Adelanto editorial: Pistorius de John Carlin

Con autorización de Editorial Planeta, presentamos un fragmento del libro que novela el trágico episodio en el que el atleta disparó a su novia hace dos años

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Ni es de los ligeros la carrera, ni la guerra de los fuertes [...] sino que tiempo y ocasión acontecen a todos.

Eclesiastés 9,11

Balanceándose sobre los muñones de sus piernas amputadas y empuñando una pistola negra de 9 mm con ambas manos, efectuó cuatro disparos a través de una puerta en el baño de la planta superior de su casa. Detrás de esa puerta había un pequeño cubículo con un retrete. En su interior había una persona.

Desconcertado y en estado de shock, se tambaleó hasta la puerta e intentó abrirla. Estaba cerrada. Segundos más tarde: «¡Dios mío! ¿Qué he hecho?».

Ensordecido por el ruido de los disparos e incapaz de oír sus propios gritos, corrió por el estrecho pasillo hasta el dormitorio, apoyándose en las paredes para no caerse. Abrió la puerta corredera que daba a la terraza y gritó: «¡Ayuda! ¡Ayuda! ¡Ayuda!». Junto a la cama estaban las prótesis de sus piernas. Se las puso, corrió de nuevo hacia el baño y trató de derribar la puerta, sin éxito. Lanzando unos gritos si cabe más frenéticos, volvió al dormitorio, cogió el bate de críquet que tenía por si sufría el ataque de algún intruso, se dirigió otra vez hacia el baño y golpeó con desesperada furia la puerta. Uno de los paneles de madera cedió, lo que le permitió introducir una mano para abrirla. Y allí la encontró: era su novia. Estaba acurrucada en el suelo, con la cara apoyada en el asiento del inodoro, los ojos azules sin vida. La sangre brotaba de su brazo, de su cadera y de su cabeza. No se movía, aunque él quería creer que aún respiraba. A punto de desmayarse por el hedor metálico en descomposición de las heridas, hizo un esfuerzo por agarrar su empapado y resbaladizo cuerpo y lo levantó del asiento del inodoro; poniéndole una mano en la cabeza, que rezumaba sangre, la tumbó en el suelo de mármol blanco, llorando, gritando y suplicando a Dios que la dejara vivir. Cogió una toalla y se arrodilló junto a ella, tratando de detener en vano la sangre que manaba de la herida de la cadera. Gritando desesperadamente, se quedó mirando el cráneo destrozado y los ojos sin vida mientras se imponía la realidad de que ni siquiera Dios sería capaz de reparar el impacto de la bala en el cerebro y de que nada podría cambiar la irreversible inmensidad de aquel horror.

La fecha era el 14 de febrero de 2013, día de San Valentín. La hora en que se efectuaron los disparos, entre las 3:12 y las 3:14 de la madrugada. El lugar, su casa, en Silver Woods Estate, un complejo residencial altamente vigilado, situado en un barrio residencial del este de Pretoria, la capital administrativa de Sudáfrica. Él, Oscar Pistorius, Blade Runner: a los veintiséis años, un atleta mundialmente famoso, el primer corredor discapacitado en competir en unos Juegos Olímpicos, «el hombre sin piernas más rápido del mundo». Su víctima, Reeva Steenkamp una modelo de veintinueve años y aspirante a estrella de un reality show de la televisión, una desconocida fuera de Sudáfrica a la que él, después de su muerte, lanzó a la fama mundial.

A las 3:19 de la madrugada hizo la primera llamada de teléfono a su vecino y amigo Johan Stander, el administrador de Silver Woods. Los registros telefónicos mostrarían más tarde que la llamada duró veinticuatro segundos.

—¡Johan, por favor, por favor, ven a mi casa! —exclamó—. He disparado a Reeva. Pensé que era un intruso. Por favor, por favor, por favor, ven enseguida.

Luego llamó a urgencias, pero le dijeron que debería ser él mismo quien intentara llevarla al hospital. Y finalmente llamó a los guardias de seguridad del complejo. Realizó esas tres llamadas en un espacio de cinco minutos.

Haciendo un inmenso esfuerzo, gimiendo, sollozando y jadeando, levantó el cuerpo empapado. Lo sacó del baño y luego lo llevó por el pasillo hasta las escaleras de mármol gris; la cabeza colgaba lánguidamente sobre el hombro izquierdo. La pistola que había disparado no tenía balas normales en el tambor. De haber sido así, puede que ella hubiese sobrevivido. Pero había utilizado balas dum-dum, que, en vez de penetrar simplemente en el objetivo, se expandían con el impacto.

