empezaba a consolidar un mercado de deuda local. Apenas se alcanzaba a vislumbrar la posibilidad de financiar en pesos y largo plazo desde hipotecas hasta proyectos de infraestructura. Faltaría todavía una crisis y una reforma pensionaria antes de que tuviéramos uno de los sistemas financieros más profundos, líquidos y sofisticados entre los países emergentes. En el ADN de lo que existe hoy se encuentra la visión y trabajo de Harp.
Llegó la administración del presidente Salinas. La agenda en la que trabajaba el país implicaba profundos cambios. Para un economista que empezaba a pensar en lo público, las muchas agendas eran extraordinarias. Desregulación, competencia, adelgazamiento del Estado, una mayor participación del sector privado en lo general y en la banca en lo particular, apertura comercial. En todos los ámbitos se rompían paradigmas, en términos automotrices pasamos de hacer cambios de aceite a darle a nuestro país nuevos motores y fuentes de crecimiento.

ABRIENDO CAMINOS
Así llegó mi primera aventura profesional. Se creaba un área en Banamex para hacer planeación estratégica. Era todavía una banca pública, pero se sentía emoción y modernidad en el planteamiento. Habrían de reclutar a prestigiados maestros del ITAM. Uno de ellos, el brillante economista, Isaac Katz, me invitó a trabajar en su equipo. Al poco tiempo se migró de la planeación estratégica al apoyo del proceso de venta del banco. Ahí, seguramente sin saberlo Alfredo, tuvimos nuestras primeras interacciones.
Al área le tocaba integrar las respuestas que sobre el banco hacían los compradores. El jefe de la unidad, que reportaba a Manuel Medina Mora, ordenaba los trabajos y se daba gusto diseñando la mejor forma gráfica de dar respuesta. Ha de haber tenido afición por lo precolombino, pues a todas las preguntas encontraba la forma de darle respuestas usando elaboradas versiones del Calendario Azteca.
Aprendí mucho de banca, pero todavía más del manejo del power point. Si un día Alfredo Harp revisara sus archivos, encontraría esas presentaciones por las que pasamos muchas noches en vela. Casi coincidiendo con la entrada de la nueva administración, salía yo. Isabel la Católica era incompatible con dar clases en el ITAM y terminar mis estudios de derecho.
El impulso de los nuevos accionistas y administración consolidaron a Banamex, en esos años, como el banco más importante de México.
Algunos años después me fui al doctorado. Me tocó, a lo lejos, ver uno de los años más complicados en la historia del país. El movimiento Zapatista se seguía de otra señal de la tormenta que habría de venir: el secuestro del que Alfredo fue víctima. A lo lejos estuvo en nuestras oraciones. Era amigo de mi papá y una de las voces que le daban forma al país.
Después de mi doctorado me invitó Fernando Solís Soberón a la Consar. Llegué apenas unos días antes de que las afores recibieran sus primeras contribuciones en el verano de 1997. Afore Banamex habría de consolidarse como uno de los puntales del sistema. Es increíble pensar cómo desde el primer peso, obligatorio o voluntario, los trabajadores de México tendrían la posibilidad de ahorrar, con los mejores rendimientos, en un vehículo que aprovecharía todo el capital humano y los mercados que Alfredo Harp formó.
Al poco tiempo, Vicente Corta, un mexicano indispensable y de excepción, me invitaba a trabajar al IPAB. La crisis bancaria en México pasaba facturas y dejaba pendientes. Fueron pocos los bancos que sobrevivieron. Los accionistas perdieron capital y el costo era, para efectos prácticos, asumir por completo las obligaciones con los ahorradores.
La parte menos onerosa del rescate fue el programa de compra de cartera. Pocas fueron las instituciones para las que ese apoyo fue suficiente. El programa fue revisado y auditado. Y el prestigio del banco, su equipo de administración y de Alfredo como accionista se mantuvo. Banamex ha sido y es un formidable espacio de formación y de grandes talentos.
Banamex de nuevo fue clave y Pepe Aguilera fundamental para consolidar una gestión profesional de la deuda asumida por el IPAB. Además de la creación del mercado de bonos para la protección del ahorro bancario, una operación de crédito con Banamex permitió liquidar el pasivo más oneroso que había resultado de todo el rescate bancario.
Ya hacia el final de la administración del presidente Ernesto Zedillo se dio un debate relevante. En la organización industrial de nuestro sistema bancario, Banamex era fundamental. El planteamiento era audaz, fusionar Banamex y Bancomer.
La operación no habría de ser autorizada. Esa decisión tendría repercusiones en el sistema financiero del país, en mi propia trayectoria y resultaría en un homenaje insospechado a la gestión de don Alfredo.

