El 28 de febrero en que Donald Trump y Benjamin Netanyahu bombardearon a Irán inició una saga conflictiva para Washington, que aparentemente no tiene aún condiciones para terminar. Se inició, así, una guerra que se gestó como si fuera a durar unos días y que, al enquistarse, ha impulsado el aumento de los precios del petróleo y, lo que es peor, se ha llevado por delante la popularidad de Trump, por no mencionar el aumento de los precios de los combustibles y de la inflación, tanto en Estados Unidos como a nivel global. A la fecha, las negociaciones de paz no han cumplido con los objetivos marcados al inicio de la campaña –ni desmantelamiento del plan nuclear ni eliminación de la capacidad militar de Irán–. También amenaza con enardecer a los halcones de EU y de Israel que querían acabar con su gran enemigo en Oriente Medio. Después de meses de versiones contradictorias y de negociaciones en círculo, queda, sobre todo, la duda de los objetivos alcanzados por Washington en una campaña que ha costado, como poco, 29 mil millones de dólares. Independientemente de cómo transcurran las negociaciones con Irán, esta guerra impactará a la región en forma muy notable, pero también pondrá a Washington en una situación de debilidad inédita, que habrá sido causada por una falta absoluta de estrategia política y militar por parte de EU.
Ahora mismo se desconoce si la tregua de 60 días que se anunció por ambos países, contará con el memorándum de entendimiento requerido para llegar a un acuerdo. Según recoge El País en su edición del 29 de mayo (EU dice que ha acordado una prórroga de alto el fuego, pero Irán lo niega), EU está ansioso por poder anunciar un acuerdo que supuestamente ya habría sido alcanzado, pero los medios oficiales en Teherán negaron que se haya finalizado ningún texto, horas después de una nueva serie de escaramuzas militares en la zona del golfo Pérsico. La frustración de la administración Trump radica en que el régimen de los ayatolas rechaza dar su brazo a torcer tal y como lo muestra la respuesta iraní. El secretario de Guerra, Pete Hegseth, no ha podido ocultar su frustración de que los objetivos centrales de su guerra contra Irán –cambio de régimen y fin del programa nuclear– no han sido alcanzados. Y con el cierre del estrecho de Ormuz por parte de Teherán toda la situación se ha tornado peor que cuando se inició el bombardeo. Los movimientos de Trump en el sentido de ganar una guerra corta han fracasado. La operación Furia Épica no produjo el tipo de victoria que pretendían Trump y su socio israelí, así como los halcones incondicionales que rodean al presidente. La falacia del mito de guerra corta, entonces, ha fracasado y también la convicción de que las ventajas militares y tecnológicas llevarían a una derrota rápida del enemigo con la rapidez, dirección y rudeza del ataque inicial. En este sentido, la expectativa que un gran poder tiene en que su significativa superioridad militar rápidamente apabullaría al oponente, fracasó.
Y es que el régimen iraní ya se había preparado para este escenario. Básicamente, el plan que lo protegería de un ataque de estas características, consistía en evitar tener una figura de liderazgo única, que, de ser asesinada o capturada, como ocurrió, condujera al derrumbe total del Estado. Así, crearon las bases de un gobierno descentralizado en el cual todos a cargo son independientes en la toma de decisiones en el área de su dominio; seguirían la política general del Estado, pero con libertad para actuar. Es decir, si bien existe un líder supremo, en realidad no importa quién ostente el título: todos cogobiernan, el presidente, el liderazgo de la Guardia Revolucionaria, el canciller, el líder del Parlamento y así sucesivamente. No es de sorprender que Trump esté confundido y haya declarado, después del asesinato del líder supremo, que se había “decapitado” al gobierno de Irán. Cada una de las muertes de liderazgos infringidas por Israel y EU fueron sustituidas en su momento por otros que siguieron adelante. Resulta sorprendente que, a pesar de contar con todos los recursos militares y tecnológicos, el equipo de Trump no se haya detenido a estudiar las características del régimen de la República Islámica, que demuestra que puede seguir resistiendo más tiempo (aunque, al final, la crisis económica es probable que lo lleve a negociar en firme), a pesar de los ataques de Washington. Trump se encuentra en una encrucijada, le urge terminar la guerra y no sabe cómo hacerlo. El juego suma cero del gran negociador Donald Trump se le revirtió y ahora lo pone contra la pared.
