Andrés Henestrosa; ideas ponían luz a sus ojos

En una jornada emotiva, fue recordado el carismático autor de Los hombres que dispersó la danza

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CIUDAD DE MÉXICO.

Cantando, sólo cantando, porque así se sigue viviendo y jamás se muere, porque así se implora en el famoso son istmeño La martiniana, don Andrés Henestrosa, el de los “ojos que brillaban con las ideas”, el de carisma sencillo y que acabó dominando la lengua con “agudeza y pasión”, fue recordado en el 110 aniversario de su nacimiento, sucedido el 30 de noviembre de 1906 en San Francisco Ixhuatán, Oaxaca.

Fue una jornada emotiva, llena de recuerdos y música, que devino en una doble conmemoración: la del autor de Los hombres que dispersó la danza y el de la mujer que estuvo siempre a su lado, doña Alfa Ríos, de quien también se cumple este año un centenario de su natalicio. Las mujeres vestidas a la usanza del Istmo de Tehuantepec aparecieron elegantes, gallardas, orgullosas de su cultura zapoteca, igual que lo estuvo el mismo Henestrosa.

Con huipil y enagua, Cibeles Henestrosa encabezó el recordatorio. La hija mayor al frente, aunque también estaban allí sus hermanas Edenida y Cerida, otorgando vida a sus padres a través del recuerdo. “Andrés Henestrosa vive por siempre, perenne es su imagen en nuestro recuerdo, nuestra imaginación se sigue nutriendo con sus poemas, sus escritos, sus cantos que describen el orgullo de pertenecer a un pueblo, el zapoteco”, dijo la política María de los Ángeles Moreno, amiga de la familia y del ilustre oaxaqueño.

Moreno hizo una larga semblanza de Henestrosa. Lo recordó en la infancia, feliz y libre, llegando a la Ciudad de México con un escaso conocimiento del español, mascullando las palabras y con ansia de conocer: “No todo fue alegre y fácil como en la infancia. Llegó sin dinero y con un español insuficiente, con ese español que no daba para mucho; seguramente tuvo malos ratos, pero eso templó su carácter”, leyó en una suerte de rememoración epistolar dedicada al homenajeado, quien partió de este mundo el 10 de enero de 2008, a los 101 años de edad.

También oaxaqueño, de Juchitán, el músico y promotor cultural Feliciano Carrasco se encargó de ponerle ritmo istmeño al homenaje: primero sonó La martiniana, tema que se ha vuelto imprescindible en las fiestas del Istmo; La ixhuateca, donde Henestrosa cuenta la manera como su esposa, Alfa, le cambió la vida, y La última palabra que sí representa para el Istmo lo que Dios nunca muere para toda Oaxaca.

Sólo recuerdo a Andrés cariñoso”, agregó Moreno. Pero su calidad de ser humano no fue el único halago que hizo de él, también le llamó “polifacético y exitoso siempre, sencillo siempre, gran amigo, un amigo sin par, un amigo delicioso”, y recordó que tras su llegada a la capital del país estableció amistad con José Vasconcelos, Manuel Rodríguez Lozano y Antonieta Rivas Mercado, quienes lo adoptaron “como hermano menor”. Y si en un principio Henestrosa tenía dificultad para hablar el español, estaba claro que ese joven oaxaqueño estaba llamado a pertenecer a las altas esferas de la cultura mexicana.

Andrés tenía esa chispa de los elegidos”, dijo la exsenadora, “que le valió la aceptación en los mejores círculos de la cultura”. Pero no sólo eso: también fue senador y diputado e intentó ser gobernador de su propio estado: “desgraciadamente no fuiste gobernador; tu presencia habría cambiado la trayectoria y vida de Oaxaca”, consideró.

Después más música con el ensamble Flor y canto que volvió a recordar ese verso de La martiniana: “No llores sobre mi tumba, porque si lloras yo peno; en cambio, si tú me cantas yo siempre vivo y no muero”. Cibeles entonces tomó la palabra y como pudo —debido a la emoción— contó una anécdota, aquella que unió a su padre y a su madre y que Henestrosa dejó inmortalizada en La ixhuateca.

Él, recordó su hija, acostumbraba decir que conoció a Alfa desde los cinco años. Cuando veía que su mamá la bañaba y que desde entonces repitió como verdad: “con ese pedacito de carbón me voy a casar”. Pero la historia no fue así. “Se conocieron en casa de la familia Chacón, ella ya estudiaba enfermería. Mi mamá era una mujer hermosa, fuerte y seguro fue la única forma en que pudo domeñar a mi papá”. Él le pidió recogerla en su escuela, pero no fue fácil para Andrés, quien debió adivinar sus salidas furtivas. Poco a poco, Alfa acabó por “caer en sus redes”, pero en ese entonces, Henestrosa era un “bohemio, un vago, un lector, un bebedor”, es por eso que en La ixhuateca se canta: “yo andaba buscando la muerte cuando me encontré contigo”.

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