Cuando estaba a mitad de las escaleras, con su novia muerta o moribunda en brazos, un guardia de seguridad, Pieter Baba, entró por la puerta principal, seguido momentos después por Stander y por la hija mayor de este, Clarice. También los acompañaba Frankie Chiziweni, un joven de Malaui que vivía en la casa, en la planta de abajo, y que trabajaba para Pistorius como jardinero y empleado doméstico.

A través de las lágrimas vio cómo, cubriéndose la cara con las manos para sofocar sus gritos, lo miraban. Les chilló, pidiendo ayuda, pero durante un momento se quedaron clavados donde estaban, negándose a creer lo que veían sus ojos. Pero sí, se trataba de Oscar Pistorius, el héroe nacional, su amable y atento amigo. Y la mujer era Reeva, la sonriente y encantadora modelo a quien los cuatro habían visto en el complejo a lo largo de los últimos meses. Llevaba una camiseta y unos pantalones cortos; sus largas piernas colgaban de los brazos de Pistorius, que solo llevaba unos brillantes pantalones de baloncesto que le llegaban hasta las rodillas y cubrían la parte superior de sus prótesis de color carne, con sus pantorrillas, pies y dedos de los pies de plástico. Detrás de él, la sangre se derramaba por las escaleras y le corría por la espalda. Ella tenía regueros de sangre en la ropa, en el apelmazado pelo rubio, en los pantalones, en las piernas, en el torso y en los hombros desnudos.

Stander, el mayor de los cuatro, fue el primero en serenarse. Le dijo a Pistorius que había una ambulancia en camino y lo instó a tumbar a Reeva sobre la alfombra del salón, junto al sofá, cerca de la entrada. Él se arrodilló, la dejó delicadamente en el suelo y, mientras examinaba su magullado rostro en busca de algún signo de vida, dijo a gritos que quería esa ambulancia ahora mismo. Colocó un dedo entre sus labios, tratando de obligarla a abrir la boca, como si eso fuera a conseguir que respirara. Con la otra mano cubrió la herida de la cadera derecha, machacada, donde la hemorragia era más fuerte. Los gestos eran tan inútiles como desesperados. No había ninguna señal de que respirara, y la hemorragia no se detenía. Clarice Stander colocó una toalla en la cadera de Reeva y le preguntó a Pistorius si tenía alguna cuerda o cinta adhesiva para detener la hemorragia de la tercera herida, en el brazo izquierdo, uniéndose a él en el frenético y pretendido esfuerzo de que podían hacer algo, lo que fuera, para devolverla a la vida. Habían transcurrido diez minutos desde que había efectuado los disparos. Reeva tenía los ojos cerrados y no emitía ningún sonido. Él colocó un dedo en su muñeca, buscando el pulso, aunque sin éxito.

—Por favor, Dios mío, deja que viva. ¡No debe morir! —suplicó—. Quédate conmigo, amor mío. ¡Quédate conmigo!

Dos minutos más tarde, un quinto testigo entró en la casa. Era Johan Stipp, un médico que vivía a 72 metros de distancia y al que había despertado el ruido de los disparos.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó el médico.

—Le he disparado. Pensé que era un ladrón y le he disparado —gritó él, sin apartar los dedos de la boca de Reeva, intentando que separara los apretados dientes.

El doctor Stipp, un radiólogo, no era ningún experto en urgencias, pero aun así examinó a Reeva buscando algún signo de vida, aunque, tras comprobar que la parte superior del cráneo se había agrietado, dejando filtrar el tejido cerebral, no esperaba encontrar ninguno. Le examinó la muñeca, pero no tenía pulso. Le levantó el párpado derecho: no había contracción en la pupila. Estaba clínicamente muerta; había sufrido heridas letales.

A las 3:43 llegó la ambulancia. Dos paramédicos entraron en la casa y confirmaron el diagnóstico del doctor Stipp, certificando la defunción.

Sollozando más allá de cualquier esperanza en la misericordia de Dios, Pistorius subió las escaleras. Clarice Stander fue presa del pánico. Se dio cuenta de que la pistola debía de estar arriba y temió que él hiciera lo que ella tal vez habría hecho en su lugar. Subió las escaleras tras él, tratando de pensar qué podría hacer para impedirle que se pegara un tiro. Sin embargo, no fue necesario. Solo se tambaleaba por el pasillo que conducía a su dormitorio, abrumado por el llanto. Una parte de él deseaba morir. Ocurriera o no tal cosa, necesitaría la comprensión y el perdón de alguien cercano, alguien que hiciera correr la voz. En aquel momento no pensaba en su familia, que seguro que estaría de su parte, sino en un amigo, Justin Divaris, que era quien le había presentado a Reeva. Pistorius entró en el dormitorio, cogió el móvil y llamó a Divaris. Faltaban cinco minutos para las cuatro de la madrugada.

