El museo como escultura: el Eco cumple 70 años

El curador David Miranda afirma que el concepto original de este espacio dedicado a la multidisciplina sigue vigente.

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Pasillos y fachada del museo El Eco.

Un espacio dedicado a la transversalidad, a la multidisciplina; pensado como un foro para artes vivas y, desde ahí, concebir al museo como una escultura en sí mismo que, para el relato actual, sigue vigente.

El Museo Experimental el Eco, fundado en 1953 por el artista visual Mathias Goeritz y el empresario Daniel Mont, conmemora su 70 aniversario con dos exposiciones que retoman “momentos y elementos clave” que han forjado su identidad.

El edificio histórico es utilizado para lo que fue creado. La gente puede ir a verlo incluso vacío. Somos un laboratorio de arte, trabajamos desde la noción de procesos artísticos, no de cuerpos de obra terminados.

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Somos un espacio de producción, donde tiene cabida la experimentación y la amplitud de los lenguajes artísticos. Un contrapeso a otras lógicas de distribución y consumo del objeto artístico”, afirma David Miranda. Quien ha sido curador de El Eco desde 2005, cuando la UNAM lo rescató y recuperó su vocación, explica en entrevista con Excélsior que nació cuando no había ningún museo especializado en arte.

Sólo existía la sala de colecciones de arte de lo que hoy es el Museo del Palacio de Bellas Artes, ante Teatro Nacional, y las salas de arte de la Academia de San Carlos. Hasta 1964 abrió sus puertas el Museo de Arte Moderno. Es decir, no se hablaba de lo no objetual, lo performático, el arte sonoro o la instalación. Fue pionero”, afirma.

El investigador agrega que El Eco ha usado “esa sustancia y esa vocación” para sus programas actuales, como el Pabellón Eco, un concurso de arquitectura experimental para jóvenes; las exposiciones, que promueven las prácticas multidisciplinarias “con un lenguaje más abierto;” y el vínculo con el reconocimiento de la modernidad “como un problema inacabado en términos no tanto históricos, sino de lenguaje artístico, de vanguardia”.

Evoca que el manuscrito de Goeritz “apunta que se funda para que en el futuro se cree el primer Museo de Arte Moderno; pero también para que haya una sociedad musical y una producción editorial. Hablaba ya de una profesionalización museística que aún no existía.

Surgió como un proyecto independiente. El museo experimental es una posición política ante la Escuela Mexicana de Pintura, un arte de consigna. Trata de desvincularse de esa hegemonía estética y lo resuelve en términos de lo emocional, del misterio, de lo sublime. Intentamos continuar esa vocación sin ser un museo de sitio estático, frío”, agrega.

El también artista visual aclara que El Eco llega incluso previo al movimiento de la Ruptura. “Goeritz es parte importante para los integrantes de esa generación, que también buscaban hacer un frente paralelo a la Escuela Mexicana que, si bien es el movimiento estético más importante del siglo XX mexicano, también fue la cofradía artística que lapidó a otros movimientos. Goeritz vino a oxigenar la escena y hacer un contrapeso importante”.

Añade que El Eco ha tenido muchas vidas. “Primero como museo experimental, después como restaurante bar-cabaret, fue el primer bar de la diversidad sexual en México. Luego, en los años 70, el dramaturgo Héctor Azar rentó el lugar y ahí nació el Centro Universitario de Teatro.

Más adelante, lo tomó el colectivo de teatro Cleta y creó El Tecolote y el Foro Isabelino. En 2000 iba a ser demolido para abrir un estacionamiento; pero fue gracias a esa intensa vida cultural que la UNAM lo rescató. Es un territorio ganado por la sociedad. A veces, a los proyectos les falta ese acompañamiento civil que procura y defiende su existencia”, considera.

El egresado de La Esmeralda y maestro en Estudios Curatoriales por la UNAM destaca que se celebren los 70 años de vida del museo con la exposición de Alberto Gutiérrez Chong, que conoció a Goeritz porque fue amigo de sus alumnos, como Sebastián y Juan Acha. “Cuando lo invitamos, dijo que el mejor homenaje que se le podía hacer a Goeritz es no meter nada en El Eco. Propuso el proyecto Volumen emocional, que es pintar todo el museo de blanco, para volverlo una suerte de maqueta, y exponer las formas arquitectónicas de mejor manera.

A partir de un diseño de planimetría, de medidas, ejes, cotas, como en un plano, propone volver a la noción de arquitectura y escultura primigenia. Retoma el concepto de escultura transitable, como se concebía en el mundo prehispánico. Alberto desnuda al museo para reconocer esa arquitectura viva”, indica.

Destaca que el festejo incluye además la muestra Olivia Zúñiga: sonora en el silencio, de la escritora y artista del performance Bárbara Lázara, sobrina nieta de Zúñiga, quien conoció los bocetos de las esculturas de Goeritz y le propuso escribir el poemario Los amantes y la noche, primera publicación del Eco en 1953.

Nos presentó un proyecto que es la reinterpretación del trabajo poético de Zúñiga. No es un redescubrimiento bibliográfico, sino que creó otra obra para elogiar su memoria”, dice. Ambas exposiciones permanecerán en exhibición hasta el 14 de enero de 2024.

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*mcam