Svetlana Alexiévich crea obra coral sobre la mujer, la guerra y la libertad

La escritora y periodista bielorrusa, Nobel de Literatura 2015, reivindica a la mujer como vanguar-dia de la sociedad y urge a encontrar un nuevo significado a “la palabra del cambio”

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Fotos: AFP / Reuters / Ilustración: Horacio Sierra

CIUDAD DE MÉXICO. La mujer y la guerra, en ese orden de importancia, son los dos ejes temáticos que atraviesan la obra de la escritora y periodista bielorrusa Svetlana Alexiévich (1948), quien fue premiada con el Nobel de Literatura en 2015 por considerar su obra “un monumento al valor y al sufrimiento de nuestro tiempo”.

La autora de no más de diez libros consolidó durante 40 años un nuevo género de escritura polifónica denominado “novela colectiva”, “novela-oratorio”, “novela-evidencia” o “coro épico”, cuyas historias se tejen a partir de voces de personas sobrevivientes, derrotadas

y olvidadas.

La hija de un bielorruso y una ucraniana, ambos maestros en educación, tituló su primer libro La guerra no tiene rostro de mujer (1985), en el que entrevista a varias rusas que participaron en la Segunda Guerra Mundial convencida de que la mujer es la vanguardia de la sociedad.

Le ha dado voz a las mujeres combatientes, a las enfermeras que atendieron a soldados sin importar su bando en el conflicto, a las madres que recibieron a sus hijos en ataúdes tras luchar en Afganistán, a los sobrevivientes del accidente en la central nuclear de Chernóbil, a quienes vivieron la caída de la Unión Soviética o a los manifestantes de la llamada “revolución blanca” de Bielorrusia en 2020, testimonios que nutrirán el libro que trabaja actualmente.

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En la ceremonia de premiación, el rey Carlos Gustavo de Suecia le entregó el Nobel de Literatura a la bielorrusa Svetlana Alexiévich.

Por estas razones, es fundamental evocar las ideas de Alexiévich en estos momentos de conflicto bélico entre Rusia y Ucrania y en el marco del Día Internacional de la Mujer, que conmemora cada 8 de marzo la lucha femenina por una vida digna, libre de violencia y en condiciones de igualdad social.

Vivimos en un mundo de hombres, donde existe una idea masculina de todo y, especialmente, de la guerra. Las mujeres son dadoras de vida, no pueden renunciar a ella fácilmente para conquistar un territorio”, comentó en septiembre pasado en una conferencia dirigida al público mexicano al participar en el Hay Festival Querétaro.

Quien estudió periodismo en la Universidad de Minsk, que actualmente vive exiliada en Berlín (Alemania), habló en esa charla sobre su proceso creativo y sus nuevas búsquedas literarias; sobre la maldad que habita el ser humano, pero también sobre el amor que le ha permitido no perder su fe en él.

Ya no recojo sólo horrores, sino el espíritu humano. Busco darle esperanza al hombre, valor para vivir. Mi lema es buscar la humanidad en el ser humano y fortalecerla”, afirmó la autora de Los muchachos de zinc. Voces soviéticas de la Guerra de Afganistán (1989).

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En junio de 2021, el presidente alemán Frank-Walter Steinmeier le entregó la Gran Cruz de la Orden del Mérito a Svetlana Alexiévich.

Destacó que el hombre no siempre sabe quién es. “Hay situaciones en las que una persona se cree pura, dulce y hermosa; y, de repente, descubre que ella misma da miedo, que está lejos de ser buena, que puede matar y traicionar. Y un ser humano tiene todo eso en su interior”.

Detalló que su proceso creativo consiste “en escuchar la calle, a un individuo o conversaciones casuales cuando estoy en un algún lugar, en un restaurante o en un autobús, por ejemplo.

Es decir, escucho el murmullo del tiempo. Y, mientras oigo tal murmullo, intento formarme una imagen de ese tiempo. Mi oído siempre está en la calle, intentando
escuchar la palabra del cambio”, indicó.

La autora de Voces de Chernóbil. Crónica del futuro  (1997), que define a esa explosión en la central nuclear de Ucrania en 1986 como “una nueva muerte, otra forma de guerra que utiliza las armas nucleares”, agregó que el hombre actual está sometido a un fuerte grado de tensión.

Cada vez más oímos hablar de una Tercera Guerra Mundial, de los desafíos de la democracia. Es lo que oigo en la calle: la confusión de la gente, su desesperación y la búsqueda de nuevas ideas, que necesitamos con suma urgencia ya.

El mundo está probablemente buscando un nuevo significado, una especie de nueva comprensión, una nueva filosofía quizá. Es lo que estoy tratando de escudriñar”, añadió.

La también ganadora de los premios Ryszard-Kapuscinski de Polonia (1996) y el Herder de Austria (1999) señaló que en las sociedades contemporáneas “las ideas sociales están destruidas, se está produciendo una catástrofe humanitaria.

Nuestros filósofos, físicos, escritores, artistas, deben reflexionar sobre este nuevo mundo. Buscar una respuesta juntos. Es el momento de una búsqueda colectiva, porque todo lo que hacemos afecta a muchas personas”.

La autora de El fin del homo sovieticus (2013) confesó que busca a un ser humano que no dispare. “Sé mucho sobre los seres humanos, lo terribles que son; pero también lo fantásticos que pueden ser. ¿Qué me motiva? Probablemente el amor. No he perdido la fe en el mundo”.

En esa charla, la narradora adelantó que trabaja en un libro sobre las manifestaciones en contra de la dictadura de Bielorrusia en 2020. “Ofrecimos una vida pacífica, rechazamos la violencia, no queríamos una libertad basada en ella. Gracias a nuestras mujeres no tuvimos tantas bajas. Ellas impidieron que el régimen sumiera al país en un baño de sangre. Creemos que el tiempo de la

sangre pasó.

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La obra de Alexiévich se considera “un monumento al valor y al sufrimiento de nuestro tiempo”.

Mi historia trata de dos hermanas que tuvieron que huir a Lituania, porque los secuaces de Aleksandr Lukashenko (presidente de Bielorrusia desde 1994) ya las estaban acosando. Y una de ellas fue amenazada con seis años de prisión, y la otra con ocho, por asistir a manifestaciones”, dijo.

Perseguida por su mirada crítica, quien además ha sido reconocida con los premios Nacional del Círculo de Críticos de Estados Unidos (2006), el Médicis de Ensayo en Francia (2013) y el de la Paz de los libreros alemanes (2013) abandonó Bielorrusia por primera vez en 2000 y estuvo viviendo en París, Gotemburgo y Berlín.

Sin embargo, en 2011 volvió a Minsk; ahí recibió el Nobel de Literatura y se enfrentó con más poder a la censura del gobierno, participó en la “revolución blanca” y se exilió nuevamente en septiembre de 2020. Desde entonces, vive en Berlín.

Desde la capital alemana sigue atenta el conflicto bélico entre Rusia y Ucrania, la tierra de su infancia, que, ha anunciado, incorporará al libro que realiza sobre Bielorrusia, el cual desea terminar este año. “El ‘hombre rojo’ no está muerto: ha resucitado y nos vuelve a dar batalla. Espero que sea la última”, declaró hace unos días a la Deutsche Welle.

cva

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