—Ha habido un terrible accidente. He disparado a Reeva —le dijo a Divaris, que era incapaz de entender o de creer lo que estaba oyendo. Le pidió que se calmara y que se lo repitiera—. He disparado a Reeva. Ha sido un accidente.

¿Era grave?

—La he matado. He matado a mi chica —dijo, sollozando—. Que Dios me lleve.

Cuando finalizó la llamada, llegó la policía. Un coronel blanco vestido de paisano entró en la casa, acompañado por oficiales negros de uniforme, seguidos, a las 4:15, por el detective Hilton Botha. Botha se encargó de la escena del crimen, ordenó precintar la casa y dio instrucciones a un fotógrafo de la policía. El fotógrafo sacó fotos del cadáver de la mujer, cubierto de toallas, desde todos los ángulos, y luego fotos de cuerpo entero de Pistorius con los pantalones de baloncesto empapados; su mirada perdida contrastaba con los potentes músculos de los hombros, manchados de sangre. Botha, acostumbrado a inspeccionar escenas del crimen en barrios más pobres, estaba impresionado por la marmórea amplitud de la casa, los caros y lujosos adornos y cuadros y las estanterías repletas de trofeos de atletismo, por el contraste entre la excepcional pulcritud de la casa de Pistorius y el macabro aspecto de la víctima.

Después de que el fotógrafo subiera al piso de arriba para sacar fotos del dormitorio y del baño donde había disparado a Reeva, Pistorius entró un momento en la cocina a llorar y vomitar. Un policía lo siguió y le preguntó por qué estaba devolviendo. Él le dijo que era por el olor de la sangre en las manos. ¿Podía lavárselas? El policía le dijo que sí y Pistorius abrió el grifo y se deshizo por última vez de cualquier conexión física con la mujer a la que había amado, mirando fijamente el remolino de líquido rojo en el fregadero de la cocina.

El romance había empezado un precioso día de primavera, hacía apenas tres meses y medio. Justin Divaris, el amigo al que Pistorius había llamado unos cuarenta minutos después de efectuar los disparos, los había presentado. Divaris era dueño de los concesionarios en Sudáfrica de Rolls-Royce, McLaren y Aston Martin. Pistorius y Divaris habían entablado una relación de mutuo provecho. Pistorius era un apasionado de los coches y Divaris le dejaba las llaves de algunos de los modelos más extravagantes que tenía en exposición —en una ocasión, un Rolls-Royce blanco— para que pudiera utilizarlos durante los fines de semana. A cambio, él ejercía de «embajador» de las marcas de Divaris, esparciendo un poco de su dorado polvo de estrella en los eventos que su amigo organizaba cuando lanzaba un nuevo modelo. Los clientes más preciados eran los que podían pagar un Aston Martin al contado; en las fiestas, los reclamos eran mujeres jóvenes con tacones de aguja y vestidos cortos que el personal de Divaris reclutaba en agencias de modelos de Johannesburgo y Ciudad del Cabo. Reeva era una de esas modelos, una mujer a la que no se podía quitar ojo. Como no podía ser de otra forma, llamó la atención de Divaris. A Reeva también le gustaban los coches, y el 4 de noviembre de 2012, en el circuito de Kyalami, situado a veinte minutos del domicilio de Pistorius en dirección sur, a mitad de camino entre Pretoria y Johannesburgo, Divaris los reunió por primera vez.

Para Pistorius, fue amor a primera vista. Como testificaría al año siguiente ante el tribunal, se quedó «boquiabierto». Tres años mayor que él, Reeva era increíblemente guapa, grácil, segura de sí misma y mundana de una forma en que no lo era su última novia, mucho más joven que él, con la que acababa de romper hacía tan solo unas semanas, después de dieciocho meses de relación. Ella también se sintió inmediatamente atraída por él. Con excepción de Nelson Mandela, Pistorius tenía más que nadie en Sudáfrica un aura de estrella. De voz suave y apacible, lo rodeaba un halo de timidez, y su cortesía estaba chapada a la antigua. Y era guapo. Medía 1.84 m de altura cuando llevaba las prótesis, ocultas por los pantalones vaqueros; tenía un cuerpo de atleta, pómulos altos y unos amables y sonrientes ojos.

