El Bosco; entre el cielo y el infierno
En 2016, el mundo recuerda el quinto centenario de la muerte del pintor flamenco, de quien se conocen pocos datos biográficos y sólo a través de su obra es posible descifrar su impulso creativo

CIUDAD DE MÉXICO.
Jeroen Anthoniszoon van Aeken, El Bosco, vive en la plaza del Mercado de Hertogenbosch, en una pequeña casa que habita con su esposa Aleyt van Meeruena. El suyo, es un matrimonio sin hijos; él es uno de los 12 mil integrantes de la cofradía de Nuestra Señora. Por el día asiste al taller de su padre: un espacio lleno de telas y maderas montadas sobre caballetes, mesas con óleos multicolores y pinceles, muchos pinceles que ahí aprende a utilizar. Es el material de una familia de artistas: el abuelo, el padre y los nietos, son pintores. De regreso a casa, El Bosco mira la cotidianidad desde su ventana. Observa atento la plaza; hacia el epicentro de las representaciones populares. Ve la maldad, el pecado, los excesos, la locura, esa demencia de la Edad Media en una pequeña población de los Países Bajos.
Jheronimus Bosch, sobrenombre que él adoptó, es el menor de los tres hijos del matrimonio Van Aeken. No hay fecha exacta de su nacimiento pero algunas inscripciones indican que nació alrededor de 1450. Su padre fue el encargado de pintar las puertas del retablo de la cofradía de Nuestra Señora y al morir, heredó a su primogénito el taller y el uso del apellido familiar. Pero a El Bosco poco le preocupa: desde joven goza de reconocimiento gracias a las pinturas hechas para la Iglesia y para algunos miembros de la cofradía. Desde siempre conoce el éxito que lo consagra como uno de los artistas flamencos más importantes e influyentes en la historia del arte.
Educado bajo la enseñanza católica, El Bosco es un hombre devoto, preocupado por la maldad y la locura humana, inquieto por el pecado y el castigo, angustiado por un infierno con sacrificio y dolor terrenal. Preocupaciones íntimas, miedos personales, sueños y pesadillas que refleja en sus composiciones pictóricas. Narraciones visuales de la demencia, visiones ilusorias que se vuelven espejos de una realidad: la que El Bosco mira desde lo alto de su ventana. Esa realidad fantasiosa plasmada en Las bodas de Caná, El prestidigitador, La nave de los locos, o la excelsa El jardín de las delicias. Las obras del Bosco no llevan fecha y pocas tienen firma. Son escasos los datos biográficos, y apenas Felipe El Hermoso, hizo anotaciones sobre él. Las notas señalan que el 9 de agosto de 1516 se realizaron ceremonias fúnebres en su honor; trazar la cronología de su vida es tarea difícil. Sólo a través de sus pinturas se sabe de él: tratar de descifrar las preocupaciones que reflejó en sus trípticos es entenderlo, leer su pensamiento.
Infierno perenne
El pintor holandés concebía el mundo dividido en tres: el paraíso, el infierno y el espacio terrenal. Una visión casi surrealista, constante en sus narraciones plásticas. La presencia del mal y del bien, el cielo y el inframundo, los justos y los pecadores. En medio la vida tangible. Esa realidad caótica de la que era testigo. Y aunque sus obras tienen un discurso doctrinal, El Bosco llevó su estilo más allá del arte religioso gracias a la compleja composición de sus trípticos que incluso, influyeron el arte moderno. El jardín de las delicias es, tal vez, la consagración de esta visión sobre la vida, llena de enigmas aún sin resolver, donde el tema central es el destino de la humanidad. piensa el historiador de arte Reindert Falkenburg.
Un destino que atraviesa (de izquierda a derecha) el paraíso de Adán y Eva y llega al infierno nebuloso pasando por un genuino jardín de maravillas. Una fuente de deseos terrenales y el nexo entre los tres niveles recae en el pecado. Los hombres y las mujeres creen vivir en un paraíso pero es falso, y su destino es el castigo en el infierno. El tríptico cerrado muestra el tercer día de la creación de la tierra en tonalidades grises. Abierto, es una ensoñación, compleja en su estructura y narrativa, que refleja la fragilidad de la felicidad hallada en los placeres pecaminosos. La parte central está dominada por hombres y mujeres, blancos y negros, todos desnudos; escenas eróticas; relaciones sexuales entre animales, e incluso entre plantas y todo tipo de frutas exóticas que adornan el entorno. Aunque el tríptico merece una lectura mayor, (este año el Museo del Prado produjo el documental El jardín de los sueños), se puede abreviar que El Bosco refleja lo efímero del placer mundano y su castigo en el infierno.
