Una necedad indispensable en la danza
La danza es el patito feo de la cultura. Eso se corrobora de forma fácil cuando se revisa el presupuesto del ramo

CIUDAD DE MÉXICO.
Las instituciones culturales, por definición, están al servicio de la sociedad civil. En estos tiempos tan revueltos y polarizados políticamente, donde el autoelogio parece ser el esquema de información oficial, es imprescindible resarcir el esfuerzo de los bailarines y coreógrafos.
No es lugar común decir que la danza ha sido siempre el patito feo de la cultura. Es un hecho que se corrobora de forma fácil cuando se revisa el presupuesto cultural.
Por lo mismo, es fundamental avistar que, si no fuera por una suerte de sostenida necedad, muchos de los proyectos independientes ya se hubiesen ido al precipicio. Nadie que quiera ser millonario en México toma a la danza como profesión. Claro, siempre con El Ballet Folklórico de Amalia Hernández como la excepción a la regla.
Los artistas de la danza, entendidos por supuesto como sociedad civil, han sido, desde la época de la creación de El Ballet Nacional de México, de Guillermina Bravo, el termómetro que determina los avances en la alfabetización hacia una cultura dancística mayoritaria.
Con plena seguridad puedo confirmar que desde hace al menos 25 o 30 años, un presidente jamás ha presenciado una función de danza en el Palacio de Bellas Artes. Tampoco lo ha hecho algún secretario de Educación Pública y menos aún titulares de otras dependencias federales.
También me atrevo a decir que ni siquiera los representantes de las comisiones de Cultura de las cámaras y asambleas legislativas ven danza y por lo mismo desconocen lo que se hace en el país. Por supuesto que mi visión es centralista, tal vez al interior del país existan gobernadores y funcionarios de todo tipo que asistan con asiduidad a ver danza, pero no tengo conocimiento de ningún caso en específico.
Pero tampoco los llamados “intelectuales” ven danza. Y con intelectuales me refiero a la definición reduccionista que se hace de una forma tiránica, y a la que Carlos Monsiváis se refería con sarcasmo y enojo, “sólo la falta de conocimientos puede aducir que un centenar de personas son los depositarios de ‘toda’ la vida intelectual del país”.
Esos que se hacen pasar por dueños del pensamiento filosófico o político de vanguardia tampoco asisten a funciones ni saben quiénes son los coreógrafos más importantes de México. Este monopolio de “intelectuales” depositarios de la sapiencia máxima en política cultural evidencia y apuntala la pobreza no sólo de la danza sino de la cultura general en el país.
Mientras tanto, la danza escénica independiente sigue adelante, dependiendo casi en su totalidad de iniciativas heroicas, en su mayoría provenientes del Estado. Lo anterior con grandes dificultades porque pocos son los funcionarios preparados para adentrarse en el arte dancístico, porque para ello hace falta conocimiento y una sensibilidad desarrollada.
Hay que adecuar la política cultural a los cambios de una sociedad que, ya sea por la televisión, la radio y en especial las redes sociales, está mucho más enterada de los que sucede en México y en el mundo sin recurrir a las versiones oficialistas de los acontecimientos. Además de que en la actualidad existen miles de entrecruzamientos entre la danza y otras artes, incluso hay otras formas de entender el movimiento y su significado.
El no acceso a fenómenos dancísticos de alta calidad y de la cultura en general implica hoy para millones de mexicanos un atentado hacia nuestros derechos cívicos. Reducir los presupuestos para la cultura es por lo menos una estupidez, un acto de irresponsabilidad política.
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