Cuando la invitó a la ceremonia de entrega de los premios deportivos de Sudáfrica aquella misma noche, ella aceptó sin pensárselo dos veces y, en cuanto pudo escabullirse, llamó a una amiga íntima para darle la alucinante noticia de que tenía una cita con el famoso Blade Runner. Ella se sentiría como una celebridad un poco más tarde, esa misma noche, cuando ambos se convirtieron en un imán para todos los fotógrafos: ella, con un vestido corto de color crema con borlas y tacones de aguja; él, considerado por las revistas como el hombre mejor vestido de Sudáfrica, con un ceñido traje oscuro, camisa blanca y corbata negra. Más pendientes el uno del otro que de la multitud que asistió al evento, esa noche se quedaron hablando hasta las tres de la madrugada.

Ahora, tres meses y medio después, eran las cinco de la mañana y el día no era otro que el de San Valentín. La ambulancia llegó y se fue, llevándose el cadáver de Reeva; y la casa, precintada con una cinta amarilla, estaba atestada de policías. Pistorius no iba esposado, pero no tenía ninguna posibilidad de huir. Si había algo que él no podía hacer, dado que en Sudáfrica todo el mundo conocía su rostro, era escapar sin ser visto. Botha, el policía al mando, le dijo que sería mejor que se metiera en el garaje y que no se moviera de allí.

Para él, lo que sucedió durante las siguientes horas se convirtió en una imagen confusa teñida de lágrimas. Luego llegó su abogado, un hombre corpulento llamado Kenny Oldwadge. Su hermano mayor, Carl, fue el primer miembro de la familia en llegar. Después apareció en la puerta del garaje su tío, Arnold Pistorius, seguido de la hermana pequeña del atleta, Aimée; los sollozos de Pistorius eran como cuchillos desgarrando sus corazones. Arnold, el rígido patriarca de la familia, dio un paso atrás mientras Aimée y Carl estrechaban el tembloroso cuerpo de su hermano entre sus brazos. Pistorius consideraba a Aimée, de veinticuatro años, como su más íntima amiga. Carl era emocionalmente más torpe; era el fuerte, rudo y bruto compañero de juegos que velaba por él en el patio del colegio cuando era un niño. Pero ahora todos estaban destrozados, sentados en silencio a su lado, turnándose para abrazarlo mientras él sollozaba.

Los policías dejaron pasar un rato y luego le dijeron a Pistorius que había llegado el momento de que los acompañara. Él se puso una sudadera gris con capucha y se metió en la parte trasera del coche de policía. Lo llevaron a una comisaría cercana y lo dejaron en un despacho, donde fue informado de que, según el procedimiento criminal, debía ir a un hospital para someterse a unos análisis. Entonces apareció un hombre calvo y bajito vestido de paisano que se presentó como el jefe del Departamento de Psicología Forense de la policía sudafricana.

El coronel Gerard Labuschagne se había enterado por la prensa del tiroteo, que fue difundido a través de Twitter por un periódico sudafricano a las 8:03, casi cinco horas después de que se hubiese producido. El post decía: «Oscar Pistorius dispara y mata a su novia en su casa». Labuschagne reaccionó con la misma incredulidad y estupefacción que el resto de la población. A las nueve de la mañana, en los televisores y ordenadores de todos los rincones del mundo, aparecían imágenes del domicilio de Blade Runner, convertido ahora en escena del crimen, yuxtapuestas con una fotografía suya sonriendo junto a Steenkamp. Labuschagne llamó a un superior y recibió la orden de salir corriendo hacia la comisaría de policía. Él consideraba, y su superior estaba de acuerdo, que, en ausencia de cualquier testigo presencial, un estudio del estado psicológico de Pistorius inmediatamente después de los hechos podría aportar alguna pista sobre lo que había sucedido exactamente aquella noche. Hilton Botha, un policía de veinticuatro años, ya había decidido que era un caso cerrado; había visto docenas de ellos y estaba seguro de que era un asesinato: una pelea entre enamorados seguida de un crimen intencionado.

Labuschagne, que estaba al corriente de la afirmación de Pistorius según la cual había pensado que disparaba contra un intruso, previó que cuando se celebrara el juicio el atleta alegaría lo que los tribunales llaman «defensa psicológica». Pero siempre cabía la posibilidad de una confesión.

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