Nicolás Maduro: ¿quién es y cómo gobernó?
Nicolás Maduro tomó las riendas del chavismo y le dio un giro personal al Gobierno de Venezuela. Este es su perfil.

En Venezuela, los juramentos presidenciales dejaron de ser un trámite hace mucho: se convirtieron en un plebiscito simbólico. Cuando Nicolás Maduro llegó a su última toma de posesión con el país dividido, la economía aún herida y una parte del mundo mirando con desconfianza, su acto se volvió mensaje: “Aquí mando yo”. Así se entiende su último ciclo político: llegó con una elección disputada y un poder que se reafirmaba más por resistencia que por consenso.
Y duró hasta que Estados Unidos intervino de forma rápida y quirúrgica para extraerlo de territorio venezolano.
Cómo llegó Maduro a su último periodo
El 28 de julio de 2024, el Consejo Nacional Electoral proclamó a Maduro vencedor con 80% escrutado y una ventaja de varios puntos sobre Edmundo González Urrutia. La oposición argumentó fraude.
En los días siguientes, el CNE lo acreditó formalmente y Maduro denunció un intento de “golpe”. Se refería a la oposición tratando de impedir un nuevo mandato.
Cuando el Tribunal Supremo de Justicia avaló el resultado, el desacuerdo dejó de ser discusión electoral y se volvió disputa diplomática. Ahí comenzó a volverse cada vez más evidente que Estados Unidos no estaba cómodo con la situación.
Esta es la primera clave del personaje: Maduro gobernó como quien pelea una guerra prolongada. No buscaba gustar; buscaba durar. Y para durar, convertía cada episodio (una sanción, una incautación, una protesta, un fallo) en un capítulo de una novela cuyos nudos se repiten porque le gustan a sus seguidores: asedio, resistencia, victoria.
Del sindicato al palacio
Maduro no surgió de una cuna aristocrática ni de un linaje militar. Su biografía pública insiste en un ascenso desde abajo, y esa insistencia no es decorativa: es su credencial moral ante una base que todavía cree en la promesa original del chavismo. Gente del pueblo.
Tras la muerte de Hugo Chávez, Maduro apareció como el hombre que anunciaba el fin de una era con la voz quebrada. Tomaba la batuta no sólo de la presidencia, sino de la narrativa chavista.
Tres días después, juró como presidente encargado en la Asamblea Nacional. Ahí apareció otra frase que lo ha perseguido: “de chofer de autobús a presidente”. En su mito personal, ese tránsito es prueba de autenticidad. En la mirada de sus críticos, es la evidencia de una improvisación convertida en método.
En cualquier caso, Maduro heredó un país con petróleo en el subsuelo y tensión en la superficie, y heredó también un estilo: hablarle a la historia como si fuera su interlocutor. Chávez era un orador que podía seducir multitudes; Maduro, un operador que aprendió a sobrevivir con menos carisma y más aparato.
El chavismo sin Chávez

El chavismo era un movimiento; con Maduro, se volvió administración de la permanencia. Si Chávez encarnaba el impulso, Maduro encarnó la inercia organizada: un régimen que no necesitaba enamorar todos los días, pero sí necesitaba controlar todos los días.
Una muestra: la ambición constitucional. En enero de 2025, Maduro creó una comisión para reformar la Constitución y habló de un “nuevo Estado” y de un “sistema de gobierno comunal” para el periodo 2025-2031.
El lenguaje importa. “Comunal” sonaba a participación; en la práctica, sus adversarios lo leyeron como una forma de vaciar de poder a autoridades electas y reemplazarlas por circuitos más dependientes del centro. Maduro no solo administraba instituciones, las reescribía para que el futuro fuera similar al sello de su gestión: control.
La economía como campo de batalla: petróleo, sanciones y mar
Venezuela es petróleo, para bien y para mal. La caja del Estado sigue atada a la energía, y por eso el conflicto con Washington tiende a expresarse en barcos, licencias, rutas e incautaciones.
En diciembre de 2025, la tensión escaló a un lenguaje bélico alrededor del comercio marítimo. venía aderezado con acusaciones de crimen organizado.
