Busca mirada curiosa
El artista Fernando Ortega inaugura en el Museo Tamayo una muestra con tres instalaciones que demandan la completa atención del público

CIUDAD DE MÉXICO.
Fernando Ortega (Cd. de México, 1971) tiene dos aliadas: la observación y la curiosidad. La conexión de ambas le permite descubrir mundos alternos al que rige la cotidianidad. Entornos que existen sólo si se tiene la paciencia de mirar fuera del horizonte. Poner atención fuera del marco que la sociedad impone. El artista lo ha convertido en un hábito: mirar donde los demás no lo hacen.
Esta práctica se volvió más fuerte durante su estancia en la India. Ahí esa curiosidad y observación se centraron en entender y asimilar una cultura desconocida. Entonces aprendió a tomar atención a los detalles tan efímeros y simples, pero que revelan nuevos mundos. Submundos. Y de ellos construir un pensamiento más crítico sobre la realidad tangible.
De ello trata la exposición Nota rosa que inaugura mañana en el Museo Tamayo. Son tres instalaciones que requieren de la mirada atenta y curiosa del espectador. Esa observación que encuentre lo mínimo en lo máximo. Como un globo en una de las esquinas del recinto, un mosco sobre un enorme muro rosa o un post it pegado sobre el soporte metálico de un puente carretero.
Ortega explica en entrevista que se trata de tres piezas que aluden a lo efímero del arte. Pues la permanencia no está en la obra en sí, sino en la apreciación y conceptualización del espectador. Además, apuesta por un público con la paciencia de atender los detalles, instantes breves en medio del ajetreo tradicional del museo.
“En la India fue un proceso contemplativo, de aprender, un ejercicio de olvidar lo que había aprendido en el occidente y empezar de cero a observar y perfilar todos los sentidos, y volver a las cosas básicas como emular un mosco o seguir un elefante. Eso me fue dando la pista para entender y descifrar lo que no conocía”, explica quien ha expuesto en el Palais de Tokyo, en Francia, el Museu da Cidade, en Lisboa, Fundación Ludwig, de Cuba y el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires.
El guía de esta observación es el color rosa. Un tono entre suave y chillante que Ortega tomó de su estudio en la India. Una de las salas está cubierta por completo de esta tonalidad sin ningún otro objeto, y en ese vacío material se encuentra el primer instante captado por el artista. Un video donde se mira a un mosco de la India luchar o lo mismo bailar contra la pared. Un acto tan indiferente como efímero grabado por Ortega con el título Crazy for Pink.
Si el espectador sigue la guía del color encontrará pronto ese globo que ocupa el área más alta del museo: Rosa subido. Estará a 15 metros de altura, y una escalera de aluminio de pie indicará la posición. Sin más señales el espectador mirará por primera vez esa esquina que siempre queda en el olvido. El recorrido llega a Post it, dos fotografías de formato mediano que documentan a un joven grafitero pegando una hoja rosa en la parte baja de un puente.
Es el puente de Metlac, en Veracruz, donde los jóvenes se trepan a 123 metros de altura para hacer pintas en la parte metálica. Un acto tan cotidiano que poco se piensa en los submundos que esconde. “Uso un papel de notas y lo pego en el puente porque lo que busco es la impermanencia, la posibilidad de desaparecer por el aire y es el mismo tratamiento que hice con el mosco”, detalla quien trabaja con instalación, performance y sonido a partir de materiales tan diversos como telarañas o instrumentos musicales.
Poner atención en momentos o circunstancias en apariencia simples es en realidad una actitud hacia la vida; una posición en el arte. Alejarse de lo establecido, del marco dado por la institución o la comodidad, para comprender más allá del entorno inmediato. Y entonces volver con una reflexión crítica. Separarse para entender.