Magalí Etchebarne: elogio de una amargura impasible y tibia
La narradora argentina publica el libro de relatos La vida por delante, ganador del VIII Premio Ribera del Duero de Narrativa Breve, en el que hurga en temas como el deterioro del cuerpo, el paso del tiempo y la figura de la madre

El deterioro del cuerpo, el paso del tiempo y la figura de la madre son algunos de los temas que aborda la narradora argentina Magalí Etchebarne (1983) en La vida por delante, libro de relatos con el que se alzó con el VIII Premio Ribera del Duero de Narrativa Breve.
Alguien me dijo, al terminar el libro, que estos cuentos le dejaron la sensación de pasar un domingo por la tarde; que es el momento en el que uno sabe que al día siguiente comienza la jornada laboral y todo vuelve a empezar. Así que aquí hay una suerte de amargura y de oscuridad. Ésa es la sensación en todos los cuentos, como de una tibia amargura de domingo por la tarde, ese es el clima emocional del libro y su estado de ánimo”, detalla la autora en entrevista.
Escribir, acepta Etchebarne, es un proceso de fuego lento que una y otra vez le provoca la misma pregunta: ¿qué tanta capacidad tiene para plasmar en un cuento la historia que acaba de aparecer en su mente?
El cuento es el género literario que más me gusta”, sentencia. “Yo digo que se debe a su amarga brevedad, a esa fatalidad y contundencia que hay en los cuentos, pues terminan rápido, porque un cuento no es una lectura que nos acompañe todo el verano, como sí ocurre con la novela; el cuento se lee en un café.
A mí me gusta leer cuentistas y siempre me pregunto cómo es que lograron escribirlo. Ahí tenemos, por ejemplo, un hermoso ensayo de Flannery O’Connor, que dice que, en general, el cuento es la expresión más espontánea y natural que tenemos, que nos contamos cuentos para vivir y que es lo primero que nos leen; y, pese a todo, una y otra vez nos interesa sentarnos a hablar de cómo se hace y que alguien nos diga su fórmula”, abunda.
Así que para la autora de Los mejores días ha sido habitual hojear los decálogos de cuentistas clásicos como Horacio Quiroga, Julio Cortázar y Roberto Bolaño. “Creo que por cada cuentista hay una fórmula y eso me gusta, porque lo que esto me dice es que no sé si hay una fórmula y ahí, en esa suerte de desconcierto, hay mucha más posibilidad de crear en este género que me gusta por breve”.
Quizá en un futuro, la propia Etchebarne escriba su propio decálogo del relato corto. De momento afirma que para ella “el cuento es como la medida de una emoción que trato de diseccionar. Por ejemplo, en el primer cuento de este libro (Piedras que usan las mujeres) aparece la rabia ante el envejecimiento; y en el tercero (Temporada de cenizas), aparece la sordidez y la tristeza de haber cuidado a alguien a quien más tarde se ha visto morir”.
¿Por qué el tiempo es una de las mayores obsesiones en su narrativa?, se le pregunta. “Pienso que el tiempo me obsesiona como tema y como problema, quizá porque siempre nos estamos refiriendo al pasado, a nuestro propio pasado; pero también a lo que haremos o a la idea del presente como algo que no existe porque termina rápido.
Recuerdo que tenía un profesor que movía la mano y decía: ‘Esto ya pasó, ya pasó, ya pasó…’, refiriendo a lo poco que dura (el presente). Así que la relación con el pasado siempre me ha obsesionado y me parece que la escritura es una forma de trastornar los tiempos”, expone.
Eso se puede apreciar también en el primer cuento de su libro, donde una madre recuerda hechos remotos, pero lo inmediato no logra ubicarlo y eso confunde a su hija.
Este tema me ha interesado porque, en mi vida personal, en los últimos años acompañé procesos de muerte, enfermedad y vejez; y, desde entonces, no deja de sorprenderme cómo la mente opera sobre el final de la vida: con mucha lucidez para acceder a recuerdos lejanos y poca claridad para lo que es inmediato, es decir, aquí podemos ver cómo el tiempo se trastorna y se trastoca”, plantea.
¿Existe una carga irónica en el título de este libro? “Sí existe ironía, porque La vida por delante, creo, es una frase que apela a la idea de futuro como promesa de que las cosas van a mejorar”.
Etchebarne reconoce que en su prosa hay influencia de cuentistas como Raymond Carver, Ian McEwan, O’Connor y Alice Munro; y de cuentistas hiperbreves como Lydia Davis, Amy Hempel o Deborah Eisenberg.
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