La existencia del infierno es la mayor preocupación del artista. Un infierno entendido como la acumulación del placer mundano y El Bosco, se sirvió de sus pinturas para advertir de no caer en ese mundo subterráneo. Sus óleos son composiciones inspiradas en la Biblia con genuinos discursos doctrinales. Su óleo sobre tabla, la Mesa de los pecados capitales es un aviso explícito sobre las consecuencias del pecado. Compuesta por un círculo central y uno más en cada esquina, lleva fragmentos bíblicos que recuerdan que el infierno es el destino para quien se aleja de Dios.
En el círculo central representó escenas cotidianas vinculadas cada una a los pecados capitales, identificados por una inscripción. Con personas de todas las clases sociales en situaciones tan habituales, para El Bosco la ira es el origen de todos los pecados y la representa como una riña provocada por la embriaguez en el exterior de una taberna. En el sentido contrario a las manecillas del reloj, expone la soberbia como una mujer que se acicala ante un espejo sostenido por un diablo. La lujuria muestra a dos parejas cortesanas recreándose bajo una tienda. La pereza es personificada por un hombre que duerme ante la chimenea en lugar de entregarse a la oración. La gula es una familia que come y bebe con avidez. Para la avaricia utiliza a un magistrado aceptando un soborno y la envidia es encarnada por una pareja que desea el halcón de un hombre rico, al tiempo que dos perros pelean por un hueso.
En las esquinas de la Mesa, los círculos más pequeños representan las Postrimerías: Muerte, Juicio Final, Infierno y Gloria. Algunos estudios del Museo Nacional del Prado, en Madrid (que resguarda la obra), indican que data de entre 1505 y 1510, la última etapa de El Bosco. Los años finales en los que la destreza en el manejo del pincel sobre capas delgadas de óleo agudizan los tonos de humor, el simbolismo religioso y la exploración de la locura humana. Un infierno tenebroso, que se repite también en obras como Las tentaciones de San Antonio Abad o Fantasía moral.
La de El Bosco es una visión pictórica que para algunos sólo podía ser resultado de un estado mental ajeno a la conciencia: la locura del propio artista. Pero el especialista Jean Michel Massing, de la Universidad de Cambridge, explica en el documental Grandes artistas. El Bosco, que en la Edad Media no había modo de existir sin pensar en la muerte, en las enfermedades y las epidemias, en el hambre, la pobreza, el sufrimiento físico, lo desconocido. Ese infierno terrenal que el artista reflejó con figuras amorfas y grotescas.
Presencia divina
En el otro extremo está la presencia divina: Adán y Eva. La cordura, el conocimiento, la fuente de la vida, el paraíso según El Bosco. Inspirado muchas veces en obras literarias y muchas más en sus sueños, su edén es una suerte de vida perfecta a partir de Dios. En El paraíso terrenal, el artista recrea señales de una vitalidad antinatural en las rocas, en las plantas y en animales de rara especie. Una palmera con una serpiente enroscada es el árbol de la ciencia, del bien y del mal. En la parte superior está la Fuente de la Vida, de la que beben pájaros. Los animales son pacíficos y pacen en un bello paisaje de matices verdes. La humanidad admira la creación de Dios, y abajo, se observa la creación de Eva.
El paraíso entendido por El Bosco tiene representación en paisajes naturales coloridos. Aunque no se le ubica como un paisajista en el sentido estricto, es cierto que en La adoración de los magos, La extracción de la piedra de la locura o El tríptico del carro de heno, las montañas, el bosque y las grandes planicies son también símbolos del edén. Las pinceladas finas y cargadas de tonalidades luminosas hacen que las composiciones de El Bosco simulen creaciones divinas, personajes complejos, escenas fantasiosas, realidades enigmáticas que inspiran a más de uno. Creaciones misteriosas que el artista no quiso jamás develar sino convertir al espectador en parte de su universo. Cinco siglos después de su muerte, quien mira su obra aún se entrega a él.
Obra emblemática
Algunos lienzos representativos del prolífico artista son:
Las bodas de Caná
El prestidigitador
La nave de los locos
El jardín de las delicias
Mesa de los pecados capitales
La adoración de los magos
La extracción de la piedra de la locura
El tríptico del carro de heno
Las tentaciones de San Antonio Abad
Fantasía moral