*Alfredo Harp Helú, en la inauguración de la exposición Historia de la moneda en México, junto a Luis Jaime Marentes.
Empezando la administración del presidente Vicente Fox, Citibank planteaba comprar Banamex. El banco ocupaba un lugar de privilegio por su importancia y su historia. Citibank era uno de los bancos con mayor tradición y presencia en el mundo.
La operación tendría enormes repercusiones y la noticia de la intención de compra daba la vuelta al mundo. El secretario Gil declaró estar impedido de conocer en virtud de su desempeño reciente en la telefónica vinculada con el grupo financiero. Por alguna razón extraña, en el Reglamento Interior de la Secretaría, la autorización de la operación pasaba del titular del despacho al jefe de la Unidad de Banca y Ahorro, sin hacer escala en la oficina del subsecretario. Desde ahí, me tocó conducir el proceso, en lo administrativo.
El reconocimiento a don Alfredo y su gestión tiene una parte obvia y otra que no lo era, pero que, a mi juicio, dice mucho. La parte obvia era el valor de la operación y el espacio en el Consejo Global de Citibank para Alfredo como señal del respeto a su capacidad que trascendía fronteras.
La parte menos obvia, pero que, en mi mente, mejor reconocían a Harp, resultó del análisis y debate en el Congreso. La venta, lo era, del Banco Nacional de México. El Congreso se involucró, debatió, revisó su papel en el sistema de pagos, la importancia de su red de sucursales, el ahorro que captaba y el crédito que colocaba. Era, en el fondo, un debate y reflexión de en dónde radicaba la mexicanidad de un banco. Qué era lo que para el país resultaba esencial que se preservara. El Congreso, al final, hizo sus recomendaciones. Planteó a la secretaria que se buscará preservar para el país el papel del Banco en el Fomento Cultural y en su fundación.
Era un resultado extraordinario. En la valoración del Congreso, la presencia social y cultural del banco era lo que para el país había sido fundamental. Era en donde de mejor forma se traducía la sensibilidad, la emoción y la esencia de Alfredo Harp.
No se entiende nuestra historia financiera sin Alfredo Harp, pero no se agota su legado ahí. Su generosidad y compromiso son su principal divisa. Seguro lo es, en mucho, como una forma de homenajear a su hijo, cuya ausencia, también en mucho, lo definió.
MÁS ALLÁ DE LAS FRONTERAS
En Relaciones Exteriores le dedicamos mucho tiempo a una relación para México entrañable. Líbano fue origen de muchos mexicanos. Sus tradiciones y lenguaje, la cocina, la forma de ver la vida y de construir amistades es parte importante de su legado y del nuestro. Nuestra política, empresa y arte se han enriquecido por inmigrantes libaneses. Los mexicanos de origen libanés encuentran un espacio de convivencia en el Club Libanés del que Alfredo es gran benefactor.
Ésta es una faceta de Alfredo que se ha desarrollado con mayor plenitud. Una generosidad y entrega apasionada. Oaxaca, sus artesanos y el beisbol no serían como son sin Alfredo. La Fundación UNAM y las vidas que toca están siendo apoyadas por él. Recién nombrado en Sedesol fui a verlo. Su planteamiento fue liso y llano, ver cómo ayudaba.
La Ciudad de México con su extensión, tamaño, complejidad, no tenía un espacio natural para congregar a los muchos que somos aficionados del beisbol. Acompañé esfuerzos de don Alfredo para dar a la Ciudad el mejor estadio. Se hizo la lucha por hacerlo en Ciudad Universitaria. Se habrían conjugado cuatro elementos centrales en la vida de Alfredo: cariño a la UNAM, pasión por el beis, aprecio por la ciudad y generosidad. No habría de hacerse ahí, pero el Estadio Harp Helú, casa de sus Diablos Rojos, quedó espectacular.

Recién empezada la pandemia. El ingeniero José Antonio Fernández convocó y lidereó a un grupo para hacerse presente en la pandemia. Su gestión, perseverancia, inteligencia y prudencia, sin duda, salvaron vidas. En ese ánimo de acompañar se detectó que un Estado que podría exhibir debilidades por falta de equipos y médicos era Oaxaca. Fui testigo de un diálogo entre ambos. Doy fe de que su reacción fue la misma que encontré siempre en Alfredo Harp, aportar para ayudar.
Mañana celebra 80 años un mexicano que toca instituciones y vidas, aficiones y regiones. Siempre listo, con el bat al hombro, para ayudar a quien pudiera. Don Alfredo siempre ha sido la excepción a la regla. Intuía cuando podía hacerse presente solo para saludar y hacer sentir su amistad. Lo hizo varias veces en momentos difíciles para mí, sin más ánimo que ser solidario en lo personal.
Es Alfredo Harp, a quien, al cumplir 80 años, hay que reconocer por su extraordinaria labor en favor de la amistad, el servicio y el país.
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*mcam
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