A finales de 2025, también se registraron sanciones dirigidas a familiares y allegados de Maduro.
Para Maduro, cada sanción era prueba de la intromisión del “imperialismo”; para Estados Unidos, cada sanción era una palanca de presión. El régimen de Maduro había aprendido que sobrevivir es, a veces, encontrar una nueva ruta. O eso parecía hasta que Venezuela fue atacada.
El país que se fue

Para medir el costo humano de un proyecto político, no hace falta escuchar los discursos: hay que ver las maletas. Las que llegan y las que se van. Venezuela se convirtió en una de las mayores crisis de desplazamiento del planeta en los años recientes, y eso perfora cualquier narrativa oficial.
Maduro, a ratos, minimizaba el éxodo; a ratos, lo reinterpretaba como “retorno”. En el futuro, cuando la historia juzgue su época, la cifra de migrantes será uno de los renglones más pesados de su legado.
Derechos humanos, justicia internacional y la rendición de cuentas
Los gobiernos autoritarios temen dos cosas: que se les fracture el apoyo interno y que se les cierre el mundo. En el caso venezolano, la dimensión internacional incluye un componente particularmente delicado: el escrutinio por presuntos crímenes de lesa humanidad.
Paradójicamente, en abril de 2024, se reportó el regreso de la Oficina de Derechos Humanos de la ONU y el contexto de la investigación de la Corte Penal Internacional, en presencia del fiscal Karim Khan.
Para Maduro, mostrarse con organismos internacionales era una señal de normalización. Para sus críticos, fue una fotografía llena de ironía: el Estado bajo investigación, pero tratando de exhibir apertura. Sí, el régimen controlaba tribunales y parlamento, pero no la justicia internacional.
La oposición: entre la épica y el riesgo
La oposición venezolana ha vivido años de fragmentación, renacimientos, liderazgos perseguidos y estrategias que chocan con una realidad dura: competir en un terreno inclinado a favor del oficialismo. Antes de la elección de 2024, Maduro prometió “aceptar” resultados, mientras la oposición denunciaba exclusiones.
Luego vino el conflicto por las actas y el reconocimiento internacional. A partir de ahí, la pregunta dejó de ser quién ganó, para convertirse en algo más crudo: ¿quién puede sostener una victoria frente a un Estado que no soltaba y estaba dispuesto a todo?
Maduro apostó a que el cansancio le ganara a la resistencia. La oposición apostó a que la evidencia le ganara al miedo. Y entre ambas apuestas, la sociedad ha pagado el precio del estancamiento.
Entre ambos extremos, Estados Unidos se coló con la agresiva política exterior de Donald Trump.
A inicios del 2026, Maduro volvió a insinuar apertura a “conversaciones serias” con Washington, mientras la Casa Blanca endurecía el cerco (sanciones, incautaciones de tanqueros, presión sobre exportaciones de crudo) y promovía los reportes de operaciones encubiertas y golpes a redes de narcotráfico.
Las conversaciones claramente no dieron resultados positivos.
Cómo funcionó el poder de Maduro: las cinco palancas
1. Control institucional: tribunales, árbitro electoral, legislativo.
2. Fuerza y lealtades: apoyo militar y redes de seguridad interna.
3. Economía de supervivencia: administrar escasez, licencias, sanciones, rutas.
4. Relato: “asedio” como explicación universal; “resistencia” como identidad.
5. Tiempo: convertir cada crisis en normalidad, hasta que la normalidad parecía destino.
Estas palancas no garantizaban prosperidad. Garantizaban continuidad. Y esa diferencia, continuidad sin prosperidad, es el corazón del dilema venezolano actual.

Cronología para entender a Nicolás Maduro
• 23 de noviembre de 1962: nace Nicolás Maduro Moros en Caracas.
• Años 80–90: trabaja como conductor del Metro de Caracas y se convierte en dirigente sindical; entra al entorno del movimiento bolivariano.
• 2000: es electo diputado a la Asamblea Nacional.
• 2005–2006: preside la Asamblea Nacional; gana visibilidad como operador político del chavismo.
• 2006–2013: funge como canciller de Hugo Chávez; consolida vínculos con Cuba y aliados extra-regionales, y se vuelve una de las caras internacionales del proyecto.
