Sí, esa palabra que, como tantas otras, es considerada como un fin en sí misma, el punto culminante de un proceso que ha costado mucho más de lo que hoy recordamos. Al parecer ha sido más sencillo dejarse envolver por el canto de la irracionalidad, por el conformismo que promueven la politiquería, los diferentes rostros del populismo y el reduccionismo de la libertad y el sentido crítico a simples condicionamientos que son tan efectivos para quien tiene el poder de administrar los programas sociales. En efecto, una vez más se evoca esa palabra que se solía incomodar a quienes buscaban ejercer el poder desde el totalitarismo, desde el control de lo que implica el “pensamiento único” y su dogmatismo, partiendo de esa necesidad de hacer a un lado todo tipo de manifestación opositora –desde la literatura hasta quienes confrontan al poder desde la tribuna pública– colocándose como el modelo de la verdad, la justicia y la moral que no admite ningún tipo de crítica ni cuestionamiento. Caray, qué importante y necesario es colocar a la democracia, esa palabra incómoda y la que necesitamos subrayar, más allá de las consignas electoreras que parten de la demagogia más elemental, ya que es el fundamento de aquello que imaginamos como el futuro de nuestra sociedad.
Bastaría con recordar un poco todo lo que implicó la búsqueda por la democracia, luego de las elecciones de aquel tan lejano y olvidado 1988, para darnos cuenta que, cumpliendo con esa suerte de maldición de las revoluciones, poco a poco se regresa el punto de origen en donde el sistema electoral está en manos de la burocracia gubernamental, muy lejos de la autonomía a la que se aspiraba y tan cercana a quienes forman parte del oficialismo la cortesilla política en turno que, así como no tiene empacho en maquillar las estadísticas, tampoco se ruboriza al llenar de perniciosa retórica a la pretendida democracia.
Ya hace algunos años nos dimos cuenta de que no había lugar a la sorpresa cuando se trata de conservar el poder económico y político: el claro ejemplo nos lo brindó el partido del oficialismo cuando se tenía a Manuel Bartlett como uno de sus referentes muy cercanos a la figura presidencial. Claro, ¿en dónde colocar a la perplejidad –que se origina en un ejercicio crítico de la memoria– y esa suerte de humor involuntario que provoca el cinismo? Se sabe de ese poder que tiene la llamada Cuarta Transformación de purificar a los señalados y perseguidos, de crear historias que nos hablen de las inmaculadas víctimas de las circunstancias que gozan de los placeres que garantiza su filiación –¿alguien recuerda el caso de los Yunes en Veracruz o de Rocha Moya, por ejemplo?–. Pero no debemos omitir que eso sólo es posible gracias a la apuesta que tienen ganada desde hace mucho tiempo: el olvido que reside en una sociedad que sabe de desencantos y de injusticias.
Se acerca el año 2027 y, con ello, la locura de unas elecciones intermedias que serán el parámetro de lo que ocurrirá en el subsecuente proceso electoral. Pero también de lo que ha sido cada vez más evidente: el cómo se han erosionado y cooptado por el oficialismo las instituciones que, en otros tiempos, buscaban garantizar unas elecciones libres y democráticas. O de la cada vez más escuchada y señalada injerencia del crimen organizado en las elecciones de todos los niveles.
La estrategia parece simple y efectiva: que los escándalos sean tan estridentes que todo aquello que ocurra en el ámbito del INE y del Tribunal Electoral apenas sea una noticia que se pierda en medio de las hojas del periódico o ni siquiera llamen la atención de otros medios de comunicación.
Claro, porque, ¿cuál es la importancia de que la Cámara de Diputados haya reservado, por cinco años, toda la información acerca de la elección de los consejeros del INE? ¿O qué importancia tiene observar y cuestionar que se haya aprobado en la Cámara de Diputados la posible reelección de las y los magistrados del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación cuando se ha observado su claro vínculo y simpatía con el oficialismo en turno? ¿Será relevante que este mismo oficialismo haya reformado la Constitución para que un proceso electoral sea anulado por una presunta “injerencia extranjera” sin explicar o definir en qué consiste semejante absurdo? Claro, en su lógica se parte de la confianza que existe en el oficialismo, ¡oh casual coincidencia!, en el criterio de las y los mismos magistrados electorales que han sido premiados por su ardua, intachable y ética labor.
Tres pequeñas perlas que dejan muy en claro que la democracia es un término, esa palabrita, que comienza a incomodar al actual régimen porque señala el perjurio a los orígenes de su ideario. Porque, de no ser así, ¿será que, acaso, no confían en sus extraordinarios niveles de popularidad? Vaya preguntas. Que vengan las respuestas.
