Jackie Bouvier Kennedy, pieza clave en la leyenda
Si alguien mereciera estar en el centro de la leyenda de los Kennedy, junto a John Fitzgerald Kennedy, sería necesariamente Jacqueline Bouvier, su esposa

Si alguien mereciera estar en el centro de la leyenda de los Kennedy, junto a John Fitzgerald Kennedy, sería necesariamente Jacqueline Bouvier, su esposa.
Pero el lugar de Jacqueline estaría asegurado por mucho más que el hecho de ser la esposa del mandatario asesinado el 22 de noviembre de 1963 en Dallas, o por la trágica y digna figura que mantuvo en los días posteriores junto a sus pequeños hijos, Caroline y John.
Para muchos historiadores, ella fue central para el mito que rodea aún la presidencia de Kennedy. En la leyenda arturiana, la capital del Rey Arturo es Camelot y la Casa Blanca que presidió John F. Kennedy fue descrita, casi mil años después, como Camelot.
Ambas fueron lugares de extraordinaria belleza, según
los mitos.
Pero si el Camelot arturiano es apenas una referencia en cuentos infantiles en la mayor parte del mundo, el Camelot de John F. Kennedy es todavía un referente cuando se quiere hablar de una Presidencia que promueve las artes, la elegancia y la belleza.
Jacqueline Bouvier-Kennedy, la entonces joven esposa del mandatario, está entre las mayores responsables de la leyenda. Y no por haber supervisado en cierta forma algunos de los primeros libros sobre la vida y la Presidencia de Kennedy publicados después del asesinato.
Bella, elegante y culta, Jacqueline supo atraer artistas e intelectuales a la Casa Blanca; su afición por la música clásica, su gracia personal, su placer por recibir dieron lugar a fiestas de un nivel sin precedentes en la Mansión Presidencial.
Jacqueline Kennedy no sólo encabezó un proyecto para renovar la Casa Blanca, sino para establecer una biblioteca dentro de ella. La lista de 1,500 títulos fue seleccionada por un grupo de académicos y hecha pública.
Y cuando la renovación del edificio donde despacha y vive el mandatario estadunidense, Jacqueline Kennedy fue la anfitriona de un programa de televisión que por una hora cautivó a los estadunidenses y los llevó por los rincones de la planta baja, las oficinas ejecutivas y la segunda planta: la residencia presidencial.
La esposa del mandatario fue la “primera” Primera Dama que llamó la atención por la elegancia de su atuendo y usar modistos internacionales; la que llevó a músicos, como el legendario cellista catalán Pablo Casals a los salones de la mansión presidencial, y la que hizo campañas por asuntos culturales en los Estados Unidos.
En lo internacional, su dominio del francés y del español, su cultura y su gracia, cautivaron multitudes en Francia, en México, en Chile y Argentina.
De hecho, el propio Kennedy —que tenía una contenciosa relación con el entonces presidente francés Charles De Gaulle—, se vió desplazado de la atención por Jacqueline, que no sólo debatió con De Gaulle en francés.
“Yo soy el hombre que acompañó a Jacqueline a Francia”, dijo Kennedy. Y nadie supo nunca si hablaba en broma.
Jacqueline Bouvier-Kennedy nació el 28 de junio de 1929 en Southampton, estado de Nueva York, y falleció el 19 de mayo de 1994 en la ciudad de Nueva York.
En 1968 Jacqueline se casó con el naviero griego Aristóteles Onassis, con quien permaneció casada hasta su muerte en 1975, cuando se hallaban en proceso de divorcio.
En sus últimos años, adquirió renombre como editora de libros y los pasó con un compañero, el industrial y comerciante belga Maurice Tempelsman.