• Octubre de 2012: Chávez lo nombra vicepresidente.
• 5 de marzo de 2013: se anuncia la muerte de Hugo Chávez; Maduro queda al frente del Ejecutivo como presidente encargado.
• Abril de 2013: gana la elección para completar el periodo de Chávez por margen estrecho; arranca un gobierno con legitimidad cuestionada y polarización alta.
• 2014 (febrero–mayo): ola de protestas nacionales; la crisis de seguridad y derechos humanos se vuelve un sello recurrente del sexenio.
• 2015: continúan protestas y choques; se reportan muertes ligadas a manifestaciones y se endurece el control del orden público.
• Diciembre de 2015: la oposición gana el Parlamento (Asamblea Nacional); inicia el choque institucional Ejecutivo–Legislativo que marcará el resto de la década.
• 2016: el conflicto institucional se traduce en parálisis política y disputas por rutas de salida (referendo, elecciones, diálogo).
• 2017 (mayo–agosto): Maduro impulsa y pone en marcha la Asamblea Nacional Constituyente, rechazada por la Asamblea Nacional opositora y cuestionada fuera del país.
• 2017: nuevas protestas y represión; el ciclo deja decenas de muertos y detenciones; el Estado profundiza el control político y judicial.
• 2018: Maduro es reelecto en comicios fuertemente disputados; aumenta el desconocimiento internacional y el peso de sanciones.
• 2019 (enero): Juan Guaidó se asume como “presidente encargado” y recibe reconocimiento de EU y varios países; Venezuela entra en fase de “doble legitimidad”.
• 2019–2020: se consolida una economía de supervivencia: inflación, caída de servicios públicos, contracción petrolera y salida masiva de población.
• 2021 (agosto–septiembre): se instala en México una mesa de diálogo gobierno–oposición con facilitación de Noruega; Maduro busca aliviar presión externa vía negociación.
• 2022 (noviembre): gobierno y oposición acuerdan en México un fondo social con recursos congelados; el diálogo se reencuadra como “gestión humanitaria”.
• Diciembre de 2022: la oposición elimina el “gobierno interino” de Guaidó; se reconfigura la estrategia opositora mientras Maduro se mantiene en control del Estado.
• Octubre de 2023: se firma el “acuerdo de Barbados” (ruta electoral) y EU condiciona alivios/sanciones a avances verificables; el tema “garantías” se vuelve el eje del 2024.
• Marzo de 2024: México firma un acuerdo con Venezuela para retorno de migrantes con apoyo económico; la migración venezolana ya es asunto de política pública regional.
• Junio–julio de 2024: campaña, acuerdos y disputas preelectorales; el ambiente llega cargado por inhabilitaciones, negociación internacional y desconfianza entre bloques.
• 28 de julio de 2024: el CNE proclama victoria de Maduro con “tendencia irreversible”; la oposición denuncia irregularidades y disputa resultados.
• 29 de julio de 2024: la autoridad electoral le entrega el acta como presidente electo; la narrativa oficial busca cerrar filas ante la oposición.
• 2024–2025: migración y acuerdos de retorno con México: el éxodo sudamericano domina flujos hacia México, con Venezuela como componente central.
• Enero de 2025: anuncia una comisión para reformar la Constitución y plantea “construir un nuevo Estado” con idea de “gobierno comunal” 2025–2031; apuesta por rediseño institucional para blindar continuidad.
• 2025: su gestión se define por tres palancas: control político-institucional, supervivencia económica (petróleo/moneda/importaciones) y un tablero geopolítico que oscila entre sanciones y alivios parciales.
• 17 de diciembre de 2025: presión marítima sobre el petróleo: EU intensifica acciones contra buques/operadores; Venezuela denuncia “robo” y eleva el conflicto al terreno de rutas de exportación.
• 19 de diciembre de 2025: escalada de sanciones: EU impone sanciones a familiares y allegados; el cerco se vuelve más personal y simbólico.
• 3 de enero del 2026: Estados Unidos ataca infraestructura en Venezuela y extrae a Nicolas Maduro del país.
EL EDITOR RECOMIENDA



